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Hablemos, de Octavio Santana Surez

Herta Müller, dos lecturas: Los pálidos señores con las tazas de moca

• Lunes 18 de febrero de 2019
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“Los pálidos señores con las tazas de moca”, de Herta Müller

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Me tranzo con Herta Müller, Premio Nobel 2009, en la lectura de su libro Los pálidos señores con las tazas de moca (e.d.a. NorteySur, Málaga, España, 2010) y me aparecen dos, es decir, dos lecturas: la que “veo” y la que leo. O la que leo y veo y la que ambas son mirada y lectura abecedaria, alfabética, plástica, de paciente recorte y pega para enarbolar el collage, la aventura.

No leo en alemán, por tanto no leo, veo. Leo en español la traducción de José Luis Reina Palazón y me topo con algo que ya había leído: vuelvo al dadaísmo, al surrealismo, a lo que la autora no pudo hacer mientras vivió sumergida en el comunismo rumano, en parcela nacional donde se habla alemán.

Siento que he vuelto a Juan José Tablada o a los caligramas de la ya superada emoción literaria francesa. La poesía no se cuestiona ni se atilda: es ella desde cualquier punto de vista, arranque o silencio. En el caso de la señora Müller, el lector está en capacidad de ver una “escritura” ilustrada, un collage en el que se sustentan los códigos de su decir: ser y sentir desde el decir en imágenes que recrean en las palabras una búsqueda distinta, aunque en este lado de Occidente ya hayamos pasado por ella.

Por estos lares anduvieron también Nicanor Parra con su Poesía política, con ilustraciones y números que le imprimen a su poesía excéntrica lectura. Lo leemos en Poemas para combatir la calvicie: muestra de antipoesía, compilada por Julio Ortega. El también chileno Dámaso Ogaz. Y el venezolano Juan Calzadilla. Oswaldo Trejo y su taller peregrinaron por estos caminos. Y en estos días de “refundación”, jóvenes venezolanos que deslizan su talento en medio de rupturas: la sintaxis es un segmento del silencio, sobre todo de ese silencio que avisa cuando tiene en la poesía la manera de entrar y salir cuando quiere.

El traductor y prologuista Reina Palazón habla de la imaginación y agudeza de la autora. Ciertamente, se precisa de mucha imaginación y agudeza para construir el ocio del poema con imágenes que deconstruyen la realidad, aquella realidad que la aprisionaba, la oprimía, la acosaba en los tiempos del totalitarismo soviético en su natal Rumania.

La lectura inicial irrumpe violentamente en el ojo del lector. Imagen verbal e imagen visual devienen mensajes divergentes, autocuestionadores. Una narrativa entrecortada, sintagmas irreverentes. La agudeza está en el tiempo de composición del texto, como un juego, como un pasatiempo que desentraña mensajes. En el idioma original no apuesto a nada porque no hablo alemán. Pero las letras una detrás de la otra impresionan desde el montaje o la instalación plástica.

 

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En español retorno a los autores arriba mencionados. El experimentalismo, la escritura automática, el trazo dibujístico, el riesgo cabalgante de palabras que animan un mensaje, que el lector debe componer, descomponer, rehacer, hacer.

Esa apuesta ya existía. En América Latina hay muchos ejemplos (algunos ya nombrados arriba). Y en la Francia, cuya caducidad sigue alentando y alertando desperdicios, fue moda hasta que el surrealismo y los juegos florales de aquella poesía nos hicieron entender que había que ver hacia nuestro propio legado idiomático, hacia la poesía española, hacia la manera de respirar nuestros verbos y sustantivos. Y brotó una manera de hablar en poesía, de volver a la realidad sin hacer de ella adorno o atuendo, remedo o coquetería capilar.

