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Galateica, de Julieta Arella

lunes 1 de abril de 2019
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“Galateica”, de Julieta Arella

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Leo estos poemas como si fuesen relatos breves, minificciones, pero se me ocurre también que podría leerlos como una novela. Como los fragmentos de los que estamos hechos. Total, hago una lectura arbitraria, porque así es la poesía, libre, arbitraria, malcriada.

El correlato de esta escritura se centra en personajes de la mitología, en la presencia imaginada de símbolos del imaginario antiguo, clásico, pero no es más que una justificación para descubrir desde la calle y desde el calor doméstico esta hipérbole que agita nuestra conciencia cotidiana: el país, su asunto, el que nos ha quebrado el espinazo de las emociones, el que ha suscitado toda suerte de malabarismos, angustias y sinsabores.

Julieta Arella no desperdicia líneas o confesiones. Su poesía, en la que combina la prosa con el verso, es un viaje a través de su ánimo/desánimo.

La poesía, en muchas voces jóvenes, se ha instalado en la llaga que nos invade.

La afirmación de las primeras líneas da cuenta de un relato. Desde las vísceras de la casa (es tratada como un ser vivo), la voz que aquí se hace presente dialoga con la madre, la confronta, la ubica y la amonesta. Una cicatriz sin curar persiste en ser mostrada.

El libro que hoy leo de esas distintas maneras está dividido en cuatro episodios: “La casa inundada”, “La contorsionista”, “La erubescencia galateica” y “La noche de las horas”.

La autora, Julieta Arella, no desperdicia líneas o confesiones. Su poesía, en la que combina la prosa con el verso, es un viaje a través de su ánimo/desánimo, producto de lo que sucede a su alrededor. Es una poesía relatora, como arriba se afirma, de la cual el lector podrá extraer su propia experiencia.

Publicado por la Fundación La Poeteca de Caracas en noviembre de 2018, este libro, como los anteriores editados por la misma empresa cultural, es un acierto que invita a los lectores a estar pendientes de las novísimas voces poéticas de este país convulsionado.

No se trata de compresas o linimentos para dolores pasajeros. Es una escritura que revela lo que pasa ante nuestros ojos y lo que ocurre en el interior de los hogares. Pero más aún, lo que acontece en el alma de quienes habitamos este territorio insultado, maltratado, aporreado, usado como ariete para defender causas malvadas.

 

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La casa, las cosas que transpiran la memoria, la madre, el útero de la crianza. La rebeldía, la huida, el exilio. El escape. El aire enrarecido. Un viaje, los viajes, una aventura lacerante. Las distintas mudanzas, las imágenes impulsadas por sus muñecas: la niña que narra la oscuridad y la luz. Las goteras de su techo. El hambre, la miseria en las esquinas.

La casa como símbolo del país, la casa como redentora, como fábrica de pérdidas e ilusiones.

Unas primeras voces:

Madre. Si le hubieses hecho caso a él, sería otro aborto. Nada. Muy feminista de tu parte haberme parido. Valiente. Madre es lo único que tenemos en este país que ya nos ha quitado todo (…). Nuestra cosas. Entre ellas se conocen desde que nos mudamos. Cada cual con su sombra con su hastío (…). Las cosas son un recuerdo demasiado abierto que nos une (…). Los objetos te eligen como presintiendo (…). Todas la cosas hablan al otro lado del silencio…

Y entonces aparecen personajes inesperados: Armando Reverón y Juanita: “También los caprichos de sus Galateas”. Reverón ¿Pigmalión? ¿Cuántas Juanitas, cuántas muñecas fabricó Reverón para huir de él mismo, para adentrarse en su propio país?

Y luego el padre, hiriente, quien las abandonó y las dejó sin nada, sólo la casa, aburrida, testigo del llanto. “La casa era mi madre inundada”: metáfora del país saqueado.

El exilio interior, ciudades, calles, habitaciones y patios distintos. Las diferentes edades del abandono. Las tías. “La casa es quien la habita. La casa de mi tía Nuvia se me parece tanto a Venezuela”. Las casas vivas, las casas muertas. Las habitadas y las deshabitadas.

 

El poema incita el tránsito, el cuerpo, como una serpiente, maniobra para escapar.

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Un nombre: Eduardo aparece en un juego de tiempos, de días, y luego desaparece. Un reflejo. Una suerte de fantasma que nutre las horas de la insistencia temática: la casa como albergue de la miseria. “El perro y la casa nos respiran (…). Amor hará que la duda no venga, que no invada la casa”. Y así: “El amor lo hacía sin perder el pudor galateico, la inocencia primera”.

