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Los disfraces del fuego

lunes 2 de abril de 2018

“Los disfraces del fuego”, de Manuel Iris 1

Manuel Iris se despoja del ruido.

Tiene por sentado que el silencio es un personaje. Un argumento para develarse y revelarse. Se tutea con él y lo consagra. En Los disfraces del fuego (Ediciones Atrasalante, Monterrey, México, 2015), nuestro autor “juega” a establecer una relación íntima, personal, cercana al silencio como referente del aire, de lo que flota, posiblemente de lo inalcanzable, pero también de lo que se desprende y se destruye.

Por eso, detrás de él hay un alguien, la muerte, la que al final establece sus normas.

Con este trabajo Manuel Iris obtuvo el Premio Regional de Poesía Rodulfo Figueroa en el año 2014.

La primera parte, titulada “Tintinnabuli”, abre este “silenciario”, no porque el autor no escriba apegado a una “polifonía consciente”, como afirma Bachelard, sino porque se aleja del “universo ruidoso y todos los estrépitos rimbombantes”.

El silencio, uno de los temas más tratados por la literatura, sobre todo por los ensayistas donde las poéticas afirman su presencia, es también un espacio donde caben “pájaros y peces”, bestias del aire y de las aguas.

El silencio —en esta primera parte— es el tema más “audible”. Se mueve, no le “falta nada” para ser. Y es definido como un “viejo disfraz / de lo que existe”.

De allí que aparezcan preguntas para desnudarlo, para abrirle pasos al poema:

¿Qué dices cuando danzas
en los ojos de los ciegos
en el andar del sordo,
en nuestra muerte?

Y tanto es audible que “tu voz no tiene fondo”.

El poema ratifica su condición de portador del silencio, de su auspiciante.

 

2

Por allí anda Parménides, citado por Guillermo Fraile, quien dejó dicho, seguramente atrapado por el silencio de su tiempo: “…el no-ser no existe, y por lo tanto no puede disgregar internamente al ser, siendo éste uno, indivisible e inmóvil”, y aunque el silencio se mueve y es divisible, no disgrega al ser, lo unifica, lo hace uno. Desde esta perspectiva, Manuel Iris lo contradice:

Un vidrio roto me conduce a ti, / a un barco ciego, a una despierta estancia. Salgo de ti, silencio.

El silencio se lleva en la conciencia. Viaja con el cuerpo y con el alma.

La rutina del silencio es despojar a quien lo siente de todo fermento corporal.

El poeta disemina el silencio en el “vidrio roto”, lo multiplica. Hace con él una suerte de puzzle. Lo troza, lo arma, lo organiza y muchos reflejos emergen de él, incluyendo al mismo creador del texto.

Humaniza y desacraliza su lugar, porque el silencio es también un lugar.

Si alguien conviene en que es un “no-lugar”, habría que desatender la presencia del ser.

Manuel Iris lo celebra, lo visibiliza en aquel Rimbaud que se sentaba a la belleza en las piernas para injuriarla:

Te he visto en la belleza arrodillada / de las llagas, / en el sabor del polvo.

El símil que lo contiene se traslada desde el interior y se muestra con toda su fuerza. La rutina del silencio es despojar a quien lo siente de todo fermento corporal:

Sales de mí como el alivio de las flores / a los pies del ahorcado.

Y es una recurrencia en la imagen del pájaro.

 

3

La segunda travesía del libro, “Los disfraces”, deja ver este verso que hace parecer contradictorio el anterior: “Algo se rompe, / pero no eres tú”, entonces de esa declaración en la que es el ser el que se disgrega, Iris amplía sus intenciones.

¿Quién se rompe? ¿El poema y su reflejo? ¿El poeta y lo que no imagina como silencio?

Pasa a otro instante, a otro estado del poema:

La desnudez también es un disfraz (…) Una verdad desnuda es un montón de huesos.

¿Qué encontramos en estas dos definiciones?

No hay ocultación posible, tanto, que el ser, el cuerpo invisible, no pasa inadvertido.

Ya no es el silencio, es la dinámica de un paisaje que norma el movimiento, el interior de un ser que imagina en el sueño, que lo inventa, que lo sueña en el invento:

Barco ciego, tu nombre / entiende sus manos: todo el mar es su tacto. / Abierto de epidermis, navegable / toma el rumbo de la estrella que lo besa: astrolabio, toma / rutas de una noche pretérita, / imaginada noche en la que surges, nombre tuyo, / zarpando al vientre de las alucinaciones.

