Servicio de promoción de autores de Letralia

Saltar al contenido

Dragi sol y Vinko Spolovtiva, ¿quién te mató?, de Slavko Zupcic

lunes 19 de marzo de 2018
Slavko Zupcic
Slavko Zupcic trabaja con sus pacientes en algún hospital de España. Fotografía: Paco Poyato
“La temática del padre pudiera considerarse también
como la búsqueda obsesiva de Dios
o como la expulsión del yo a un encuentro
con lo exterior ilimitado”.

José Barroeta: El padre, imagen y retorno.

1

El padre como herramienta narrativa. El padre como relato y correlato. El padre, en fin, como fin en sí mismo desde la visión de un hijo que retorna a él desde su borrosa identidad. El padre como fijación, como lugar de origen, como espacio vacío, como espera. El padre como pérdida, como imagen inaccesible.

El joven que era Slavko Zupcic, quien sólo contaba con diecinueve años cuando publicó el libro, provocó una reacción bastante feliz en el mundillo de la literatura venezolana de la época.  

Dragi sol (Fundarte, Caracas, 1989) es el primer libro del escritor carabobeño Slavko Zupcic, con el que resultó ganador ese mismo año del Premio de Narrativa de la Casa de la Cultura de Maracay. Es un tomo que contiene diez relatos cortos donde la figura desconocida del padre va y viene entre los recuerdos de otros, de personajes que lo dibujaron para el encuadre de quien lo ansiaba desde sentimientos encontrados. La imagen de un hombre que vino de Europa, engendró a un hijo y luego se marchó. Zupcic cuenta la historia, su historia, y la revela con muchos matices, la desenvuelve con la facilidad que le aporta estar cargado de esas imágenes propias o ajenas. El personaje de Dragi, que en serbio croata significa “querido o algo así”, se descubre en las ansias de un joven que rescribe la vida de un hombre cuyas referencias están atascadas en La Entrada, una zona de la otrora Valencia que ahora pertenece al municipio Naguanagua, donde nació el para entonces joven narrador Slavko Zupcic en 1970.

La intención del juego narrativo está en la reconstrucción de un sujeto a través de confesiones y datos aportados por diferentes fuentes. El joven que era Slavko Zupcic, quien sólo contaba con diecinueve años cuando publicó el libro, provocó una reacción bastante feliz en el mundillo de la literatura venezolana de la época. Su voz fue recogida en entrevistas y su rostro adolescente aparecía en los diarios nacionales y regionales. Había nacido un nuevo escritor.

 

“Dragi sol”, de Slavko Zupcic2

El narrador busca en el pasado, mira hacia Yugoslavia, hacia Nebretic, ciudad de donde proviene el padre. “Si en lugar de esta tierra oscura, cerrada, cubierta de imágenes torcidas, tuviera bajo sus pies la tierra clara, lejana de Yugoslavia, vería los astros danzando ante sus ojos, el río cubierto por las naranjas y manzanas de la aldea, sentiría la posesión de los pájaros sobre su cuerpo”. De esta manera comienza el relato.

La breve historia que abre este libro nos muestra un recorrido de un personaje por Nebretic o Zagreb acosado por un fantasma, por un Pedro Ceballos. El recuerdo del barco, el Castel Verde, que lo dejó en el puerto de La Guaira. Recuerdos. Pero ¿era el padre o el eco del abuelo, alguna sangre cercana? También quedaron atrás el Danubio, unos besos, Ankika, Stepan, los retratos. Era la huida. Ya no estaba en su ciudad natal, “estaba en cualquier lugar del mundo, pero no allí”.

El viaje, los tantos barcos que alejaban nombres y afectos. Y él mismo, dormido al lado de un baúl. Los recuerdos, las imágenes de un pasado que se movía entre el presente y el posible futuro: el Ejército Rojo, el mariscal Tito, la Alemania invasora de Hitler. Los muertos, la familia. Toda una historia cargada desde la Primera Guerra Mundial y una bicicleta. Grandes y pequeños acontecimientos. La vida hasta llegar a Venezuela. Recuerdos de un hombre que sale, que entra, que se abre al mundo desde el dolor, desde los recuerdos que abundan en todas las páginas de este pequeño volumen.

 

3

La memoria se encabalga. En la mente del personaje bullen los nombres.

Y los lugares de donde se sabe originario el sujeto aludido:

Mi padre nació en un rincón de tierra húmeda. En una cosecha mala, de puras papas muertas, recordaron llevarlo a Nebretic, un pueblito de Croacia en la planicie de Save y del Danubio. Le pusieron mi nombre, que recuerda su muerte, para no olvidar al Francisco asesinado, que desató la Primera Guerra Mundial. En 1929, sólo mi padre se atrevió a nacer en el Estado Sur-eslavo. A sus dos años, en 1931, le llamaron Yugoslavia.

