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La mirada, de Guillermo Sucre

lunes 12 de marzo de 2018
Guillermo Sucre
La prosa que usa el poeta Sucre narra, cuenta: la voz es tenue. Fotografía: Lisbeth Salas • Editorial Equinoccio

1

¿Cuántas veces se deshace la mirada en un poema? ¿Cuántas miradas ocultas, aviesas, delirantes, profanan el lugar donde posan su crítica? Crítica quiere decir tanteo, observación, a veces inquina, desconcierto, apertura, cierre.

La mirada roe y acaricia: revisa y es revisada desde su propia indagación, desde el empeño y la curiosidad.

La poesía subvierte, rasga. Es el ojo que consume a quien mira. A quien es mirado. De tanto mirar se crea un lenguaje, el referente de un lugar destinado a ser el espacio donde se inicia todo: el libro que ahora se detiene ante mí, suculento, apacible, reino de una voz que aún suscita comentarios, La mirada (Editorial Tiempo Nuevo, Caracas, 1970), de Guillermo Sucre.

De una lejana lectura el sopor, el clima y unos personajes atisbados “En la profundidad del verano” (1962), primer sendero de este volumen que regresa mientras llueve en este afuera que me pertenece.

En la ficción, en la plenitud del poema, este otro afuera:

Los vientos, la hojarasca, las memorias han pasado. Arpa que resuena bajo mis manos, en tu cuerpo aún habitan los silencios. Otro idioma se engendra con los sueños. En las ruinas de un amanecer su tenebroso plumaje se ilumina.

Y de pronto, la poesía retoma el aliento de quien lee en una agitación quebrantable, porque de nada vale que llueva o la seca naturaleza nos invada: la poesía, más allá del poema, está allí, latente, en el gesto, en la plenitud de las palabras que renacen en este otro instante:

El verano sacudía su agrietada cola de salamandra escarlata.
Decía para mí, es el exterminio.
Era la acritud emplumada del clima, zumbante.
El ruido seco de los pinares, donde la luz cruje.
La ebriedad de la tierra, su cólera después difuminada en los atardeceres.
El mar que conoce sus humores letárgicos y entonces fulguraba;
ídolo copioso, profanado con sus lascivias, las costas más solitarias.

Vivíamos gracias a ese esplendor.

 

“La mirada”, de Guillermo Sucre2

Cada estancia, cada paso en el texto: el poema transita bajo su propia luz. Emerge, respira: alguien impulsa sus significados, los alienta a sorber el aire que lo ayuda a desnudarse. El poema es un personaje, una mirada inadvertida. Aún el tema no se ha hecho presente, pero imanta su cercanía.

La transparencia. La sequedad / Aire que surgía del mar / y daba a luz al mar. Ráfaga pura como cabras entre las / piedras. Los ciruelos le daban su fragancia (…) / Y luego tenderemos en el bosque que invadía la tarde, contra el cielo, / lavados ya del polvo de la ausencia, / del gusto de la ausencia.

Un hablante sereno, habitado por tantas imágenes, por tanta sal en el ambiente. La prosa que usa el poeta Sucre narra, cuenta: la voz es tenue. El yo que dice y se mueve sobre la tierra habla en plural mientras el singular se presiente final de algún afecto:

Déjame estar entre aquellas rocas, grandes esponjas endurecidas al borde del mar. La hora punzante del mediodía / late con los espinos (…) Así digo que nuestro amor luce / y se devora sobre estas rocas.

El mismo autor lo menciona, habla del texto, lo precisa. Una poética en la que la mirada es un presentimiento, la llegada de un cuerpo encendido, deseado:

La posibilidad de estar desnudos en el poema; en la proliferación, en el abigarramiento del poema. Desbordados; / incandescentes (…) la otra / faz del deseo. El último destello del poema. Astro caído / al fondo de la sola noche en que te reconozco. Me reconozco.

Hablar del poema dentro del poema: recreación, lenguaje inacabable. El poema se fagocita, es un bulbo, la luminosidad que lo rescribe somete al poeta a rehacerse. A ser el poeta que en el poema hace poesía. Ser la sombra en busca de la luz. O la luz que se aposenta sobre la sombra y la derrota: la mirada es la visitante de esa antonimia.

Es así —y lo confirma— que “donde me miro y reconozco / mi rostro”, como la motivación del poema se hace visión orgánica, libro. Con este verso comienza el mundo de este volumen. Se desatan las imágenes. El poema mira. El poeta dibuja. Traza su poética abiertamente:

Donde los demás no ven / se detiene la mirada que soy.

Él es. El poema es. La poesía lo abarca todo desde esa afirmación.

Pero ¿qué desaliento hace que su voz se fortalezca con la consumación adánica, suerte de reniego, de pesadilla en la que se ha transformado la existencia?:

Arderemos lejos de ese fuego / de esa tierra / que te había prometido. / Penoso tal vez. / Pero lleno de desgracias es el aire / que respiro. / Enredado en los monstruos / que van tejiendo mis sueños / ya no atiendo a súplicas. / Dispongo de lo que me dispone.

Recurre a la voz, a la sintaxis del pensamiento, a su memoria, a la nostalgia sombría: “Las palabras que no logro inventar / son las que me explican. / Sonido ahogado bajo las grandes lluvias / de mi infancia / y ese horror ese estupor / entre los follajes de la noche”.

