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Tuétano, de Andrea Crespo Madrid

lunes 4 de marzo de 2019
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“Tuétano”, de Andrea Crespo Madrid

1

La enfermedad, la muerte, en esa sustancia que dentro de los huesos origina la sangre, ese oculto laberinto óseo que permite la erección de los cuerpos. La vida como debilidad o fortaleza. El destino final. La agonía, la duración de ese trance hecho poesía.

Una sala de hospital donde un paciente emigra hacia el otro, el familiar que pesa el dolor, lo sostiene y trata de aliviarlo con palabras. O con el silencio, la más vasta extensión de la ausencia. Una voz inicia este recorrido desde un posesivo en el que también se contiene la médula de una realidad cuyo ánimo se hunde en una mirada trazada en un pasillo de hospital:

“mis caderas quieren envejecer / catorce años postradas en esta silla / oigo a cuatro terapeutas distintas diciendo lo mismo…”, un ambiente donde quien escribe las próximas líneas le añade al dolor del padre, de la madre, del prójimo, una metáfora ardida, infectada, necrosada: “estos pies tienen hambre / de área quemada / de supurar así el poema”.

La mutilación, la pérdida de algún miembro, como referente de la pérdida del paisaje, de las palabras o de la paz, de la otra realidad en la que se podía vivir. El cuerpo derrotado:

…leeremos sólo los muñones
(morados o invisibles)
un día hermoso en nuestras manos
y más tarde piedra.

Lápida, silencio, pasado, mudez.

El poema insiste en lo que mira. La poesía lo sustenta: eventos, acontecimientos, tragedias, muertes, rebeliones, un año: 1999 como marca sangrienta que relaciona la del cuerpo enfermo con la del cuerpo geográfico y social. “me pregunto / cuánto ensayan sus monólogos los secuestradores / cuando llegan / desde la noche / estirando el tiempo (…) me pregunto / si el horror cabe dentro de un paréntesis / y si a veces (como a mí) se les olvida lo que tienen que decir / o si lloran de vez en cuanto / (como yo) / tapándose las orejas”.

Una teoría poética iría muy lejos. Una poética se opaca con la mugre que la condiciona. La voz joven de este libro nos empuja —como lectores y protagonistas— a preguntarnos también por nuestros miedos y debilidades, por el temor a la enfermedad, a recurrir a un hospital sin recursos, a mirar los parásitos y las batas quirúrgicas con aprensión.

En estos versos el lector también es víctima. La muerte acecha y asecha. La muerte vigila, acosa, empuja hacia el precipicio, hacia una tumba sin nombre. El duelo, el luto es la consagración de un poder que intenta ocultar sus mecanismos dolosos.

 

2

El país que recurre a la poesía es el mismo que vive en la casa. Es el mismo que dibuja sus temores en las calles, en la dolencia del hijo, de la madre, del padre, del vecino, del desconocido que se mira en sus propios huesos, en la médula, en el tuétano de la pérdida.

vino la muerte y tenía un solo ojo / dentro la bala / afuera el cristal / una misma urgencia (…) una madre no pudo deslizar / los párpados de su hijo.

Andrea Crespo Madrid (Valencia, Venezuela, 1995) ha escrito Tuétano (editado por la Fundación La Poeteca, Caracas, 2018), un retrato de lo que ella ha vivido en su país, de lo que mira y siente cuando le ha tocado ser una cifra de la enfermedad, del temblor forense, de la anemia clínica nacional, de las calles plenas de gritos y humo, de balas que atraviesan cuerpos inocentes.

Esta es la poesía de esta hora. No hay tiempo para otras imágenes, para metáforas felices, para argumentos clásicos o académicos. Es la poesía que pudre el cuerpo, que resucita a los muertos de la memoria, que sucumbe ante la anatomía destrozada. Es la poesía de su poética, de la cual emergen gusanos, bacterias, parásitos, pus. Es la poesía de “la angustia de la úlcera (…) estas violencias / en las que no sabemos reconocernos / mientras crece el cementerio del este”.

Y es la poesía en primera persona: una narrativa desde el poema, desde unos versos nutridos por la fuerza del dolor: “déjenme morir / déjenme atravesarme la cabeza con un balazo / y qué tienes papá dime qué tienes // pero salta”.

El suicidio, las ganas de morir ante la imposibilidad de la cura. La tragedia hospitalaria. El crimen mayor cometido desde el poder. Que no se arbitre la crítica quejosa de quienes desean una poesía de lujo. Este es el país que vivimos. Esta es la biología que nos soporta: un país enfermo con todos sus habitantes. Una tierra yerma.

