“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes, de Francisco Massiani

lunes 8 de abril de 2019

“El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes”, de Francisco Massiani

1

Leo en primera persona a Pancho Massiani porque no hay otra manera de hacerlo, como si yo fuera Pancho escribiendo en mi primera persona. Y leo y ahora casi escribo en voz alta El Llanero Solitario tiene la cabeza pelada como un cepillo de dientes (Monte Ávila Editores, Caracas, 1975; Premio Literario Pro-Venezuela 1974, mención cuento) y regreso a 1975, yo chamo, y Pancho también, un poco mayor que yo, y entonces me vacilo el libro y sostengo la edad que ahora me exige el tiempo, ese calendario tan mandón, pero siempre en primera persona. En la mía y en la de Pancho.

No puedo escribir hoy de otra manera, sino como me sale por Pancho, como si fuera Massiani sin el golpe en la frente, aquel que soy y fui de 1,75 metros y flaco y sin canas y bebedor y jodedor. Y así soy, lector en primera y de primera persona mientras el “Pelón” del arco de fútbol me mira y no puedo hacer el gol que nunca pude meter porque el tipo me ve y Loco Viejo me regaña con el pito, con los ojos, con la lengua y la tiza, qué sé yo, y me tomo la cerveza en otro plano en el bar y mastico chicle en otro cuento, que a la larga es el mismo como todos los cuentos.

Comento —más bien repaso— este libro como si lo contara porque es un libro así, como de muchacho malcriado, retrechero, ese que escribe con soltura, irreverente, coloquial, inocente también, como hecho el pendejo.

 

2

Corcho y Kica están aquí, desde Piedra de mar respiran en todos lados. Aparecen como primeras personas y se juntan y se separan, y así. Y aunque usted no lo crea, lector viejo o primerizo, no envejecen. Nosotros sí, en primera persona y en las otras que quedan por allí para ser conjugadas con sus distintos verbos.

Bueno, pues, estoy con este Llanero Solitario sin Toro y sin el caballo Silver. Es un pelón, como lo imagina Juan Fresán en la portada, cabeza de pelota de fútbol, cabeza pelada como un cepillo de dientes porque en el cuento tiene los pelos parados, como cerdas. Y ese es el cuento, el de los fracasos, que son los buenos porque siempre sale algún éxito al final o a mitad del relato. Porque los fracasos son materia prima para escribir un cuento, como la infelicidad. De eso se trata.

 

Uno siente que se convierte en personaje ajeno, al que manejan y desmanejan, escriben y borran, hasta que uno queda en primera persona en un cuento de Pancho Massiani.

3

Más tarde, un poco más, en otro bar que pudo haber sido una avenida, Batú, un tipo confundido, un sujeto medio loco, fijado en la barra con nervios y un barco (Pancho siempre habla de barcos y hasta los coleccionaba, digo yo) que navega en la borrachera de un personaje y se queda en los dientes como un chicle. Y después, un poco después, “Las almitas” que salen de la guitarra. Un relato hermoso, como para niños, en los que conjuga la música con duendes, materializa los sonidos y hace que uno flote, vuele sin drogas, porque la droga es la prosa de Pancho. Que me diga algún crítico que esto no es una crónica, o que no es una crítica. Una cricrónica. O una crocrítica. Es que es imposible hacer la crítica porque el goce es superior a los esquemas. ¿No es así? Pues, así lo digo, “Ya no sería lo mismo”, porque el niño creció, pero no deja de serlo desde las contradicciones, los juegos verbales, las iluminaciones y las sombras propias de un muchacho que juega y piensa y hasta habla para atrás y para adelante, como si frenara un carro, como una metáfora de Raymond Chandler, digo yo. Porque en “Los conejos de la madrugada” mi primera persona es un bebé con biberón que habla desde su no hablar, desde su pensar de niño que piensa en la cuna y es mágico su mirar entre nubes y conejos. Un cuento breve para mentes largas. Un cuento sabroso con tetero y todo, entre el padre y la madre imaginados. Y el fastidio de las visitas, esas que le agarran el cachete al carajito y se lo estrujan y hasta le revisan la cuquita o el pajarito para ver de qué tamaño lo tienen, y siempre es esa primera persona que late como un corazón de colibrí. Bueno, es una historia que todos alguna vez vivimos porque fuimos sujetos de cunas y pañales.

Y después la soledad, entre “Alcoholes y pesadillas”. Una nota ficticia, autobiográfica, porque somos, en cualquier persona gramatical, sujetos inventados. A diario nos creamos, nos desintegramos, nos volvemos a armar y escribimos desde esas experiencias metafísicas, patafísicas y hasta materiales porque uno siente que se convierte en personaje ajeno, al que manejan y desmanejan, escriben y borran, hasta que uno queda en primera persona en un cuento de Pancho Massiani.

Todos estos cuentos (casi todos, corrijo) de este libro son de una primera persona que se hace plural en la medida en que se reconoce como singular. Vaya, es decir, casi todos estos cuentos son de jóvenes o chamos (en aquellos tiempos no existía esa palabra) que se vacilan la parte de la vida mientras le duran las hormonas. Pancho Massiani siempre escribió sobre el amor y hasta llegaba a arrepentirse de no amar tanto y hasta de burlarse, desde un personaje a otro personaje y después se disculpaba. Cosas de la ternura de un ser humano que se tomó todos los tragos del mundo y viajó y rumbeó y disfrutó y sufrió y escribió mucho y después, silenciosamente, se fue con sus conejos de la madrugada a otro lugar donde seguramente tiene un cuento reservado para carearlo con este Llanero Solitario a caballo triciclo que veo en la portada de su libro.

Alberto Hernández
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