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Escribir es cubrir: Octavio Armand

lunes 8 de octubre de 2018
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“Escribir es cubrir”, de Octavio Armand“Se escribe contra la página, cubriéndola de signos o garabatos siempre incapaces de decir menos que la página. Escribir es cubrir. Bajo palabras, la página es extensión no espacio. Bajo palabra, la página se da como renuncia, nunca como libertad…”.
“Superficies”. O. A.

1

Todo comienzo es en la palabra. En la palabra está el silencio, el todo. Mucho antes de la boca, el sonido, la articulación o el intento de articulación de una letra, de una palabra que se formó sobre el barro de una página. Y todo comienzo es invento, palabreo con la imaginación. Búsqueda en el fondo de un baúl donde todas ellas reúnen el universo, el pequeño mundo de un hombre que habla o guarda silencio con palabras. La palabra hiende los labios y aparece en la página, hiriente, sonsacadora, imaginaria, real, suspendida en el aire, ahogada en un lago, aérea en los ojos, subterránea en las catacumbas del comienzo. En los pliegues de un cuerpo tatuado. En una piedra bajo la lluvia. En un pez que muere en la orilla de un razonamiento.

En la superficie, en lo que puede tocar el tacto, quien lee los poros penetra y se subyuga. Leer es descubrir y escribir es enmascarar. Se descubre lo cubierto, lo que se escribe. Se desenmascara. Y lo borrado ya ha sido descubierto, escrito con la borradura, porque toda borradura también es escritura, palabra. Y es pastiche, ensalada tropical, sabores y saberes. Piña colada. Sonidos y silencios. Palabras, palabrejas, propias y ajenas. Oquedades. Zambullidas y un pulpo. Palabras con tentáculos. Octopus de ideas a la plancha. Cefalópodo gramático.

Desde su primer ensayo/juego/parodia barroca/divertimento/ riesgo/pasión, Octavio Armand ha mostrado un carácter de hombre/isla, de hombre que navega sobre las páginas ocultas por palabras que muchas veces son des-cubiertas por la espuma de las olas, para luego, en la orilla de su imaginación, reconocerse en las marcas, las pisadas, las huellas que ha dejado el tiempo, su cubanía, su viaje por todos los índices que ahora se reencuentran en Escribir es cubrir, publicado por la editorial caraqueña El Estilete (2017, 274 páginas).

 

2

La lengua como invención en sí misma, para ella misma, desde ella misma, por ella misma, con ella misma. La lengua como enlace de preposiciones, como articulación misteriosamente recreativa. Lengua germinante, lengua semilla. Y con la palabra, una escritura que se inventa a cada instante en los ensayos que Armand nos entrega. Se fagocita, brota, sale de la tierra de la lengua, de la hoja vacía, en blanco, cubierta por el moho del tiempo, por las voces perdidas de los poetas, aventureros y muertos o sombras desvanecidas por el mismo oleaje de las hojas. Lengua que retoña, emerge del magma y de la sangre de la memoria, la lengua que fue lugar de nacimiento, identidad sonora y borradura. La lengua: cuna y lápida.

He leído a Armand desde “Superficies”, su primer ensayo, loco ensayo de maravillas cubiertas, escritas, dibujadas.

“La lengua materna es la comadrona” (p. 21), escribe el cubano. Y más adelante: “Mi escritura como aborto”. Pero mucho antes hay más escritura: antes de nacer ya se escribía, ya se hablaba. Desde el vuelo simétrico de las aves, desde el movimiento musical de los árboles, desde la mirada criminal del primer hombre. Desde el lugar perdido: “La patria era muy fácil entonces” (p. 5) cuando habla de la infancia, esa escritura de sílabas cortantes. Y el exilio, el largo exilio. Cuba, la palabra que traza la vida de este poeta/ensayista que junto con Severo Sarduy ambulan por el mundo sus cuerpos cubiertos de palabras, con la piel rayada, suturada con la gramática del idioma que los envuelve en “la escritura de una ausencia” (p. 9).

El barroco de la isla, Lezama Lima, los papeles que le dan nombre y apellido, “esa proliferación notarial” (p. 10). El documento que lo dice nacido, que lo acredita registrado con el exceso, la desmesura, las firmas de los testigos, los padrinos, los padres y esa extensa memoria recreada por la expresión “ser es dejar de estar” (p. 13) en una isla que ya no es tal sino una borradura en un horizonte también borroso. Pero Cuba sigue en el mismo sitio, en “la generalizada comemierdería del cubano”. Y así, en “Un lenguaje copulativo para no nacer” (p. 20).

