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La ciudad de las palabras, de Alberto Manguel

lunes 14 de octubre de 2019
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“La ciudad de las palabras”, de Alberto Manguel
La ciudad de las palabras, de Alberto Manguel (Almadía, 2010). Disponible en Amazon

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Volver la mirada al misterio del pasado. Regresar a los mitos, a los personajes, pergaminos, papiros, piedras, legajos vegetales y encontrar que las palabras fueron las bases para la construcción de la realidad y así, desde ella, desde los relatos, el nacimiento de la ficción. Pero igual, el nacimiento de la realidad producto de la ficción. Realidad dentro de la realidad y ficción dentro de la ficción. Metarrealidad, metaficción. Metametaficción. Verdades y mentiras que se recrean: metamorfosis, cambios de piel. La historia, esa delicada intrusa que lo revisa todo mientras continúa encontrándose con sus mismos relatos revisados a la sombra del silencio, escondidos en cuevas, catedrales, barcos, iglesias y libros.

La palabra es el inicio de todo. Es el todo. Desde el paraíso revelado en libros hasta las ciudades intrincadas donde se pronuncian las palabras con distintos acentos. Las palabras, nudo que se desata y funda los diccionarios, los libros, las civilizaciones, la paz y la guerra, el sueño, las pesadillas, los viajes, el Averno, las aventuras de locos y santos, de extraviados y centrados, de ciegos y videntes, de enanos y gigantes, de bestias y seres humanos. Las palabras, el herraje en la conciencia del hombre.

 

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La lectura nos conduce por un paisaje variado: “La voz de Casandra”, “Los ladrillos de Babel”, “Las tablillas de Gilgamesh”, “Los libros de don Quijote” y “La pantalla de Hal”. Un compendio de sorpresas que Alberto Manguel le regala a los lectores desde las más antiguas palabras, desde los primeros sonidos donde el hombre se sujeta de ella para poder avanzar en el tiempo, para forjar cultura, para reconocerse en ellas y retornar al tiempo ido sin moverse del presente.

La ciudad de las palabras (Editorial Almadía, Estuario-Ensayo, México, 2010) es, como afirma el mismo Manguel, “más una serie de preguntas que una sola pregunta, más una serie de observaciones que un argumento —es la confesión de una perplejidad”.

Y, en efecto, los datos suministrados por el tiempo, por la historia, revelan ese carácter, el de la perplejidad, toda vez que nos hace encontrar con descubrimientos, con tesoros escondidos, con cuevas donde cabe la admiración y la alegría de haber entrado a ella y extraer tantos momentos, tanta información.

 

La Epopeya de Gilgamesh adquiere relevancia porque, según nuestro autor, “esta es la primera vez que aparece el recurso del ‘libro dentro del libro’ en la historia de la literatura”.

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Las palabras que construyen la realidad, pero sobre todo las que fabrican ficciones, esas son las que le ofrecen notoriedad real a las culturas antiguas que se han proyectado hasta el presente y hasta hoy deciden nuestros comportamiento. Personajes, paisajes, situaciones imaginadas, inventadas, que se han hecho costumbres, realidad por el uso que se les ha dado, por formar parte de la memoria, legado, herencia de historias lejanas que nos calcan el hoy desde el imaginario de sujetos que se han convertido en símbolos o representaciones.

“Soñar historias, contar historias, escribir historias, leer historias, son artes complementarias que otorgan palabras a nuestro sentido de la realidad y pueden servir para aprender a través de los otros, para transmitir la memoria, para educar o como advertencia” (p. 25). En este primer capítulo, Manguel no suelta como apoyo a Alfred Döblin.

Las palabras como bastimentos, como la vianda de todos los días, de toda la vida, desde las cuales elaboramos la imaginación de los otros, de los que leen y sueñan con ella.

En la segunda estación el autor se vale de Gilgamesh para develar la importancia de la ficción: “Hoy sabemos que las tablillas de Nínive, escritas en un dialecto acadio del segundo milenio antes de Cristo, contenían un largo poema escrito o revisado por un erudito sacerdote llamado Sin-leqi-unninni, quien probablemente cotejó varios textos acadios antiguos basados a su vez en originales sumerios” (p. 50). Desde esa información, pasando por otras, la Epopeya de Gilgamesh adquiere relevancia porque, según nuestro autor, “esta es la primera vez que aparece el recurso del ‘libro dentro del libro’ en la historia de la literatura. Aquí comienzan todas nuestras historias” (p. 50).

Más adelante, en “Los ladrillos de Babel”, Manguel destaca: “No es fortuito que las definiciones de individuo y de comunidad aparezcan como eje central de nuestros primeros relatos, ya que los relatos no son meramente el fruto de nuestra experiencia contada por medio del lenguaje. Son también fruto del lenguaje mismo y dependen de la lengua en que son narrados”. Igualmente, el autor habla de la conciencia ilustrada producto de la generación y conocimiento de estos relatos, desde los cuales se puede mentir, imaginar y crear.

 

A los occidentales les resulta difícil dejar a un lado la noción acumulativa de tiempo y aceptar que lo que se imagina y lo que se relata ocurre en un momento constante que es, a la vez, presente, pasado y futuro.

