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El lector de poesía alienta el poema y lo desvanece un instante mientras busca en el afuera de la casa algo que haga que la imagen siga flotando en el ambiente. Así es la muerte, uno de los temas más cercanos a cualquier intención. La muerte es una sacudida imprevista, algunas veces. Otras llega y se pierde en el espacio, en la ranura que hay entre dos versos. El poeta respira, traza la línea fronteriza entre el estar y el no estar. Entre el ser y la nada. El poema suscita esa crítica (crítica es adventicia de crisis), esa negación momentánea: la muerte siempre lo será a menos que sea tentativa suicida. Y como tema, la muerte es la partida: despedida, desapego, desarraigo, olvido, desolvido, lejanía, recuerdo. Pero también presencia en la medida en que el miedo y su sustento, la vida, la tenga a la mano como representación.
El lector de poesía también muere en un verso. Se descompone su carne, verbo a la vez en tanto soplo que reencarna y vuelve del silencio. Un ir y venir constante. La poesía hace el resto: permanecer aunque sea borradura del mismo poeta. O en caso deseado: borrado el poema queda quien lo escribe con la intención de reinventarlo. Constancia en el oficio, en la testarudez de la imagen.
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Me embargan estas páginas. Es decir, me atrapan y despojan de todo aislamiento. Los poemas de María Elena Huizi, ella, esa larga carrera que la reúne en este título, El visitante de agosto y otros poemas (Editorial El Estilete, Caracas, 2017), se hacen sentir como una despedida, pero no la despedida de su cuerpo y alma: es la despedida que en el poema desnuda una voz. La despedida como permanencia, como radicación, como articulación a una geografía distinta, el adentro, la profundidad del espíritu:
Por la última vez
Levantaré la piel de mi memoria
Buscará mi lugar
Daré por terminado el tema de la vidaQue en su profundidad los pensamientos
Se olviden de pensarme
Que en su génesis las lloviznas
Y en el abismo el mar
En donde laten los tres corazones del tímido pulpo
Se disuelvan mis nombres
Que no perdure tinta en este entierro
(...)
Porque allí
Donde existe la muerte
Se detendrán mis imágenes
Mis antiguas compañeras de cuarto
Ya nunca podré oírlas
Nunca podré pensarlas...
Una voz dilatada la que entabla diálogo con “Aquellas noches largas”. El dolor, el silencio, el peso de los materiales de la casa donde se agitan la vida y la muerte. Y ésta, la muerte, un continuo afán, un tiempo que no se detiene: “Me la paso muriendo”.
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¿Qué hace un mes en un poema? ¿Cómo se desenvuelve? ¿A quién contiene? ¿Cuántos poemas viven o mueren en el mes de agosto? ¿Quién visita ese mes? ¿Quién es el visitante?
Si se muere en gerundio. Si la muerte es una constancia, un movimiento perpetuo, hay un mes que se hace lugar de permanencia, de estadía. El poema se apodera de él, lo hace suyo, se mueve en él y se multiplica poema para la vida y la muerte. O para la eternidad, porque el poema es también un continuo, un río que no se detiene. El tiempo andando. Un gerundio. Y el que llega, ese alguien que no nombra:
...Espero la llegada de mi visitante / Sé que le gustará mi disco de vinyl de las Bachianas / Compruebo si ya todo está listo para su desayuno / Lo miraré en silencio para que no se espante / Y sobre todo para que no se vaya / Cierro media ventana...
La lengua no dice de ese Él que llega y podría huir por la ventana. ¿Un fantasma, un duende, una sombra?
El mes se agita:
Afuera / Sobre su gigantesca cama de sábanas revueltas / Se despereza agosto (...) Mientras agosto se toma su tiempo / Llega mi visitante / Faltan dos días para septiembre.
Agosto es un ser vivo, un ser acuático o aéreo que se estira en su anonimato. De seguidas, la “Identidad” sobrepasa la hora y una historia irrumpe para desbrozar el olvido. Corre el año de 1940, y
Desde ese entonces fui primera persona / Húmeda y agrietada / De una estructura blanda y angustiosa / Enrojecida, púrpura, oscura y blanquecina / Que de antemano conocía la dureza // De aquella madrugada / Ya no tengo recuerdo / Soy la única prueba / De mi cuerpo diminuto y mortal...
Muerte continua en sujeto protagónico. Siempre en el allí, vivo, el “Que no distingue entre el llanto y el grito”. Humano en uno: “Una lengua construida en primera persona”. Ego en su vagar ontológico: “En las bajas o altas temperaturas del alma”.
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Pero el autor, que se supedita a su mismo estar, ubica su temperamento en un espacio. Una fórmula geométrica, un “paisaje circular”, en el que Borges tiene sitio en una dedicatoria.
“El paisaje de mis sueños / No es un paisaje para todos los gustos / Pero un lugar seguro para mis poemas / Allí florecen / Igual que los bordados de un mantón de Manila”. Y no es nada extraño que a pocos pasos se asome Pascal en unas líneas y potencie la imaginación y unas preguntas rellenas de dudas: “¿Vendrá la poesía? / ¿Mitigará mis angustia?”. Bálsamo, pero igual rezuma en más dudas a través de un eco, de una sombra y de su yo (“My echo, muy shadow and me”):
Qué será del cadáver sin la muerte / De la flecha sin blanco / Del pescador sin la costa para varar su bote / De ti que cumples las eternas tareas que leerán los otros.
