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El abismo inventado, libro de cuentos de Javier Febo Santiago

Poesía y suicidio, de Miguel Marcotrigiano

• Lunes 11 de febrero de 2019
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“Poesía y suicidio”, de Miguel Marcotrigiano

“Querido amigo,
tendré que hundirme con otros cientos
en un ascensor de carga al infierno.
Seré una cosa ligera.
Entraré en la muerte
como alguien que perdió sus lentes.
La vida se ha medio agrandado.
El pez y los búhos son hoy feroces.
La vida se inclina hacia atrás y hacia adelante.
Ni siquiera las avispas pueden encontrar mis ojos”.
Anne Sexton: “Nota de suicidio”.

1

La más convincente nota suicida es la que nunca se escribe y trama todo para que parezca una angelación. Así lo he venido pensando desde la infancia cuando una mañana descubrí el cuerpo muerto de Luis Arévalo, colgado de una alcayata detrás de la puerta de su cuarto. Desde la ventana por la que me asomé pude ver sus ojos apagados, perdidos, su lengua oscura y su cuerpo totalmente estirado, como si el suelo lo aspirase.

Comienzo con este recuerdo porque el niño de aquella edad —nueve o diez años— no entendía cómo un hombre, que la mañana anterior tomó café frente a mi familia, horas después aparece ahorcado después de dejar el trabajo de obrero en el lejano paisaje de un pueblo donde me levanté.

Luis Arévalo nunca escribió una nota suicida. No supo hacerlo. Tampoco era poeta. Fue un suicida desde que nació porque llevaba la marca en su silencio, en la manera de mirar y despedirse todos los días en el patio de mi casa en Valle de la Pascua.

Ahora, urgido por los libros, por la muerte ajena, la provocada por propia mano, reviso el pasado de aquella que aún me perturba. He estado cerca de conocidos y amigos suicidas y autodestructivos, esa lenta agonía que termina con una explosión, y me inclino a pensar sobre sus poemas o sobre sus tormentos.

El suicidio es una de las aventuras más reveladoras del ser humano. Es una muerte muchas veces pensada, ingeniada, elaborada, calculada, administrada. Detrás de la calma de un sujeto podría estar aposentada la muerte con vocación vigilante. Es la muerte que comienza como un signo y termina como un símbolo. Es la muerte que desemboca en la razón de quien suprime el mundanal ruido y se recoge en la mansedumbre del silencio. Podría decirse que es la única muerte donde la poesía tiene espacio abierto, toda vez que se trata del tema más trabajado por el verbo de quien más tarde habrá de dejar las líneas de una despedida, porque no es una sola: el poeta/suicida alterna la agonía vital con el poema y en él se vacía hasta la muerte. Cada poema escrito es un acto suicida, la aliteración de un amago que se convierte en acto íntimo, solitario, individual, como el mismo acto de crear el poema.

Quien escribe poesía y es habitado por tantos yos, termina matando el único que lo acosaba: los otros viven en el poema. Ser presa de ese ego manifiesta el deseo de ser su propio ejecutor: el ahogo, el veneno, el corte de las venas, el disparo en el pecho o en la cabeza, entrar en el mar para perderse en su fondo y la poesía, tentación que recurre a la melancolía, a la depresión, a la cueva oscura y deja cerca el papel donde explica, se disculpa, exonera o culpa. O es el caso de quien se suicida y deja la duda, la pregunta funeraria, el silencio en el aún vivo, otra manera de ser muerte.

Miguel Marcotrigiano fue seducido por el tema. ¿Y quién no? Da para estudiar, desentrañar misterios, encajarse en el discurso del “obstinado”, del desahuciado, del desamparado, del angustiado, del que no quiere nada con la vida. El suicidio y su lenguaje: signo y símbolo de quien tiene en la muerte “una realidad al alcance de la mano”.