 

3

El ojo que mira nunca es el mismo. No obstante, “con rostros iguales no llegaremos / al citado paraje / algo brota ya de tu mirada…”, y se hace paisaje donde desaparece: “donde me refugio / al atardecer / y me devoro”.

Es decir, es otro, devorado “en la espesa floración de ojos / que contemplan el crimen”. El poema insiste: “y la que lo borra / la mirada que lo sigue”.

Un quien, otro. Los ojos, la tentación de ser rechazado, olvidado. De allí que diga en un solo soplo:

Aún no hemos vivido la destrucción y somos la destrucción.

La ruina humana, la muerte: la mirada que sucumbe, que se humilla mientras espera.

Desde la altura de lo que observa, desde el vuelo de su independencia, de nuevo:

Mirada de ave rasante cegada por el sol.

Y he aquí que, pese a esa libertad, el destierro, la agonía por la lejana tierra, por el vivir infrecuente en el lugar predestinado: “Sabíamos lo que era padecer / Pero más sabíamos del mar (…Entre el deseo y el instinto / única gracia del exilio sin más gloria / Vivíamos como rufianes de la eternidad”.

Hay un sujeto oculto. Otro que identifica sus afanes: el escritor, el que se mira desde él mismo. El poema retorna a quien lo escribe, ya tocado por el otro: “Escribir algo torrentoso y deslumbrante”. La luz y la fuerza, la violencia de lo que guarda la memoria sutil, apacible. Y sigue la luz bajo las nubes, metalenguaje que cubre la voz y la desnuda. Rostros contrapuestos de una misma palabra. Poéticas. Revelaciones. Descubrimientos, tanteos. La luz ronda, se mueve como un animal desprevenido.

Entre tanto el cielo amanece / El día hace equilibrio sobre el mundo / Como si apartaras un espeso ramaje / Abres los ojos con que irradias / En su relámpago sostenido / el confuso desamparo del sueño / se desvanece / Prende en ti la claridad así te haces más / solitaria.

Los ojos, esa dualidad: plurales en la voz: “Pantano de mil ojos de pronto se ilumina (…) En lo alto cabrillea tu mirada”.

¿Cuántos cielos nombra el poema? ¿Cuántas veces la palabra mirada es personaje en este libro? La ciudad la advierte, la pronuncia con la boca de quien no ha sabido alejarla. La poesía es una naturaleza multiplicada. Un sol nocturno: imagen y quietud.

No se mira con la mirada. Tampoco con los ojos. El poema suplanta toda naturaleza. El poema es el ojo que lo inventa. Entonces es repetición: “El espejo detrás del deseo”, sin dejar de creer que hay un allá, un lugar inicial, donde estuvo el viento, la hojarasca de las primeras páginas: “Y cuando miras las altas arboledas / Otra luz otro fuego nos devora”. Síntesis de todo lo leído. Resumen de la luz. El poema no se resiste a decirse. A reinventarse desde la iluminación. Desde un bosque sombrío. Desde “la hora del exterminio”.

No se mira con los mismos ojos. La mirada es cambiante, como el clima, como las estaciones. Y como las piedras, los lagartos o el cielo. La dermis deja de estar para mudarse. No son las mismas piedras, no es la misma corteza del cuerpo, no son las mismas nubes. Tampoco es el mismo poema: las palabras mutan, cambian de tono, mimetizan su presencia. Se hacen otras.

En el verano cambiamos de piel / Cambiamos de mirada (…) la tierra otra vez encarnada / Nos cambiamos por ese fulgor.

Y de nuevo, el permanente retorno, la refracción: la antonimia: “La luz y la sombra son espejo / El río no discurre remonta sus aguas / Me veo y todo lo he perdido…”.

Un punto cardinal, el sur, es también parte de esa piel, la que se deja en el camino, en algún sitio, en una herida, en una voz olvidada. O en el recuerdo más lejano, más inocente:

Entro en la pradera de mi infancia / Que fue también la de su silencio / Su mirada amanece como ave sobre el río (…) Veo lo que ayer no vi.

Y un poco después, en otro poema:

Ciego me veo con los ojos / Que mañana serán memoria.

 

4

Un poema ajeno, ajeno porque es sólo apariencia de ajenitud, se puede construir como propio desde los versos de varios poemas donde el tema del libro se expresa.

Va así:

Cariátide de una sola mirada incandescente (…)

Tu mirada sonora como los acantilados (…)

Estos lares este fuego donde una mirada se agita (…)

Cambia tu mirada (…)

No veo no respiro sino tu cuerpo (…) Lleno de ojos centelleante / Cuando te palpo te veo / Cuando te veo me ciego (…)

El poema cuyo único tema es la mirada (…)

Tu mirada nos extravía (…)

Mirada que habla en el abismo (…)

La lenta llanura vuela en tu mirada (…) Su mirada pensativa (…)

Lentamente devora el trasfuego de tu mirada (…)

Unos pasos y una mirada (…)

Por tu mirada (…)

En su destello / en tu mirada.

La reelaboración partiría de un futuro lector. Imágenes de taller para imbricarse en este libro de Guillermo Sucre.

La palabra espejo también sería un constructo, un poema temático, orgánico, donde el reflejo sería el ojo que descompone la luz y fabrica la sombra.

Serían muchas las veces que la mirada se posesione del poema: ese deslumbramiento.

Alberto Hernández
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