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Bienmesabes, otras gastroficciones de Lena Yau

lunes 24 de junio de 2019
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Lena Yau
En este Bienmesabes Lena Yau extiende su conocimiento culinario/erótico, pero también sicológico. Fotografía: QuéLeer

“Bienmesabes”, de Lena Yau1

El lector pone la mesa y el narrador lee la comida. Podrían pensar que es al revés. Cada plato nos relata las aventuras de los comensales. Por esa razón, el narrador nos lee en tanto yantamos, comemos. El sabor transita por cada fragmento donde los personajes, los que se hartan, celebran o abandonan el comedor, hablan, recrean, mencionan las exquisiteces, se aburren, dejan de conocer la textura de la lengua amada luego de un beso o incitan con los mariscos a favorecer la eternidad o el final de una relación amorosa.

Somos —el plural podría ser mayestático o no— objeto de lectura, por ser lectores narrados por quien se vale de unos personajes para representarnos. Saborearnos. Metáforas o elipsis, hipérboles o tentaciones. Suculencias o “desabrideces”, que son pocas, descifran o traducen el fragor de ser parte de unas páginas.

Quienes entran y salen de estos cuentos de Lena Yau (Caracas, 1968), cuyo título nos traslada a viejos recuerdos, Bienmesabes, saben —sí, saben— que terminarán, como le ha pasado a este cronista, aspirando (vaya el gerundio con el bouquet del vino) a toparse con uno de los platos que los cocineros han elaborado para gusto de los invitados.

Hombres y mujeres. Olores, espaldas y vientres para el follar y demás virtudes teologales que andan entre cuento y cuento.

Leerse desde la estética del sabor, desde la gula que sostiene el aroma, desde estas gastroficciones que Lena Yau ha inventado para hacer de la mesa recurrencia humana.

Leernos desde ella, con ella.

Nuestra narradora, experta en asuntos del alma gastronómica, vuela, flota, cuenta alrededor de los distintos adornos o aliños que le propicia la buena cocina y le añade eventos, acciones, conductas, perplejidades con un aditamento sorpresivo: el humor negro, o el humor sinuoso como frecuencia para no olvidar el sabor de la comida, su tesitura, o el del cuerpo que ha sido macerado con besos, caricias o palabras.

Cada historia hace la ronda del aroma, de la sápida multiplicación de la pericia de un chef anónimo o conocido, bien sea para metaficcionar el ambiente o para hacer que la ficción nos ficcione o nos realice. Es decir, el lector es leído por el oficio de ser ente del placer gustativo, rodeado de avatares, experiencias con finales inesperados, guiños artísticos, perfiles sicológicos y juegos de abalorios en los que nuestra Lena Yau se luce con soltura.

 

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La mesa es polisémica, como el sexo.

 

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Hombres y mujeres. Olores, espaldas y vientres para el follar y demás virtudes teologales que andan entre cuento y cuento. El lujo, la elegancia y el desparpajo y, siempre, el yantar, el beber vino, cerveza, whisky o agua. Un residuo burgués que le da un toque paródico y travieso. Una poética en la que el lector advierte una cercanía entre el narrador que lo invita y los personajes que se imitan o repulsan. Este libro de Lena Yau, escrito en prosa, pero también con la osadía de versos largos en los que poesía coloquial y relato breve hacen incursión en una cierta majadería quijotesca, porque el humor y la burla ascienden y desciende para darle gusto y regusto a la lectura.

En este Bienmesabes la autora extiende su conocimiento culinario/erótico, pero también sicológico. Cada plato es una conducta. Una manera de insinuarse. O cada comportamiento con la forma de ser del sabor de la comida o del cuerpo deseado, cuando se alteran las hormonas: el amor, convidado o a escondidas, el cuerno y sus añadidos. Y las neuronas para compilar los tantos eventos de la piel y sus ganas.

Páginas escritas con la alegría propia de quien sabe degustar la vida, de quien suscita historias, aventuras públicas y privadas.

Los títulos van del español al inglés, del inglés al latín, y el juego de voces planea entre la Venezuela díscola y bochinchera y la España indolente en su acento pastoso. Un diccionario para escoger.

Los personajes, sus diferentes máscaras y olores, los agradables y los desagradables. Los impetuosos de la cebolla y el alarmante de las axilas, pero igual el vapor que emerge de los hornos y cocinas para despertar pasiones y locuras.

Páginas escritas con la alegría propia de quien sabe degustar la vida, de quien suscita historias, aventuras públicas y privadas: sus personajes atienden a la apertura, a esos remoquetes en los que la existencia no tiene freno. Que se respira para disfrutar o pasar malos momentos, pero con la convicción de que ante una buena mesa el mundo sigue siendo el mundo y la mesa una planicie de placeres.

 

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Cuatro partes conforman el cuerpo de este libro de relatos de Lena Yau: “Eros Poché”, “Jung Food”, “A la plancha vuelta y vuelta” y “Chupitos”, títulos sugerentes que dan pistas al lector/comensal que luego se convierte en narrador aventurero, toda vez que se trata de un libro donde la narradora se vale de experimentos, juegos, tentáculos para elaborar una atmósfera vigorizante y lúdica, en la que plasma la vida de personajes mundanos perseguidos por sus obsesiones. Personas que deliran por la abundancia con la misión de vivir a plenitud lo que la realidad o la ficción les ofrecen.

Nuestra autora es una permanente porfía: no se aleja de su temática al escribir. Siempre será maestra de sabores, catadora de historias, escanciadora de líquidos espirituosos con los que ella y sus personajes viajan por el mundo.

 

Un Bienmesabes tú. Un sabor a cuerpo venido de la cocina del deseo. Un merengue erótico que juega con el humor y la ironía.

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Si Lena conserva el título de este sabroso y suculento libro, seguiremos la ruta del merengue, del que se lleva a la boca y del que se baila. Diversos sabores y diversos pases de variada tentación, de gozosa degustación y de ronroneo en el oído de la pareja. Se trata —entonces— de un postre criollo, venezolano, que ya tiene textura y tesitura en otros ámbitos.

Una receta perfecta para leerla una vez que la mesa ha escrito sus menajes, sus diferentes platos.

Un Bienmesabes tú. Un sabor a cuerpo venido de la cocina del deseo. Un merengue erótico que juega con el humor y la ironía, con el vigor de las palabras y los más placenteros instantes para hacer del cuerpo y el espíritu la mejor comida, el mejor trago y el más cálido de los arrejuntamientos.

Alberto Hernández
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