Poesía y suicidio, publicado por la Editorial Académica Española en 2012, es el título que escogió nuestro autor para entrar en este vertedero de escombros anímicos, porque de alguna manera la muerte es una convocatoria que el agónico transforma en un montón de notas dolorosas, forenses, pero también en materiales que servirían para prologar la indagación de la muerte como estilo de vida.

Luis Arévalo, aquel lejano y anónimo personaje —que el niño que fui descubrió ahorcado—, es el síntoma, la denotación de un recuerdo que queda como la nota final que nunca escribió.

Podría afirmar que las notas suicidas son prólogos de la acción misma de darse muerte. En el caso de quienes no la escriban, su vida es una representación de lo que habría de suceder y de lo que los sobrevivientes le añadan a esa experiencia final.

 

2

Marcotrigiano divide su estudio en tres partes: “Palabra y acto del suicidio”, “Biografía de autores suicidas” y “Estudio de la poesía de Martha Kornblith”, capítulo en el que sustenta su investigación.

Por estas páginas pasan los nombres de Gelindo Casasola, Carlos Rodríguez Ferrara y la misma Kornblith como poetas que dejaron una obra poco extensa, pero que en ella reflejaron la intensidad de su existencia.

La base de la indagación del académico caraqueño engarza con la tesis la obra suicida y el acto suicida, rótulo que da pie para revisar —por ejemplo— la travesía de Arnold Ludwig, quien es citado por Misrahi, y quien estudió la vida de “1.005 escritores y otros artistas y profesionales de éxito del siglo XX”, con la cual pudo concluir que eran sujetos psicóticos, depresivos, pacientes con desórdenes afectivos y con tendencia al abuso de drogas o alcohol. Igual, concluyó que muchos de ellos sufrían de trastorno bipolar, razón por la cual es opinión casi general que los escritores, pero sobre todo los poetas, son atacados por la melancolía o depresión maníaca.

Recoge nombres conocidos de creadores que fueron víctimas de esa sombra que es la depresión: Van Gogh, Mahler, Gauguin, Rossetti, Händel, Porter, Balzac, Poe, Shelley, Byron, Hölderlin, Dinesen, Hemingway, Plath. Muchos de ellos autodestructivos. Se añaden los nombres de Larra, London, Pavese, Lowry, Quiroga, Kennedy Toole, Reinaldo Arenas, Benjamin, Chatterton, José Asunción Silva, Virginia Woolf, Maiakovski, Alfonsina Storni, Anne Sexton, Pizarnik, Ajmátova, Lugones, Mishima, Artaud, Nerval, Celan, Dylan Thomas, Primo Levi, entre otros.

Y una expresión tajante: “La escritura como profesión y el suicidio como vocación y forma de vida” redondea el epílogo lapidario de quienes escogieron ese camino.

Nuestro autor afirma también:

La vida simbólica que ofrece la literatura parece cobrar mayores dimensiones en la poesía, puesto que ésta tiene la propiedad de transformarse en una ficción que, a la vez, constituye una suerte de interioridad activa o en actividad.

 

3

Esta inflexión, que podría servir de entrada o epígrafe a un trabajo sobre el mismo tema:

…la poesía constituye un simulacro y la vida y la muerte se disputan ese territorio en ella.

El poeta suicida vive en un constante afán por desaparecer con su verbo, desde el mismo poema, por dejar el paisaje que lo atormenta, por deshacerse de los fantasmas que a diario lo visitan.

La adicción pesimista juega un rol importante en su decisión de dejar de existir.

La imagen de Nerval colgado de un poste de luz mientras la nota suicida es sacudida por el viento revela que quien se quita la vida acomete el último poema, en este caso, romántico. La de Paul Celan mientras se hunde en las oscuras aguas del Sena. La de Hemingway al momento de ponerse el cañón de la escopeta en la boca. Cada uno signado por un temblor profundo y el deseo de deshacerse de la vida lo más rápidamente posible. Para el suicida la agonía no es nada sublime. Para el poeta suicida es el silencio absoluto el que lo salva de su sique. Borrar el poema, borrarse de su yo trascendente.

