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Antología Para leer en la cola

lunes 17 de diciembre de 2018
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Rodolfo Privitera
Rodolfo Privitera seleccionó para El Diario de Caracas los textos que conforman la antología Para leer en la cola.

Aclaro: corre el año 1979 y El Diario de Caracas, aquella maravilla por donde pasó gente como Tomás Eloy Martínez, entre otros, inventó Libros de Hoy, cuadernillos que venían encartados los domingos (creo que era los domingos, no recuerdo) y que lograron atrapar a muchos lectores.

El título con el que me acabo de tropezar entre tanto polvo acumulado en mi casa es Para leer en la cola, pero vuelvo, aclaro: no eran las colas de hoy, provocadas por este crimen que nos ocupa y nos escupe. No, eran las colas de los carros en las calles, carreteras y autopistas de Caracas o de cualquier parte del país. De manera que el periódico publicó lecturas que hacían del venezolano una suerte de maquillador de la realidad. Del disfrute con excelentes textos.

Éste contiene cuentos cortos, muy cortos y cortísimos que, seguramente, Violeta Rojo disfrutó y disfruta con toda la emoción que un buen relato le regala a un lector curioso y atento.

La selección la hizo Rodolfo Privitera, quien por cierto este mortal no sabe dónde está. Destacaba Privitera como narrador de una generación emergente y feliz.

Aquí —en la antología que hoy tengo a la mano— me reencuentro con autores como Oscar Acosta, Martín Adán, Fernando Ampuero, Tomás Arauz, Gabriel Jiménez Emán, Juan José Arreola, José Pedro Díaz, Eliseo Diego, Luiz Fernando Emediato, Luis Fayad, Samuel Feijoo, César Fernández Moreno, Eduardo López Rivas, Carlos Maggi, Jorge Marín, Humberto Mata, Augusto Monterroso, Jairo Aníbal Niño, Virgilio Piñera, Guillermo Prieto, Ednodio Quintero, Alfonso Reyes, Armando Romero, Jaime Sabines, Edmundo Valadés, Luisa Valenzuela, Carlos Villalba, Javier Villafañe y Javier Villaurrutia, entre otros.

Aquellas colas no eran las “sabrosas” de hoy, como las calificó un personaje que ambula entre la baba del diablo y los cagajones de un murciélago. No, eran colas fastidiosas, pero podías acompañarlas con un dulce criollo, un pan relleno, una chicha, una panelita de San Joaquín, un pedazo de naiboa, un mango, una empanada, un golfiao o una gaseosa con la seguridad de que llegarías a casa y almorzarías completo, sin el sobresalto provocado por motorizados peligrosos o falsos discursos épicos edulcorados con bombas lacrimógenas y perdigones.

Dejo con ustedes unos cuantos para pasar el rato:

 


 

El sueño de la virgen

Tomás Arauz

Cuando dijo “sí”, tendida en el pasto, descubrió que soñaba: pero era demasiado tarde.

 


 

Liebres

José Pedro Díaz

Hay que inventar liebres para poder hacer de nuestra vida un extenso y luminoso día de caza, y para poder decretar que somos cazadores. Pero hay que inventarlas vivas, ágiles, inasibles. Siempre queda, además, la posibilidad de que nuestras liebres inventadas resulten ser idénticas a otras invisibles pero reales, y aún que tengan sus mismos movimientos.

 


 

La infiel

Eduardo López Rivas

Convencido de que me engañaba, le dije que si quería podía irse con mi rival, y en efecto, al volver por la noche, me encontré que la muy cretina se había largado con el televisor.

 


 

La petición

Jaime Sabines

Hay un modo de que me hagas completamente feliz, amor mío: muérete.

 


 

CODA: Ahí queda eso. Hagan su cola.

Alberto Hernández
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