¿Quién habla, quién se hace y deshace del pasado cuando pregunta si el padre ha muerto y luego lo maldice? Retorna al comienzo: La Guaira en el Castel Verde luego de pasar por media Europa. “Vino buscando fortunas y tormentas, de esas que sólo se dan en América. Olvidó entre el calor de sus pasos y las cartas de Mary Monazin, a sus padres muertos, sus hermanas enfermas y su tierra de papas y cochinos que luchaba por ser independiente”.

Él no lo conoció: no se conocieron. “Un día regresó a sus tierras amarillas, cubiertas de papas y de heno sin rastrillar, la tierra de los hombres cerulei”.

 

4

Dragi sol traduce entonces querido sol. El ansiado que no está. El ansiado que brilla en una memoria centrada, reconstruida, avalada por recuerdos ajenos, lejanos, papeles recreados, cartas que anuncian la posibilidad de una novela. Los cuentos varían de locación. Ahora se trata de quien se agita entre diversas actividades con presos en una cárcel que imagino Tocuyito, en la que un pintor también formó parte de su anecdotario. El paisaje de su nacimiento: La Entrada, Las Trincheras, el lado norte de Valencia, el comienzo de la ciudad industrial que siguió creciendo hasta hacerse una metrópolis. Y Anna Valec en la memoria, los Cárdenas y otros tantos que forman parte de los recuerdos, de un viaje que siguió su curso en el crecimiento del personaje/narrador. Y entre tantos datos, los del padre:

Por ejemplo, según consta en la traducción oficial de su partida o certificado de nacimiento, presentada ante el doctor Ignacio Femenia, juez municipal de Valencia en 1962, con motivo de su primer matrimonio en Venezuela, al igual que en el carnet que lo acredita como refugiado (…) mi padre nació en Nebretic, un pueblo de Croacia cercano a las riberas del Save y del Danubio, en las afueras de Zagreb, el 11 de octubre de 1929…

Fotografías desde las cuales el narrador cuenta al padre, lo describe y hasta bucea en sus relaciones con otras mujeres, los nombres de los tíos en la lejana tierra de origen, todo un entramado genealógico del que el narrador sólo tiene referentes en distintas voces, papeles… hasta concluir en: “Luego vendrían la mitificación y el odio, este último, bien guardado pero existente, por creerla culpable (en ese momento no conocíamos la verdad, pero la presentíamos) de la desaparición de mi padre”.

La figura del padre en nuestro autor no aparece como un “huésped extraño”, pese a que sugiere un sujeto lejano. El tratamiento que hace Zupcic lo aproxima, lo hace familiar.  

Ese alguien —“ella”— jugó un rol determinante en los sentimientos del personaje. Ella, Mary Monazin, la espiada por Slavko, según sus propias palabras, quien “al menos la que yo conozco, no representa a mi padre, mucho menos sus huidas de todas partes, sus abandonos. Ya ni la odio ni le tengo miedo. De todos los sentimientos que me inspiraban su nombre y sus fotos, sólo conservo uno: aún estoy enamoradísimo de ella”.

Este es un libro que pudo haber sido una novela. O lo es desde la fragmentación. Una novela de relatos entrecortados donde los actantes se confunden, se renuevan en la voz del hijo/narrador o en los ecos de quienes rozan estas vidas.

La figura del padre en nuestro autor no aparece como un “huésped extraño”, pese a que sugiere un sujeto lejano. El tratamiento que hace Zupcic lo aproxima, lo hace familiar. Desconocerlo, no saber de él, no estar con él, lo hace parte de una elegía. Una “rememoranza espacial”, como afirma José Barroeta, hace del padre una figura siempre presente, como en la poesía de Gerbasi, en “Mi padre el inmigrante” o en “La viva elegía” de Pedro Francisco Lizardo, para seguir con el estudio del poeta de Pampanito. Pero también en la poética de José Rafael Muñoz, por el tratamiento obsesivo del tema.

Es decir, cabe en los distintos estamentos de estudio del padre, que el poeta Barroeta alude en su estudio arriba mencionado.

 

(***)

 

Vinko Spolovtiva, ¿quién te mató? traza el mismo tema del padre. Con este libro de relatos Slavko Zupcic obtuvo el premio del Concurso José Rafael Pocaterra en el año 1990. Fue editado por la Gobernación de Carabobo en la Colección Misceláneas ese mismo año.

Ocho textos conforman esta porfía cuya portada muestra a un Adolfo Hitler en pantalones cortos y medias blancas largas, recostado de la esvástica, diseño de Fritz Küper. Un pequeño detalle nos advierte de la falta de índice para guiar al lector.