Una poética que inflama el pensamiento. Y Poe también se resiente sin su Annabel Lee.
La muerte insiste en el texto. Su presencia es una suerte de alquimia reveladora, astuta: el cuerpo, los cuerpos, buscan la cura. La enfermedad, el temor al dolor. La voz, la poeta que se lamenta:
“Yo no quedaré impar, hermana / No quedará mi cuerpo separado del tuyo (...) Si yo pudiera cederles la muerte (...) La muerte es un truhán que se escurre en la sombra (...) La muerte es un”, ratero que no tiene zapatos, pero si la señora muerte se aparece que sea después de visitar la ciudad amurallada de Castilla:
Yo no quiero morir sin visitarte en Ávila (...) Yo no quiero morir con el alma perpleja.
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Lugar de leyendas: sitio donde nace una lengua, por donde un caballero andante fundó el mundo, su mundo, el concentrado en un diálogo permanente. La alucinación, la realidad. Una mujer que escribió desde la mirada de Dios:
En tu lengua perfecta / Que fluye de la fuente de nuestro bello idioma // Está Nuestro Señor con Teresa Ávila / Con el verbo divino y la palabra humana / Dios le enseña a la joven el saber de la lengua.
La eternidad en una monja y en una lengua que la aviva a diario.
Cualquier mirada que recorra estas páginas se tropieza con la muerte, con la desesperanza, con un familiar enfermo. La muerte resurge como una teoría inflada por la vida. La muerte es la práctica de una vida. O de las tantas vidas que se ponen en práctica para morirlas.
La genética, el ADN, la sangre cercana, la misma sangre en distintos cuerpos, y las preguntas acerca del tronco original:
De dónde le vino / Quién le daría la clave / Y cuándo / Mansamente / Asistió a su trabajo / Como el vigilante que abre la puerta en la mañana y se cambia de ropa / Y estampa por la noche las pocas novedades en su libro // De dónde provienen sus palabras / sus gestos (...) Venidas como un eco transitorio y banal en los murmullos de las enfermeras / En los ruidos y las voces indiferentes que suenan en los pasillos de los hospitales...
El dolor convocado por el cuerpo amenazado, por la biología acorralada: “Vive sin conocer el origen del mal / Vive sin descubrir las causas del bien / Que es de nacimiento / Que se trata de un mal y un bien de la niñez / Es lo único que puedo decirle / Sobre su misteriosa e infundada génesis / Su salto atrás del alma / Alguien tenía que pagar por eso”.
Y el mismo espasmo fatal se agudiza en los trazos que Armando Reverón afincaba contra la tela, contra la sordidez de la locura o de la blancura de la memoria. Desde El Castillete estas palabras:
Su casa convertida en casa ajena / Su horrible superficie de piedras de montaña (...) Mis ojos aventuraron por el visor terrible de la muerte.
En todas las intemperies de estos poemas la muerte es la invitada. Ya en Caracas, luego de dejar el mar del barbado pintor, la voz de la poeta se topa con “las desgracias colectivas en países remotos / la muerte de un gran músico / Parecían causarle más dolor que los dramas cercanos”, al referirse a los sentimientos de la madre, una mujer “de impecables costumbres”. No obstante, “Aún no sé si mi mamá se murió rezando o maldiciendo”.
El hombre, lobo del hombre, y Hobbes asimilado en el poema. Y la mujer de hace rato otra vez: “Es una loba mi señora madre”.
También Descartes se pasea por este bosque de palabras, por esa sombra fugaz que es la muerte convertida en páginas, en cuatro largas décadas de voces que se han ido acumulando como las ramas de los árboles de su invención:
“Un reino natural imaginario está en cada poema / En las antologías y en las obras completas (...) En el cielo y el agua del poema / Viven los habitantes de reinos animales / Los poemas son reinos / En ellos hay ideas que son y no lo son...”, y deja entrar a Heráclito en su corriente permanente.
Y por todo eso, por lo anterior y por lo que vendrá, por lo que es y será, se dirige a la “Señora muerte”:
Te pido que me dejes vivir lo suficiente / Para subir al mirador más alto / Para tender la mano y vendar las heridas / Del joven que trataba de salvarnos / Aquí en mi vida real / Quiero ver la caída de los criminales / devorados como en una película / Cuando se cierren las grietas de la tierra // Yo quiero ser testigo / Del fin de la mentira (...) Señora Muerte / dame unos años más / Para yo completar el ajuste de cuentas / Si yo tengo tu gracia / Con mucho gusto / Me acojo a tu criterio.
Y nos vemos en el reflejo de lo que —más allá de lectores— vivimos. La muerte acecha y asecha. La muerte debe asumir su revancha contra los que matan en su nombre.
Este extenso poemario sigue. Es bueno recoger los títulos que aquí caben: El visitante de agosto (2003-2015), Viajes y mudanzas (2000), El destierro (1979) y Libro de intervalos (1971-1975).
Una síntesis precisa para definir esta existencia poética:
El momento y la eternidad eran el tiempo.
- La ruta de lo lejano, de Fedosy Santaella - lunes 27 de abril de 2026
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026