El padre es la imagen del desgarramiento. El padre de la poeta, el padre como símbolo de otredad. El padre como tema permanente, el padre de sangre, el putativo, el padre de todos.

 

3

En uno de los ensayos de La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre, el dedicado a Álvaro Mutis, titulado “El poema: una fértil miseria”, nuestro autor afirma:

Ponerse a discernir entre lo verosímil y lo que no lo es, resultaría, más que ingenuidad, incapacidad para comprender las metamorfosis en que también se desarrolla toda experiencia.

Esta afirmación del también autor de La mirada permite avizorar una poética que se ha constituido en entorno de nuestro vivir (¿sobrevivir?) como venezolanos: la experiencia: desde ella se escribe, desde ella se crea, se ficcionaliza la realidad, se realiza la ficción. Los cambios brutales sufridos por nuestra historia actual así obligan al escritor, al poeta, al narrador, al cineasta, al pintor, al músico.

El país es un gran hospital, un pasillo doliente con enfermos tirados en el piso entre verbos susurrantes, gritos y maldiciones. El país es un poema podrido, enfermo, cubierto de restos inservibles que muchos se llevan a la boca:

pienso en los niños de mis calles / desde aquí donde no medra la nieve / las lenguas empujan los dientes / (hacia arriba) / (siempre hacia arriba) / sólo un edificio raja el cielo / contra él reposan limosnas de piedra / y yo pienso en los niños / de la calle San Andrés // la sed dilata úlceras en las bolsas negras / los niños entierran sus narices en el plástico / con sus deditos entre la savia podrida / para bebérsela toda / restos de proyectil entre las muelas.

Duro, doloroso, ese es el paisaje. Ciudades enfermas, demenciales.

En el mismo ensayo de Sucre, Mutis, citado por nuestro ensayista y poeta, escribe:

Con el nombre de Hospitales de Ultramar cubría el Gaviero una amplia teoría de males, angustias, días en blanco en espera de nada, vergüenzas de la carne, faltas de amistad (…) todos esos pasos queda el hombre usándose para la muerte…

El mundo, el universo que habitamos, se traduce en un hospital en los que faltan médicos y sobran enfermos y cadáveres. La locura precisa de especialistas, porque el país es un manicomio.

En uno de sus poemas, Crespo Madrid toca este tema, dedicado “A una psiquiatra”. El aturdimiento se despoja de adornos. No es un adorno. Es una fisura.

…sé poco de tus muertos / desconozco si se asemejan a los míos / si tienen sus propias muecas / sé poco de tus rizos / del lodo que te recorre las comisuras de los labios / de tu voz sólo reconozco la lujuria que la precede / la fiesta el baile el regocijo / de estas ganas de morirme.

 

4

Un extenso poema dedicado a la muerte del padre da cuenta de una sensibilidad dolorosa, equilibrada por las bellas imágenes de que se vale para expresarse. Un texto en prosa/verso donde los lectores que somos y dejamos de ser también somos parte de la agonía, parte de esa defunción. Recojo algunos que aturden:

papá murió hace un mes (…) todos nos morimos con él (…) papá no sabe que ha muerto (…) días más tarde dejé de sangrar pero papá no dejó de morir (…) el día que papá intentó matarse papá ya estaba muerto (…) mis oraciones ateas (…) papá y yo nos morimos hace un mes.

Pero también es la muerte del que es padre ajeno, el padre del otro, el que deja de estar en plena calle, cuyo cuerpo reposa en una acera:

“murió de un infarto mientras esperaba / el pago de su pensión (…) el cuerpo de investigaciones científicas penales y criminalísticas hizo el levantamiento del cuerpo”, pero no hay culpables. Mientras tanto el poder engorda.

Dos poemas finales marcan la anécdota de nuestra realidad, de nuestra pobre metáfora nacional, de nuestra hipérbole espiritual:

Dos mil catorce

mi hija fue atacada brutalmente al caer al suelo / no se sabe quién le disparó (…) mi hijo marchó porque / y él decidió marchar.

Voces en préstamo, las del país maltratado, acosado, malnutrido, en rebeldía.

Y “A-26”:

aprendí a mirar un cuerpo enfermo
con esos dolores de oficio ardiente
un brote en la adrenalina del espejo
detrás del verbo

el cuerpo tiñe sus mucosidades
avisa que está muriendo
la mirada intravenosa también suena hacia afuera
en pistas de suero

una mujer se duele y repite y repite y repite
hay que pensar en el otro
está allí está allí
y existe.

Alberto Hernández
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