Un mundo surreal, onírico, mareante.

 

4

Los temas se distienden, hablan. Aparece el fuego, una de sus caras, sólo revelado en decirlo, trazarlo, delinearlo vocalmente:

Antes de irse / ¿qué decía en tu nombre frente al fuego?

La escritura recurre a la memoria, a lo que ya no es, sólo imagen borrosa, ida, tan lejana como silenciosa.

Y de ese elemento pasa a otro, al agua, pero relacionado con el fuego como naturaleza viva e inocente:

Árbol dormido bajo el mar ardiente, tu nombre / extiende sus manos con ademán de niño.

Otra visión del ocultamiento como requisitoria, como declamación que enmudece, o trata de minimizar un espacio sensible:

El amor igual es un disfraz (…) es un disfraz mirándose al espejo (…) Sólo el amor es verdadero al tacto.

Ese tacto, ahora agresivo, sensual, corporal, silencioso porque ansía el ahogo:

Tensa el placer la mano del que asfixia // abre el placer la boca.

¿Cuerpos que experimentan, que se aproximan a la muerte a través de juegos eróticos límites?

 

5

La escritura recurre a la memoria, a lo que ya no es, sólo imagen borrosa, ida, tan lejana como silenciosa:

A veces quiero ver el patio de mi casa desde la memoria de un pájaro,

y la imagen del relato fenece en este otro:

Pero el olvido es otra forma de ocultarnos, de nacer.

Memoria y olvido, regresar a otro tiempo, renacer. Define:

Todo el olvido es regresar a la inocencia, es desdoler.

Disipar el dolor, convertirlo en olvido.

El libro retorna al ocultamiento y al silencio en preguntas y afirmaciones:

¿Pero decirte / no es hacer otro disfraz? // ¿No es alejarte del silencio / que te preña?

(…)

Tu silencio es un pez / Tu vientre es un disfraz

(…)

Tu cuerpo no eres tú (…) La realidad es un disfraz del todo

(…)

Una obsesión también es el disfraz del miedo.

Todo fuego consume lo oculto.

 

6

Los dos últimos lugares de este poemario, “Fuga” y “Réquiem”, abundan en imágenes que se funden con las primeras, pero con el añadido de que en el primero se mueven la noche, el odio, el hambre: términos que atienden a una figuración “descensional”, críticas por lo que contienen una poética del sufrimiento. Es el lector, el solitario lector, como el autor, quien se siente abrumado por esta realidad. Quienes no están cerca, los periféricos, son los protagonistas de su propia fuga hacia lo oscuro, el silencio, pero no se leen.

Y el segundo, la muerte, su muerte, el disfraz absoluto:

No se agotan los disfraces (…) ¿Hubo una muerte ante de ti, mi muerte?

(…)

Lleno de ti, mi muerte / siento en mis venas / transparentes pájaros // Tu vuelo subterráneo me sujeta // Algo se rompe / pero no eres tú.

Interminable es el silencio, entero sigue siendo otro disfraz consumido por el fuego de una palabra que lo nombre.

 

Coda

(La primera lectura, en medio del escándalo de mis nietas, fue con los ojos muy abiertos. La pantalla encendida.

A través de la ventana, el roce de los gajos verdosos de un árbol condenado a derrumbarse. El cielo oscuro. El silencio invadido por el sonido del teclado. Es la lectura escrita.

Es una música de síntoma inquietante en la quietud.

La segunda, como aconseja el autor, arropado por la música de Arvo Pärt, el padre del minimalismo divino o sacro, con los ojos cerrados. “Für Alina”, “Tabula rasa” y “Silentium” me condujeron a unos sonidos que no conocía, a un músico que no tenía en mi memoria.

Nunca lo había escuchado.

Estas tres piezas impusieron su belleza: cada sonido es un eco en el silencio, entre cada pausa. Música de una soledad que sosiega o altera la quietud de las cosas. Teclas, dedos lentos, largos silencios, goteos de sonidos, ecos, pasos flotantes e iterativos, en “Für Alina”.

Un violín vibra sobre un horizonte totalmente lineal. Pausas de cadencia levitante. El oído al filo de las cuerdas. Agudos nerviosos, mientras “Tabula rasa”.

Sonido sobre sonido, contrapunto de agudos, envuelto por “Silentium”.

Es una música de síntoma inquietante en la quietud.

El compositor estonio no se altera. Danza sensorial. El cuerpo detenido.

Dos experiencias lectopoéticas. El poema y la música se hacen una sola constante: el silencio).

Alberto Hernández
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