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Libro de los sueños

lunes 27 de agosto de 2018
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José Canache La Rosa

1

Se escribe el poema desde el ojo que traza el mundo. Desde la mirada diaria. Desde el cuerpo y la voz del otro. En este caso, se escribe como si se rasguñara el aire. Como si las palabras aullaran en medio del dolor, del desamparo. Se escribe un poema y se respira. O el poema se ahoga para que el poeta pueda respirar. Un poema es una colmena de sentidos. Por eso, cuando éste se desnuda, se despoja de los adornos innecesarios, es un golpe, un rodillazo, una queja honda que no se limita a decir, sino a hacerse sentir.

El poema, esa alucinación que se hace real cada vez que nos afiliamos a un paisaje o a un sentimiento, es tan comestible como el pan.

Y se escribe desde el ojo que mira porque estos poemas de José Canache La Rosa, vertidos en Libro de los sueños (bid & co. editor, Caracas, 2018), con el que resultó ganador en el Premio II Bienal Abraham Salloum Bitar, son gritos, lamentos, poemas dolor, poemas reclamos, poemas de la quejumbre de quienes cruzan un desierto. Y es el reclamo a quien no está en el poema, a quien lo lee o lo mira desde lejos. Es el poema, porque todo el libro es el poema, en el que no queda hueso sano, dirigido a los responsables que han provocado sufrimiento y destierros.

El poema, esa alucinación que se hace real cada vez que nos afiliamos a un paisaje o a un sentimiento, es tan comestible como el pan. Se puede sazonar con adornos, artilugios, colores, con una sinestesia alambicada, pero en este trabajo de Canache La Rosa el poema es la pulpa de quien ha sido lastimado. Es la mucosa de una voz que no espera aliviarse con cremas para el sol o con linimentos para los dolores articulares. El poema en este caso abjura de la artritis verbal, abjura de los poemas en los que es imposible verse o verlo. Las líneas del poema, más allá de los versos, son alambradas. Abjura de la deformación de los dedos de quienes cantan lo que no ven, lo que no siente el otro. Y, más allá de reticencias o arbitrariedades de quien esto escribe, se trata de unos textos que arden en la piel. Se leen con el mismo epígrafe que usa el autor para entrar en su fronda: “El sueño de la razón produce monstruos”, oración que emerge de un cuadro de Goya y que se hace aforismo terrible en la lengua de quien la pronuncia. La realidad es monstruosa. Aunque “los sueños, sueños son”, como dijo Calderón, a bordo de su barca barroca.

 

2

Los textos, que no son nada oníricos, pero que parecen una pesadilla, llegan a la boca seca del lector. El poeta oriental, de El Tigre y de las sabanas de Chimire, ese desierto donde el mito irrumpe en medio del polvo, nos dice:

“Lengua de espumas donde agita tentáculos el miedo / Correntada en espiral / Avidez que todo devora…”, el miedo, tan iluminado como las sombras, en el sueño agita el alma, como una corriente que fluye de pronto e inunda el tiempo. Un “Río abre su boca” es el poema. Y lo que dice revela su poder en medio del silencio donde habita.

Y

“más allá del horizonte / siento en el aire / el olor a carne quemada que eleva su quejumbre / la punzada de aire en la brisa / que atrae almizcle de sangre”. Pareciera la voz del pasado, de los abuelos, de los ancestros derribados por un rayo. Imagino un lugar tenebroso, pero a la vez apacible, donde los aparecidos marcados por el olvido retornan a reclamar por sus dolores.

Y

“En medio de la tiniebla / nuestras almas eran jirones en la noche estrellada”.

Anduve por esos lares con el poeta. Miramos las marcas de los animales cotidianos y hasta el vuelo gigante de un rey zamuro que se precipitó sobre nuestras palabras. Era la Mesa de Guanipa un día. Y de ella aprendimos a ser parte de un sueño, del costillar de una sombra muerta, de los belfos de un asno cabizbajo.

El vuelo de una inesperada aparición aérea sobre nuestras cabezas. Y después, sigue el poema.

