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Libro de percances: exilio y regreso

lunes 5 de marzo de 2018

“Libro de percances”, de Ricardo Jesús MejíasTodo poema se desdobla, se refleja en sí mismo. Se esconde, se aleja y regresa. Se exilia del autor. Se desconoce. El sujeto de éstos que hoy leo tiene la facultad de contagiar el yo que le ha sido designado, como una minuciosa extensión de lo que su autor ha sido capaz de emprender como doble, como poeta que sabe hasta qué punto es posible ser reflejo o no serlo.

Quien busca un nuevo mapa, una marca en el agua o en la tierra para reconocerse, hace del poema el vehículo para el posible viaje o para la huida.

Libro de percances (Negro sobre Blanco, Caracas, 2017), de Ricardo Jesús Mejías, es un poemario cuyo tema —o cuyo inmediato referente— se verifica en la angustia de no estar en un lugar, en la de buscarlo para reposo del espíritu. De allí que cada texto sea sombra y luz, espacio y tiempo de quien pronuncia tantas veces la soledad, el deseo de resistir esa soledad que el texto acomoda al espíritu.

De la boca del que escribe emergen estas palabras: “Muerdo la sílaba (…) respiro un aire suicida”. En ese instante comienza el exilio, un viaje que no sabe de destino, que empuja al autor a decir en primera persona lo que es: “escombro”, sobrado de la soledad, de otras voces que se pierden y no tienen fecha de regreso.

Un percance es un evento en el que se mueven los hilos de lo inesperado, lo fortuito. O de algo esperado porque alguien lo provoca. Los que aquí pasan, los que invaden estas páginas, son percances íntimos que se afilian al protagonismo de otros personas. Pero además son tan de todos que pueden ser leídos como propios. Es decir, quien escribe el poema es el otro que extático ansía escapar, dejarse ir. Es el doble de una voz que se busca en el vacío, en la desaparición.

Ya no hay tiempo de agitar las manos / las banderas…

En medio del vocerío, de la muchedumbre que escapa hacia un lugar predestinado, hacia la búsqueda de otra presencia, un sin embargo ataja la expresión: “No tengo brazos para decir adiós”. Y así, comienzo y fin de la marcha hacia lo que no se sabe. “Me voy / llevo mis palabras / mis silencios / dejo la casa chica / llevo un espejismo en las manos”.

¿Escapa, huye, se exilia? En todo caso, todo poema es una especie de exilio. Un lugar para estar solo, para morir con el eco de los versos que no se han escrito todavía.

¿Qué puede encontrar alguien que huye de un mapa, de un territorio lleno de voces?

“Nombrar la nada / en la muchedumbre”. Y calla. Se silencia en el trayecto hacia ese territorio donde caben todos los destinos.

 

(***)

 

El epicentro de esta travesía: “Hay acá un libro / lleno de percances”.

Tantos son los percances, los temas de la poesía. Un ojo que mira y se cierra. Un pie que abandona sus pasos. Se detiene. Un grito que no se oye. El hambre o el sueño: los peligros. El placer y el dolor:

Viajo sobre un cuchillo / o sobre un poema.

Y un poco más allá, donde el poema se desdobla: la muerte, el miedo, temas de todos los días, de todos los instantes. ¿Quién piensa en la muerte mientras el miedo es otro personaje que cubre la apariencia de lo ignoto?

 

(***)

 

El exilio, tema recurrente, el abandono de la casa, de la patria chica, del insomnio:

Mapa herido / te dejo mis palabras / mis antiguas fronteras / mis pies descalzos en el aire.

De “cuerpo ausente”, el texto multiplica el deseo de salir del ahogo, de no verse en el mismo paisaje, el que no nombra, el que sólo es un punto en un lugar donde sólo han quedado el miedo, una luz opaca, el agua que no es visible.

“Floto sobre todos los naufragios / Una puerta es mi nave”. El viaje, el trasunto épico de una intimidad que hoy es colectiva: “Soy cada vez más transeúnte”.

Sin mirar hacia el lugar desplazado: “Todo lo que quedó atrás (…) Cuando abandono mi cuerpo / para escribir poemas”. Otra huida, otro escape.

Y luego el adentro, la versión intransigente de la realidad. La utopía, tan solidaria como una enfermedad:

Soñaste una isla. / Quien sueña una isla puede ser / su único habitante.

Y allí, en esa isla, que es el poema: “Algún día abandonaré mi cuerpo”.

Y sin soslayar la idea del viaje, porque no todo viaje implica desplazamiento, el poema —el que escribe el poema— retorna a las palabras iniciales, al eco que una vez fue:

Todo regreso es necesario.

 

(***)

 

La constancia de nuestro autor no deja dudas: siempre viaja, siempre encalla en una orilla. Siempre se levanta. Regresa. Es dos veces: ir y venir.

He aquí su voz.

Alberto Hernández
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