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Opiniones para después de la muerte, de Julio Garmendia

lunes 29 de octubre de 2018
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Julio Garmendia
Julio Garmendia (1898-1977).

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Están a punto de entrar a El Gusano de Luz, aquella librería donde don Julio Garmendia era el centro de todo. La luz solar los repite en sus sombras. Entran él, don Julio, y Oscar Sambrano Urdaneta. Sambrano, alto y muy andino, don Julio, de estatura mediana y de geográfica contextura citadina, por no decir que tiene alguna nacionalidad que no sea la fantástica.

De aquel día quedan muchas páginas. Don Julio se perdió entre la espesura de sus personajes y se hizo invisible entre los muertos. En ese lugar lejano e impreciso habita Julio Garmendia, el de La tienda de muñecos, La tuna de oro y La hoja que no había caído en su otoño, entre otros libros.

Y mientras él reposa por allá, Oscar se encargó de recopilar todo lo que dejó escrito don Julio en revistas y periódicos entre 1917 y 1924. Es decir, un trabajo de arqueólogo, de buscador de tesoros. Y los encontró. Halló otros cuentos, crónicas, crítica literaria y poesía. Escritos que nadie sabía que habían sido trazados por la mano de don Julio ahora se hacen libro con el título de uno de sus relatos: Opiniones para después de la muerte (Monte Ávila Editores, Caracas, 1984). Un libro que habla desde el más allá cercano con un más acá lejano, que se fundó a comienzos del siglo pasado y se hizo siglo presente cada vez que alguien abre sus páginas.

 

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Desde la muerte, desde la que podría ser su tumba, nos habla don Julio. Y su tema, el tema, es la señora muerta, la que lo lleva a juntarse con las almas de otros, las que no han conocido la vida terrena o están destinadas a conocerla para sufrir los rigores de la existencia.

Oscar Sambrano, quien ahora también forma parte de la eternidad de don Julio, se encargó de recorrer la ruta de los materiales que en 1984 se convirtieron en este libro.

El recopilador escribió al comienzo del tomo:

Fue necesario que Julio Garmendia falleciera para que se comenzara a explorar periódicos y revistas en busca de estas primeras producciones intelectuales suyas. No recuerdo a nadie que en vida de este escritor se hubiese interesado sistemáticamente en el rescate de estos escritos, los cuales se entregan hoy tanto al estudio de críticos e historiadores como al puro placer de la lectura.

Y por puro placer y gusto, por esa felicidad que ofrecen las líneas de don Julio, él nos dejó los relatos, perdidos una vez y encontrados por Oscar Sambrano Urdaneta: “El camino de la gloria”, “El gusano de luz”, “Una visita al Infierno”, “Historia de mi conversión”, “Opiniones para después de la muerte”, “La guerra y la paz” y “La joroba”.

Igualmente las crónicas: “El lavatorio del Jueves Santo”, “Las enseñanzas de la epidemia”, “Doloroso aniversario”, “La verbena de San Simón”, “La cabeza de ‘El Gallo’”, “La nueva revista”, “La degollación de los inocentes”, “El sueño del señor Pedernales”, “Los pupitres del señor Pedernales”. Textos en los que una vez más descubrimos el humor paródico de don Julio y un lenguaje sencillo como salido de la calle o de un refectorio en el que abundan las voces de personajes avivados por su aguda observación.

Leemos también “Crítica literaria”, donde el autor a veces se hace pasar por otro personaje para aludir al autor tratado. Juega con el humor y se adentra en el texto que estudia. Entre los autores tratados están Pedro José Sotillo, Jacinto Fombona Pachano, Andrés Eloy Blanco, Antonio Arráiz, José Antonio Ramos Sucre y un texto titulado “La poesía elocuente”. Vale la pena ponerle atención al texto dedicado a Ramos Sucre.

Una poesía aferrada a la tradición clásica revela el oído musical de este escritor que en sus relatos se alejó precisamente de los cánones establecidos y los temas comunes para viajar por un mundo fantástico, novísimo para la época.

Entre sus poemas están “La canción”, “Mañanas”, “¿Recuerdas?”, “La noche de febrero”, “El jazmín”, “A unos ojos”, “Empresa”, “Los caminos celestes”, “¡Qué de tiempo hace!”, “Ella”, “Voces de la ceiba”, “Envío”, “A la sombra de la ceiba”, “Jesús” y “En el cumpleaños de Pedro Sotillo”.

La vieja Caracas, personajes y paisajes de aquel país rural forman parte de esta faceta de don Julio Garmendia, desconocida por muchos.

Un ejemplo:

Ella

Sobre la sonrisa de las tentaciones
ella siempre pone sus desolaciones,
como un mar vecino que infunde pavura
al agua que corre por una llanura.

Sobre los halagos, sobre la ambición
ella siempre pone su fúnebre son,
como en lo más alto de la torre erguida
el reloj no cesa de medir la vida.

Sobre los placeres, sobre los amores
ella siempre pone signos turbadores,
como la ventisca que en la noche clama
por abrir la puerta y apagar la llama.

Para cerrar, Sambrano Urdaneta ofrece a manera de colofón una cronología de los textos publicados en Caracas entre 1917 y 1924, útil para quienes deseen husmear en esas fuentes, que ojalá sigan en su sitio.

Alberto Hernández
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