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Hablemos, de Octavio Santana Surez

El paisaje permanente de Oscar Rodríguez Ortiz

• Lunes 14 de enero de 2019

Oscar Rodríguez Ortiz

Oscar Rodríguez Ortiz (Caracas, 1944) ahonda en nuestros autores y los muestra con la calidad que ellos contienen.

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Un nuevo paisaje se asoma en el universo espiritual de Oscar Rodríguez Ortiz. Su fallecimiento nos descubre ante los títulos que dejó a la posteridad: una exhaustiva revisión de las letras venezolanas desde el ensayo, la novela, la poesía, la política, la sociedad como extensión de su propia indagación cultural. Cuando apenas comienza el año 2019, uno de los hombres más acuciosos de nuestras letras se marcha, y lo hace con el mismo espíritu con el que acompañó su labor investigativa, un silencioso buscador de tesoros en medio de libros y ecos que se hicieron páginas y más páginas que llevan su rúbrica, su muy personal estilo para decir de las letras nacionales, desde sus inicios hasta casi el ahora que respiramos.

Oscar Rodríguez Ortiz (Caracas, 1944) ahonda en nuestros autores y los muestra con la calidad que ellos contienen, con la calidad que el mismo ensayista lleva en su morral de reconocimientos, de tributos a los que escribieron y escriben la realidad y la ficción de esta tierra de desgracias actuales.

Hablar de su obra es extendernos en muchas páginas. Hablar de sus títulos nos anima a destacar que no dejó rendija que no esculcara para enseñarnos a leer el país, para enseñarnos a ser futuro desde el pasado literario y cultural que este pedazo de tierra nos ha aportado. No dejó pasar el presente, lo tuvo en sus manos y lo plasmó para que también se hiciera porvenir.

 

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El hombre público que fue, sin escándalos ni lucimientos personales más allá de su talante como sujeto apegado a su pedagogía, dejó huellas durante su paso por Monte Ávila Editores, donde fundó la colección “Desde la crítica”. También estuvo al frente de la Biblioteca Ayacucho en la que su impronta intelectual marcó una reconocida labor.

 

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Su primer trabajo, Seis proposiciones en torno a Salvador Garmendia (1976), estudia los contenidos de los libros Doble fondo, Difuntos, extraños y volátiles, Los escondites y Memorias de Altagracia, del mencionado narrador barquisimetano.

Ese ensayo sobre parte de la obra del también autor de El único lugar posible destaca las acciones que ocurrieron y que no ocurrieron, que pudieran haber ocurrido en lo cotidiano, en la apariencia, en la perduración de ésta y en el tiempo de su suceder. Rodríguez Ortiz repasa la “desnarración” como perspectiva, los finales abiertos, la literatura de la crueldad, lo fantástico, los sueños, el tiempo, lo refractario, la “renarración” como perspectiva, el Otro, entre otros asuntos que abundan en la obra del barbado novelista y cuentista venezolano.

Rodríguez Ortiz se entregó a la crítica y al ensayo con devoción. No dejó rastro que no siguió.

En 1981 da a conocer Sobre narradores y héroes, una indagación sobre la obra de Reinaldo Arenas, Manuel Scorza y José Enrique Adoum. Dos años después labora el libro Antología fundamental del ensayo venezolano, en el que recoge investigaciones de diversos autores de nuestro país que luego serían revisados en posteriores títulos. Así, en 1985 publica Intromisión en el paisaje, una mirada a la topografía donde destacan estilos y maneras de decir del entorno de personajes y acciones en la literatura de su patio. En 1989 insiste con Tres ensayos sobre el ensayo venezolano, donde ensaya el ensayo y deja clara su profunda convicción por las ideas nacidas en su mapa afectivo. En Ensayos venezolanos del siglo XX, Rodríguez Ortiz no deja de hablar de los autores que lo trasnochan, y que saldrán a relucir en futuros libros. Placebo nace en 1990, un libro poco conocido, pero que igual transita por el ensayo y profundiza en particularidades estilísticas e históricas, así como sociales y culturales. Hacer tiempo en 1995. Paisajes del ensayo venezolano en 1999, donde aparecen Simón Rodríguez, Bolívar, Fermín Toro, Rafael María Baralt, Juan Vicente González, Cecilio Acosta, como iniciadores, en cuyos esfuerzos están las cartas, los diarios que hacen parte de nuestra historia. Igualmente, trabaja las páginas de Arístides Rojas, quien aborda la “vida conventual” de Caracas. Estudia en ese mismo libro el positivismo y el modernismo, El Cesarismo Democrático, de Vallenilla Lanz. Pedro Emilio Coll, Blanco Fombona, Díaz Rodríguez, Gil Fortoul, como emblemas de esas corrientes literarias, cuyos contenidos destacan los temas petroleros, las diversas crisis sufridas por Venezuela, la agricultura, el arte y la cultura. Uslar, Guillermo Sucre, Rafael Cadenas, Juan Liscano, Francisco Rivera y José Balza cierran este ciclo, el más cercano al momento que vivimos.

Los bordes de la continuidad en 2016. En este último trabajo regresa a algunos autores e incorpora a otros: Rodolfo Moleiro, Picón Salas, Mario Briceño Iragorry, Díaz Sánchez, Augusto Mijares, José Ramón Medina, Luis Beltrán Guerrero, Andrés Mariño Palacio y Blanco Fombona, y desarrolla un ensayo titulado La poesía leída por la crítica.

 

Serán las escuelas de letras, una vez recuperen su aliento y el país se abra a la democracia, las encargadas, junto con lectores e investigadores independientes, quienes lo analicen.

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Rodríguez Ortiz se entregó a la crítica y al ensayo con devoción. No dejó rastro que no siguió. Alimentó la curiosidad de lectores y autores y siempre celebró nuestro nacional andar en las letras.

También fue un asiduo colaborador en publicaciones periódicas, suplementos literarios, revistas como Zona Franca e Imagen, etc. Estudió filosofía en Europa y vivió un tiempo en Italia. La UCV lo tuvo como profesor en la Facultad de Derecho, y en el Colegio Universitario Francisco de Miranda desarrolló cursos sobre Literatura Hispanoamericana.

Publicó en 1990 la novela Horno Sapiens, con el seudónimo Maurice Lambert.

Su paisaje exige un estudio más denso. Serán las escuelas de letras, una vez recuperen su aliento y el país se abra a la democracia, las encargadas, junto con lectores e investigadores independientes, quienes lo analicen, lo mantengan con vida.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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