Y una opinión que desbroza la intención de no huir, de estacionar el cuerpo y el alma, una actitud política: “La casa nos detiene. ‘Es mejor quedarse, este es el país que nos hizo nobles. Si sobrevivimos a esto, vamos a sobrevivirlo todo’, dices, casi convenciéndome de la esclavitud”. El desamparo, la oscuridad, los servicios públicos destruidos. Las velas para alumbrar la casa abrumada.

No me preguntes por hijos todavía, apenas podemos mantenernos. ¡Hasta las matas se murieron! Cobijar una casa es desarroparse, uno piensa tanto en el otro que se va gastando. Las goteras son rápidas, hay que cambiarles el recipiente a cada rato. El país me está corriendo, mamá, la casa se me está inundando y, aunque no quiero alejarme tanto, sueño con hacer una vida nueva.

 

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Y ahora, la espera. Un viaje. El poema incita el tránsito, el cuerpo, como una serpiente, maniobra para escapar, deshacerse del país que habita la voz que habla, que la destroza. Desde su cuerpo ansioso, desde la realidad doméstica, el sexo, el deseo, y la aspiración de “Que esta vez seremos felices por sobre todo / aunque esté muy flaca / aunque me haya traicionado / a pesar de este país / que aguanta la pela como una mujer arrimada y con hijos / que por orgullo no volverá a casa con su madre / ‘porque cada ruptura es un fracaso’”.

Largos poemas en los que la respiración agita la lectura. La voz cuenta, prosa, versa, habla, se desahoga en la lástima, en el ardor cotidiano, en la rabia, en la resaca, en la que “es posible que la realidad sea pura fantasía” (y) “sé que llegará un día en que nuestros ojos / puedan ver sólo lo que imaginamos”.

La espera se resume en la realidad más cruel. El abandono y luego esa larga estadía de la falta de recursos: “Esperando la plata. Esperando el olvido (…). Esperando un gobierno. Esperando un país”.

El poema es político y casero. Desde la casa, desde la espera se regresa a la infancia, “a lo que no tiene nombre”, pero se nombra, se construye otra realidad, a no pedir ayuda, a nombrar amigas para poder decir, vivir. El verso rasguña, golpea, porque “toda rebelión se cansa / (…) toda revolución se pudre y se delata / sólo mira el país: no soy la única que comerá mierda esta noche”.

Y la crítica justa, directa, áspera, dolorosa, ronca: “El que vendió la patria y se hizo rico no llegará a ninguna parte. El que huyó para negarnos no llegará a ninguna parte”.

 

5

Galatea es parte del mundo de este libro. Es este paisaje metaforizado. Entre el amor y la locura se debate, por eso afirma que “la vida comienza de nuevo cuando un amor termina”. La soledad, la desilusión, el desarraigo, el arraigo, el sexo, el que “gemirá en el reino de todas tus angustias”.

Una especie de diario donde la voz de quien habla intima, dialoga con ella misma, con un futuro lector, con otro cómplice.

Largo aliento el de estos decires. Versos que recorren muchos lugares, espacios del ánimo, el país y lo que poco a poco desaparece. “La soledad y el arte las habita / el maestro les dio amor / un lugar en su castillo para ser”.

Y después, el ardor de la queja, la realidad como una pedrada: “no dejes que el país te quite las ganas / recuerda que si ‘nos amamos el país no dolerá tanto’”.

Y tan doloroso que el título conmueve: “Nos han dado tan duro”, y el poema agobia, ahoga, remata, pero invita a resistir, a inventar, a no rendirse:

Nos acercamos al fondo porque ya no hay fondos. Nos vaciaron la nevera hasta que la vendimos. Nos han dado duro, con la dignidad no se juega. El niño con hambre no juega carritos. Ya no pienso en hijos ni futuro, el día a día se alza pero amanece cansado. Nos siguen metiendo el dedo en la llaga, sólo que no hay llaga, sólo hueso, un hueso flaco que raspan y machacan con el mismo discurso trancado. Aunque nos den duro, aunque todo alrededor sea un absurdo, aunque ya los discursos no valgan nada, elevemos la ternura como una bandera, para sobrevivir es necesario que el asombro niño nunca muera. Y las ganas de crear se abran como alas, porque aunque nos den duro, es necesario volar. Y volamos.

Queda un horario, los días de la semana. Una especie de diario donde la voz de quien habla intima, dialoga con ella misma, con un futuro lector, con otro cómplice, con el otro que sobrevive en este mapa arrugado y roto.

Alberto Hernández
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