 

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Me desvío para no borrarme en esta crónica: he leído a Armand desde “Superficies”, su primer ensayo, loco ensayo de maravillas cubiertas, escritas, dibujadas, trazadas con la imaginación de quien vive en varios sitios y no se encuentra, hasta que se tropieza con la piel de un cuerpo y se hace escritura. Fue Monte Ávila Editores quien publicó ese extraño libro que me sigue tomando de una mano y me sumerge en un revuelo de palabras, de poesía, de ¿ensayos? donde como lector me borro y me encuentro. Era 1980 y las palabras de Matilde Daviú le hicieron el honor en la contratapa, un texto que provoca citarlo completo, un texto lúcido, denso y a la vez puesto a la orden de todos: “Witold Gombrowicz consideraba que la poesía era un sacudimiento de la prosa, su intensidad, o más extrema lucidez. La tradición poética moderna insiste también en esa necesaria participación de la prosa en el poema”, así dice Matilde y me asoma al que ahora nuevo lo continúa: Escribir es cubrir, porque en la página 20 de “Superficies” está el gancho para enseñarnos éste que, sí, repito, nace con el texto que uso como epígrafe.

Y Matilde Daviú vuelve: “Y estos son los ensayos: escrituras posibles, que no llevan el dato o la idea a una rigidez mansa, casi legal, sino que provocan lo insólito, lo festivo, partir del rigor…”, y ese mismo comportamiento lo encontramos, un poco más maduro en este su segundo libro de ensayos/juego/locura verbal, etc. Es decir, un ensayo etc.

Debo acercarme a otro cubano que ha viajado siempre con Armand, sin dejar de mencionar a los poetas de la isla como Martí, Lezama, Piñera. Severo Sarduy, especie de hermano mellizo de Armand, forma parte de ese constructo literario en el que ambos han convertido la lengua que hablamos y destejemos: un invento por cada página. Un idioma distinto, un cuerpo escrito, una escritura desbordada, barroca, que como señala Rafael Castillo Zapata en la presentación de Escribir es cubrir, “…no se le escapa nunca la posibilidad de establecer enlaces entre palabras parecidas”. Retruécanos, ecos, cacofonías, sonidos simétricos, voces que van y vienen en un oleaje; datos históricos, personajes en medio de esa marea verbal artífices de las Palabras Otras que vieron luz en América: Colón hiperbólico, anacrónico, anabólico, simbólico.

Y ese Severo Sarduy como compañero de viaje en sus distintas aventuras: “Escrito sobre un cuerpo”, “La simulación”, “Colibrí”, “Cobra” y “El Cristo de la rue Jacob”, entre otros, en los que los temas son ida y retorno. La cubanía, las palabras, la piel escrita, el cuerpo que habla, simula o calla, el travestismo de la mirada y de la misma palabra. Es decir, escritura y ocultamiento. Amanecer y ocaso. Nacimiento y muerte. El exilio como falsa respiración. O como sublimación.

 

La publicación de este libro de Octavio Armand constituye un verdadero acierto, toda vez que nos regresa a esa maravillosa invención del universo, de la palabra/galaxia.

4

En un sacrificio por no cubrir todo el espectro de esta escritura, dejo para los lectores esta cita. Será el lector responsable de continuar hojeando y ojeando estas páginas que nos revitalizan y nos reinventan:

Como Sancho, el Gran Almirante fue un prevaricador del lenguaje. En su caso, se dirá, se trataba de un problema de traducción: decía disparates al tratar de repetir en su español italiano expresiones de los tainos. Cubanacán se convertía en Gran Khan. Caribe sería caniba, que como escribe en su Diario de navegación el 1 de diciembre de 1492, “no es otra cosa sino gente del gran Can”, y luego caníbal. Pudiéramos decir, para defender a Sancho, que él también traducía: del griego, o lo que para él era griego o chino, al español… (p. 87).

Sancho, como muchos personajes de Don Quijote, y otros que cruzaron el océano con el mismo acento de la península y la misma fiebre aventurera, confunde a Ptolomeo con un “puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo”. El humor también es escritura y ocultamiento.

La publicación de este libro de Octavio Armand constituye un verdadero acierto, toda vez que nos regresa a esa maravillosa invención del universo, de la palabra/galaxia, de la que siempre se está descubriendo para ocultarse como agujero negro, para evaporarse, para retornar y volvernos a crear sobre una página en blanco.

Alberto Hernández
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