Por eso, desde el mismo poema, veo a José Canache La Rosa decir:

“Ya el fin está aquí y nos espía / En el ojo torvo del que mira complacido”. Canache La Rosa nos llevó a ver el milagro de la tierra y sus aparecidos. Sus muertos reverberando bajo el sol. Y hubo temor, pero la placidez del clima, con el sol a cuestas, nos hizo leer con él:

“Aún los perros continúan peleándose / por los despojos”, y nos despojamos, sí, de ese momento y nos tropezamos con todas las miradas de los que se arrancan las carnes por el poder, esa fascinación que irrumpe e idiotiza.

“Vuelven los gritos: / Mi cuerpo flota en el aire como pluma de ave. / Ciudades desoladas perdidas en la niebla / Observo muros derruidos (…) La soledad es lo único que no nos habita”.

En medio de la totalidad del instante, era un sueño que el poeta nos había entregado. Y al abrir los ojos, camino a Barcelona, luego de El Tigre y haber dejado al poeta Santos López en San Tomé, nos guiaron pájaros, conejos heridos, charcos de petróleo. Y un aire que desnudaba árboles invisibles. Imaginados.

De aquel día quedan celajes. El vuelo de una inesperada aparición aérea sobre nuestras cabezas. Y después, sigue el poema.

 

3

Esta es la crónica de un encuentro. De un viaje de muchos años. Por eso el poeta, en su más acendrada cercanía con su tierra. Entre tantos espejismos afirma: “Somos su reflejo”, el del mismo planeta polvoriento, fijado por los huesos de los ancianos, de los ancestros que hacen escuchar sus lamentos, su quejumbre, y reclaman por la tanta maldad de estos y otros días.

“Íngrimos en la profunda noche
Somos síntesis y negación”,

dice quien ya no está. Parece gritar quien ambula entre las sombras. Parece decir quien dice y ya no está y sigue estando en la memoria del poeta. Por eso, asesta con ira contenida:

“avanzan los asesinos / cubiertos los rostros con pasamontañas”,

ahora es la ciudad, la perversa, la que anida el crimen y hasta lo celebra desde las mullidos bastiones del poder.

Bocado/vocablo, mordida: el sueño perdura. El libro viaja de nuevo por la Mesa de Guanipa.

Pero la voz del sueño no se pierde. Vuelve a su lugar, a la piedra silenciosa que sabe respirar luego del golpe. Vuelve la voz del parentesco, la de quien no se ha perdido entre tanto derrumbe.

El abuelo de todos los abuelos sabe escuchar, Kaaputano, el bueno, la bondad en la palabra y en los hechos, la brisa fresca, la palabra sabia. Y desde sus verbos silenciosos, proyecta en la voz del poeta estas líneas:

“A quien nos mire desde lo alto / Trepados en nuestros insectos / Somos La Plaga La Enfermedad // Quemamos Incendiamos // La Vida // Que tiembla en las hojas”,

Como un consejo evita la miseria, el abuelo, el bueno, quien enfrenta al otro, a la sombra en el perfil de Yoorojka, la maldad, el dedo índice que rasga.

El bien y el mal ojeados por la brisa. El poeta se declara isla, una isla vista desde un “horizonte de niebla”. Desde esa densidad climática ha “afirmado su ira / entre los dedos”.

 

4

¿Una poética, el extremo del mundo en el vocablo que encara el sueño?

El libro casi cierra los párpados, pero se anima con la

Escritura del poema:
En cada palabra que escribo se esconde el fulgor de tu cuerpo.
En cada silencio que perdura tu olor
En cada verso surge tu nombre
Acurrucada entre las íes, las consonantes y el vocablo.

Bocado/vocablo, mordida: el sueño perdura. El libro viaja de nuevo por la Mesa de Guanipa. Y desde los ojos del águila, otro cielo. Que no haya maldad, que el poema vibre y sea polvo vivo de todos los tiempos. Que el miedo y la queja regresen al silencio.

Alberto Hernández
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