Los textos que aquí reposan, ahora abiertos para su relectura, insisten en el tema del padre. Pero ya no se trata de la búsqueda identitaria o para reconocerse en lo que el hijo pueda ser o no ser: el narrador prepara un homicidio, se alista para convertirse en parricida. En este sentido, Pepe Barroeta lanza un salvavidas y enuncia el tema del “antipadre”, enunciación de la antielegía. No es el canto a la vida o reconocimiento del sujeto sino el de una venganza, un pase de factura, un asesinato.

¿Es el parricida un suicida? La tesis se inclina hacia el hecho de que psicológicamente la falta del padre provoca en el hijo la idea del suicidio.  

Vinko Spolovtiva muere y resucita en la plaza Bolívar de Valencia. El “hijo”, dispuesto a matarlo, se distrae y regresa a la intención. Pero la concreción del crimen queda en un intento. Si el “padre” aparece y es desdibujado como tal, luego regresa en otro relato para ser objeto de un asesinato.

La idea del parricidio se inicia en el relato que le da nombre al libro. Allí el narrador dice: “Demoró dos segundos en tomar la decisión. Mataría a su hijo”. Esta “decisión” del “padre” de asesinar al hijo, da pie para que el “hijo” piense en matar al “padre”. Más adelante, en “Vinko Spolovtiva ha muerto”, el narrador, convertido en el “hijo”, afirma: “Soy Vinko Spolotvtiva, el joven escritor de origen yugoslavo que asesinó a su padre del mismo nombre dos meses atrás”.

En el mismo relato, el narrador/parricida destaca:

Aparte de su nombre y de su rostro, en algún momento de su vida debió haber abandonado a un hijo de su mismo nombre en esta parte del mundo. De no ser así, ¿por qué razón habría de buscarme, llamarme por teléfono y acudir a la plaza Bolívar aquel miércoles triste de hace dos meses?

El lector constata una supuesta suplantación de identidades. Evidencia que las máscaras narrativas frecuentan la obsesión del personaje.

Y no se rinde:

En este punto o momento vale la pena hacer una aclaratoria: ¿cómo puedo ser parricida si aparte de que creo que mi padre vive o fue asesinado por algún grupo de yugoslavos nostálgicos de la Gran Serbia, no fui yo, sino el P.N., quien le proporcionó a Vinko Spolovtiva B. el número de teléfono que usó para encontrarme?

La otredad o la alteridad funcionan. Los dos personajes usan el mismo nombre. Uno dice haber matado al hijo o querer hacerlo. El “padre” es buscado para ser asesinado por el “hijo”. La imagen del “antipadre” y el “antihijo” se relacionan como un juego de venganzas, de odios o de deseos no cumplidos.

Así dice el narrador: “De repente descubrí todo. Ese anciano de ojos cerulei, sin ser mi padre, era su otro yo”. ¿El padre y el hijo son la misma persona en el relato, en la obsesión del “hijo”, o se mimetizan, se hacen un solo cuerpo en un solo odio? Pero todo sucede en la imaginación del “parricida”.

¿Es el parricida un suicida? La tesis se inclina hacia el hecho de que psicológicamente la falta del padre provoca en el hijo la idea del suicidio, por el abandono, por la ausencia, por haberse ido y no haberle dejado una referencia para reconocerlo.

En el relato “Vinko Spolovtiva vive” se renueva la acción. El sujeto/narrador confiesa: “Desde pequeño sabía lo que había sido y era mi padre, un cerdo, y no tenía ninguna prisa por conocerlo. Había acudido a la cita porque pensaba matarlo”. En este segmento de esta nueva “novela” de Slavko Zupcic el “hijo” se dedica a pasear en una patineta de un supuesto hermanastro. Un guiño surrealista, un tanto juguetonamente metarrelato disipa la idea del crimen en ese momento. El “padre” sigue vivo.

Se trata entonces de una poética en la que nuestro narrador va más allá de unas circunstancias que se presentan como un supuesto. El hecho no se concreta para que el mito siga viviendo. El padre o no padre, el mismo yo hecho padre de él mismo o hijo de un supuesto padre podrán desencadenar otras revelaciones, producidas por quien aún no ha logrado deshacerse de una obsesión.

¿Murió el padre o el “padre”? ¿Dónde está su tumba? ¿Qué dice el epitafio? ¿Sigue el hijo rebuscando en papeles, escribiendo “novelas”, relatos, crónicas o visita con frecuencia desde el largo exilio la plaza Bolívar de Valencia con la intención de identificarlo y darle un tiro?

Mientras tanto, el autor de estas piezas literarias, trabaja con sus pacientes en algún hospital de España.

Alberto Hernández
Últimas entradas de Alberto Hernández (ver todo)