La poesía es experimento, también. Riesgo, mucho más. Pero en el caso de la señora Müller me veo ante un libro ya leído. Un libro que ya se escribió, pero que ella, por haber arribado a finales de los años 80 a la Alemania libre, luego de salir de la opresión soviética, pudo descomponer aquella realidad, para burlarse del realismo socialista, para decantar su propio entusiasmo poético. Y creo también para deshacerse del vestuario que ya por aquí habíamos usado, usándolo.

Por eso afirmo que hay dos lecturas: la que no sé deletrear porque está en alemán, pero puedo ver. Y la que está en español y ya he sentido en otros tiempos.

Plástica y sonido. Pintura y palabras.

La autora ha declarado que “poesía no es algo que sienta bien”, y lleva razón al decirlo: la poesía, más allá de ella y en ella, con ella y desde ella, la dificultad de vivirla, de hacerla cuando ésta ha sido relegada, renegada y hasta prohibida. Esta mujer desliza la belleza desde el radicalismo que ahora expresa, como un empujón provocado por el régimen que afortunadamente ya no existe en su país, pero que ella sufrió. Müller considera que el arte está oculto, escondido detrás de las voces a las que recurre o inmersa en el orden (desorden) de las palabras acompañadas de sus imágenes visuales.

La lectura, la poesía que se puede leer, no ver, no usa signos de puntuación. Es una poética en la que el ahogo, el asma de quien pronuncia, repasa en carrera los signos, sin pausa alguna. No hay reposo en la significación que nos entrega la autora: es una escritura adolescente, casi de niña que juega con el riesgo, que hunde las palabras en el humo y construye otros significados figurativos y verbales. En dos lecturas.

Veamos una muestra:

El sol lleva su cresta de gallo con un
blanco brillo de espuma y en la
habitación caliente detrás del malecón la hermana
desnuda de Gregorio duerme la siesta en el sofá
en la cancillería sin embargo Gregorio ensaya todavía en la tuba
el tango para su orquesta de ciento y
el bañero echa un vistazo por allí y dice
eso suena pastoso así de quejumbroso como
en el paladar la piel de ganso él mastica
avellanas y cuenta en sus pantorrillas
las rojas mordeduras de los mosquitos.

Otro poema:

Madre se convirtió en una ortiga
Padre se convirtió en un álamo
en lugar de esto me dijo uno
durante la cena
todo amor se nos convierte en lampazo
yo sé en lo que él se convirtió
y cómo yo me empaqueto
pero me gustaría ser la espuma
en la boquilla del clarinete
el penumbroso dinero de los ladrones
o el flaco ladrido de los perros
contra la marca de las costillas de una chaqueta.

Y otros más:

Nieva los
zapatos van dos a dos la
plaza está muerta muerdo con
el ojo en el pan blanco.

 


 

El viento es negro desde
que lo meto en mi
bolsillo cuando nieva en el
cerebro
lo pongo lo
saco de nuevo

de ambos ojos
sacó un hombre su equipaje
eran muebles de cristal
muy pequeños pero
para viajar todos
llevaban ruedecitas puestas
preguntó tienes un cordón de seda con el
que se pueda tirar lo miré como si
yo tuviera uno y dije no le mostré
una uña de la mano la pulió
con el puño de su camisa.

 


 

Se me mete la sien por las orejas la
noche jorobada se apoya en la puerta yo voy
a través de la leche helada con ella el
viaducto está azul sobre azul y a
cuatro patas como un ternero bebe cuando
un taxi lleva la luz maquillada de blanco
yo no tengo la categoría de pasajero
aclara el de la gorra negra en el ojo un poquito
de cristal de charco un falso
trozo de la maleta me lleva de acá para
allá no juegues aquí a sobrepasar dice él
el aire para ti es arañado precisamente por perros.

Alberto Hernández

Alberto Hernández

Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. Tiene un posgrado en literatura latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (2012). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Crónicas del olvido
Editorial Letralia: Libertad de expresión, poder y censura (coautor)
Editorial Letralia: Las nubes que pasan (poemas para Japón)
Editorial Letralia: Doble en las rocas. 18 años de Letralia (coautor)
Alberto Hernández

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