Dos textos de poetas citados por Marcotrigiano, que se quitaron la vida y dejaron una obra imprescindible en el mundo de las letras: Sylvia Plath y Cesare Pavese:

La mujer alcanza la perfección. / Su cuerpo muerto porta la sonrisa del deber cumplido./ (…) Sus pies desnudos parecen estar diciendo: / Hemos llegado hasta aquí, es el fin.

(***)

Basta de palabras (…) La muerte tiene una mirada. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (…). Bajaremos mudos por el torbellino…

 

4

Para arribar a su objetivo, al mundo fronterizo de Martha Kornblith, nuestro ensayista e investigador repasa los nombres de los poetas e intelectuales venezolanos que se suicidaron: Augusto Mijares, Gloria Stolk, Carlos Rangel, Argenis Rodríguez, Arturo Uslar Braun. También menciona a Ramos Sucre, Elías David Curiel, Ismael Urdaneta, Luisa E. Larrazábal, César Dávila Andrade, Alirio Ugarte Pelayo…, de quienes hace una semblanza de su existencia y de su contenido poético donde el signo de la muerte marca la mirada del suicida.

Martha Kornblith dejó tres títulos: Oraciones para un dios ausente (Monte Ávila Editores, 1995), en el que Marcotrigiano estudia la muerte, la palabra, la memoria y la locura. En ese material uno de los poemas revela la cicatriz permanente de la autora: “Clínica Monserrat”.

Salvo las horas del miedo
también era posible reír.

Menciona al poeta Silva (José Asunción), uno de los suicidas más insignes de la poesía latinoamericana.

En esa clínica, ubicada en Bogotá, nuestra autora vivió una temporada para rehabilitación psiquiátrica. La tragedia familiar, las muertes de sus seres queridos, detonaron su esquizofrenia.

En otro aparte de su angustia:

…suicidarme se ha convertido en mi divertimento, mi vocación.

En su segundo trabajo, El perdedor se lo lleva todo, editado por Pequeña Venecia (Caracas, 1997), el colombiano Vargas Vila asoma su rostro invitado por Marcotrigiano: “Cuando la vida es un martirio, el suicidio es un deber”. El juego como metáfora, como experticia de la banalidad.

Y cierra con su último y definitivo libro, el anterior y éste publicados post mortem: Sesión de endodoncia (Eclepsidra, Caracas, 1997), en el que el desamparo es la imagen que atestigua el postrer aliento de la joven poeta venezolana nacida en Perú.

El material de Marcotrigiano contiene opiniones y referencias de la crítica nacional, en el que se observan diferentes posiciones, calificaciones y perfiles de quienes abordaron su obra completa o alguno de los libros mencionados.

La mayoría de los autores definieron la poesía de Martha Kornblith como confesional, conversacional, narrativa, de breve extensión, “sentida y sufrida”, dolida, de un “descuido formal y honestidad”.

Marta Sosa dice que es una poesía donde habita una “impudicia confesional”. Yolanda Pantin y Alicia Torres: “Una escritura desde la conciencia de la enfermedad”.

 

5

El autor de Poesía y suicidio expresa:

Un esquizofrénico, al cometer suicidio, no actúa contra su propio yo. Por tanto, no debería hablarse, en sentido estricto, de suicidio en un caso como este. ¿Quién dicta el poema? ¿Quién da la orden fatal? Las respuestas seguramente se hallarán en el entramado “sígnico” de su obra.

(Desde la mirada opaca de Luis Arévalo el niño dejado atrás se pregunta: ¿cuál yo decidió que aquel hombre iletrado decidiera escribir la nota suicida con el silencio de su cuerpo?).

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Crónicas del olvido
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Editorial Letralia: Las nubes que pasan (poemas para Japón)
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Alberto Hernández

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