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Una anécdota canadiense, “Unuit de Northop Frye”, nos acerca al significado de las palabras y los hechos reales en esa cultura tan alejada de los centros urbanos: “No nos hemos perdido. Estamos aquí”. Es decir, el hecho de vivir perdidos de la llamada civilización no quiere decir que no tengan un lugar. Que no puedan ser visibles. Y, precisamente, son sus palabras las que lo hacen visibles, vivos, presentes, estar. Igual vale la pregunta citada sobre la “noción de lugar” por el mismo autor: “¿Dónde es aquí?” colide con “¿Quién soy?”. Ser o estar abrevian en las palabras la noción de existir a través de las mismas palabras, de la ficción, del relato, de las historias inventadas.

Manguel dice: “En el pensamiento occidental, lugar y tiempo, en cuanto propiedad privada, cambian de manos y de valor (…). La narrativa occidental exige de su público la creencia en una prehistoria y en un futuro más allá de la página o de la pantalla, un largo relato del que se ha desgajado la historia elegida” (p. 106).

Más adelante: “A los occidentales les resulta difícil dejar a un lado la noción acumulativa de tiempo y aceptar que lo que se imagina y lo que se relata ocurre en un momento constante que es, a la vez, presente, pasado y futuro. Para el unuit es el relato, no el tiempo, el que viaja” (p. 107).

En ese sentido, para esos pueblos, para el tiempo remoto que pensaba “la imaginación es un mecanismo de supervivencia” (p. 108).

 

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Hay países construidos sobre sus ficciones. España no habría podido existir como es sin Cervantes. Don Quijote de la Mancha define el carácter español. Dibuja la imagen de una nación que se multiplica en su unidad y en sus divisiones. España es varias naciones en una, pese a que vive en permanente conflicto cultural y político. La novela total de Cervantes es la novela de todas las palabras, de todas las “invenciones”, de todas las verdades, de todas las mentiras, de todas las ficciones, de todos los mundos humanos. Es la novela de todos los humanos y sus comportamientos. Y así es España, que no podría explicarse sin esa inmensa figura doble: el viejo soñador en Rocinante y el gordo Sancho sobre un borrico. Por eso en este libro también don Quijote forma parte del tema que hoy nos sucede, que hoy nos convoca.

Desde los libros plúmbeos, enterrados en Granada, donde se habla de secretos cristianos, hasta las alforjas del soñador de Castilla, las palabras han sido y seguirán siendo la base de esa nacionalidad, pase lo que pase en el futuro con su integridad territorial.

Entre las ficciones que se acomodan dentro de otra ficción está la que nos cuenta (ya era conocida) Manguel en su ensayo: “Este curioso libro (se refiere al de Cervantes) se presentaba, no como una obra original del autor cuyo nombre aparecía en la cubierta, sino como una traducción del árabe” (p. 149).

El mismo Miguel de Cervantes lo dice así: “Aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote”. El otro yo de Cervantes, Cide Hamete Benengeli, traza la imagen del doble, o de la dupla aventurera: Alonso Quijano y Sancho Panza. Esta fórmula aparece en muchas obras universales. Dos personajes que se contraponen, que confirman que el diálogo y las acciones, reales o inventadas, fundan una nacionalidad literaria. Una nacionalidad que crea países, culturas, etc. Así ha ocurrido con España, como ha pasado con la mayoría de las naciones que tienen padres fundadores en quienes usaban las palabras: poetas, novelistas, ensayistas. No se puede negar que Melville o Whitman han forjado parte de la conciencia norteamericana. Así como Montaigne o Balzac lo han hecho con Francia. Camões con Portugal. Borges con Argentina. Gallegos con Venezuela. Y así.

 

Este libro de Alberto Manguel nos revisa como cultura. Como lenguaje, como lengua y habla.

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En el ensayo “La pantalla de Hal”, Manguel dice: “La lengua presta su voz a los narradores que tratan de decirnos quiénes somos; la lengua construye con palabras nuestra realidad y la de aquellos que la habitan, dentro y fuera de las murallas; la lengua nos ofrece historias que mienten e historias que dicen la verdad” (p. 175). Y no se puede vivir sin ellas. Realidad y ficción se complementan. Una no puede vivir sin la otra.

Hal 9000 era el superordenador que Stanley Kubrick y Arthur C. Clark imaginaron para la película 2001, una odisea del espacio. Esta máquina desobedeció las órdenes humanas y se convirtió en una suerte de dictadora: ella misma se programó para desobedecer, y todo porque las palabras, todas las palabras, pueden ser ordenadas para crear discursos. Hal creó el suyo y acabó con la misión, así como hay obras que desmitifican o construyen o reconstruyen mitos, verdades o mentiras.

Este libro de Alberto Manguel nos revisa como cultura. Como lenguaje, como lengua y habla. Como forjadores de oraciones. Como creadores de ficciones. O como reveladores de verdades. Es un libro que fascina por la claridad y hondura en el tema que trata. Un libro para pensar con palabras y no para patear la mesa.

Alberto Hernández
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