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El país de las luciérnagas, de Luis Guillermo Franquiz

lunes 28 de octubre de 2019
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Luis Guillermo Franquiz
Catorce textos conforman El país de las luciérnagas, de Luis Guillermo Franquiz. Lecturas y ficciones que podrían instalarse en un diario o ser un diario ficcionado desde la otra realidad, la metarrealidad.

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Se escribe y deja que pase el vendaval. Se escribe y luego reposa los ojos en todos los nombres que han pasado por páginas, ensambles, calles, recuerdos. Se escribe y se rescribe. Y hasta es mejor releer que haber leído, porque a veces la memoria se trastoca, se va de viaje y nos deja con espacios huecos, laberintos de olvido. Luego nos da por empezar a identificar el lomo de los libros, que es como acariciar el lomo de un unicornio o el de un perro que siempre se ha amado.

El lector siempre será sonámbulo. Siempre será un secretario de su propia desmemoria. Busca, encuentra, se extravía, confirma el subrayado. Y se sienta. Enciende una bombilla y se olvida del sol. O se arrima a una ventana y mientras alaba las hojas de los árboles repasa las páginas y se envuelve en las que ahora tienen nervaduras, savia, palabras, anécdotas, nombres, personajes, acciones, silencios, deseos, oscuridad, luz o la nada, que es tan relevante como el todo, el absoluto.

Pero siempre releer y más en estos tiempos aciagos cuando los libros ya no están tan cerca, digo, las novedades.

Releer es volver a ser.

 

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Leo entonces este libro de Luis Guillermo Franquiz, joven guariqueño ahora instalado en Bogotá. Joven venezolano que lee, relee y se reencuentra con sus primeros relatos, con sus iniciales sobresaltos, alegrías o tristezas, porque leer es saberse personaje, tiempo, espacio, narrador, instante o eternidad.

El país de las luciérnagas (El Taller Blanco, colección Escolios; Bogotá, Colombia, 2019) lleva una entrada, un zaguán, un prólogo, del narrador también venezolano Fedosy Santaella, quien recibe este primer trabajo orgánico de Franquiz y lo celebra, cuestión que anima a seguir esta “relectura” que es nueva y será siempre novedosa.

Catorce textos conforman este volumen. Lecturas y ficciones que podrían instalarse en un diario o ser un diario ficcionado desde la otra realidad, la metarrealidad. La que va más allá de lo que vemos o sentimos. En todo caso, se trata de relecturas porque la ficción también nos lee permanentemente. La ficción no es más que una manera de ser: de estar en un estado fuera de un tiempo sensorial (real), lo que quiere decir que estamos en el lugar que queremos ser. La ficción es un estado de alucinación que muchas veces llevamos a nuestras lecturas para sentirnos reales, tan reales que no lo parecemos. O irreales para parecer reales. Pero claro, esto que digo es también un juego, una conjetura, una sinrazón quijotesca que me ayuda a aliviar la realidad de tanto quebranto.

Y aquí estamos instalados en estas hojas releídas de Luis Guillermo Franquiz.

Un encuentro con Kundera desde “El insoportable peso de la levedad”, título que el venezolano usa para —precisamente— decir de las relecturas, para hacerse de un estado y añadirse a las “visiones tangenciales” que todo texto contiene y que se recrea para que “el espacio en la novela funcione como un personaje más…”. Certeza que nos ubica en una reflexión. Por ejemplo, el país que vivió Kundera mientras escribía: el totalitarismo, la dictadura comunista, personaje que aún sigue latiendo en la memoria colectiva. El espacio invadido por la violencia, por un monstruo ideológico que hizo del país del novelista lugar para relatar, construir e imaginar desde la desesperanza o desde la “levedad del ser”.

Este tema se expande en “El trasfondo de la ficción”, donde Franquiz hace un estudio acerca de los personajes literarios, quienes —sin proponérselo— se convierten en nuestros lectores. Cada vez que el lector lee la vida del personaje, éste se hace nuestro lector.

En “La letra invertida” el autor estudia la literatura y la homosexualidad desde varios personajes de la historia y de la ficción o el mito. Se concentra en Aquiles y Patroclo como amantes.

El texto que le da nombre al libro representa una metáfora de la mirada. Franquiz no imagina, calca lo que ha visto o vivido y lo convierte en una representación.

En “Las páginas internas” habla del diario como un género literario, poco transitado por la crítica. Ahora, en estos tiempos de arrebatos, sale a flote como coyuntura para entregarse —en yo singular o mayestático— al ánimo del lector, quien lleva un diario sin escribirlo. La vida común es un diario sin alfabeto.

Alejandra Pizarnik forma parte de esta aventura, y el poeta valenciano Alejandro Oliveros enumera las características del diario: “…la sinceridad, la transcripción y la escogencia de fragmentos permanentes”.

La vida del creador, la del que escribe, su soledad, forma parte de “Las pasiones del intelecto”, y en “Los ojos azules pelo negro de Marguerite Duras” devela “la voz narradora, la melancolía, la nostalgia y el amor desconocido”. En “Páginas suicidas” el autor encara la depresión y la literatura. O la literatura en la depresión.

 

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Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, novela de Fedosy Santaella, hace que Franquiz se centre en el “realismo lúdico”, expresión de su autoría que hace juego con las destrezas del imaginario del narrador de Puerto Cabello.

Siguen otros textos como “Las maletas del espíritu de la Navidad”, “Mis domingos con El Nacional”, “Lector en una Venezuela en crisis” donde impera la crónica como acercamiento al sujeto que ahora es escritor. Una remembranza, un recorrido por épocas más tempranas de Franquiz.

El texto que le da nombre al libro representa una metáfora de la mirada. Franquiz no imagina, calca lo que ha visto o vivido y lo convierte en una representación, un retrato de la memoria. Hasta “Diferencias irreconciliables”, donde el oficio de escritor se hace presente con el ajustado uso del idioma y del lenguaje del cuerpo: sus deseos físicos y espirituales, sus personajes, reflexiones eróticas, encuentros y desencuentros desde el yo propio y el ajeno. La intimidad como estética.

Alberto Hernández
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