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El ojo de la orca, de Blanca Elena Pantin

lunes 9 de diciembre de 2019
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“El ojo de la orca”, de Blanca Elena Pantin
El ojo de la orca, de Blanca Elena Pantin (Eclepsidra, 1997), desde su primer poema ya dice de ese paisaje que cargamos a cuestas desde la ciudad que ella habita.

1

Estoy a la orilla de un libro. El mar me queda lejos, también las ballenas asesinas y la gigantesca blanca y arponeada de Melville. Me orillo en estas páginas y hablo con ellas desde la dura propuesta de sus versos. Y entro, mojado de intenciones. La marea de estos poemas me lleva a ser metáfora de una lectura, porque me traslado en significados diversos hasta arribar al muelle donde Blanca Elena Pantin ha escrito El ojo de la orca (Colección Vitrales de Alejandría, Grupo Editorial Eclepsidra, Caracas, 1997).

Siempre hay un país encallado o escorado en los versos. Enmascarado o a pleno rostro, se ve el mapa que se vive o se agoniza. Se ven sus costuras y sus distintos extremos. Y en este libro de Pantin, el primer poema ya dice de ese paisaje que cargamos a cuestas desde la ciudad que ella habita:

Conozco sus manchas, el verde de los hongos y el musgo / la hiedra de las casas / la peste negra.

Es el agua de la ciudad, de la inmensa ciudad que es arrastrada por la suciedad y por los malos hábitos.

Ella sigue:

Nada me es desconocido de esta ciudad / He sido testigo de crímenes / de estafas / de amores incipientes y confesiones / Yo he vivido allí el invierno / Sé del horror y la belleza de la ciudad de las aguas // Yo me contemplo: nada me puede ser ocultado.

Ella, la voz que habla, sabe bien de las arrugas de esa urbe donde ocurre el mundo y sus desmanes. Donde las palabras no sobran: forman parte de esa desmesurada precisión de unas calles que conducen siempre a bajíos, escondrijos, túneles, ahogos, ojos ocultos y un río que no es río y que muere mientras la ciudad lo mira.

Los poemas de este libro de Blanca Elena Pantin hacen un recorrido por algunos lugares donde da miedo meter el ojo. Donde ver daña, donde verse enferma. Donde respirar muere.

En el poema “Morgue” la ciudad es una ampolla, un tumor que se abre para fijar en nuestras pupilas el instante de los cuerpos abiertos, congelados, solitarios, mudos, alquilados a un refrigerador.

Que las neveras sean vistas como lo que son: / una grotesca exhibición de muerte (cabezas de cochino, / conejos degollados como gatos —o ratas—, muslos de pollo / pellejos colgantes y carne).

Esa metáfora nos congrega en nuestra propia muerte, la que vendrá, la que nos hace imaginar cuerpos vencidos, como sujetos a la venta del tiempo. Trasladar la imagen comercial al muy comercial status de la muerte, revela el verdadero rostro de esas aguas pútridas de la urbe, de la polis desmañada, consumidora de cadáveres, de embutidos, de muerte congelada.

De allí que la poeta nos siga ajustando cuentas:

nada saben / nada sabrán de dolores / ni dolor // Pobres infelices.

 

2

La ciudad es un evento múltiple. Se sacude el lomo cubierto de automóviles, edificios, caca de animales y de gente. La tierra es ciudad y espectros que la ambulan. Que la inventan en medio de la violencia y la miseria. Hombres y mujeres se desestiman. Ven la muerte a los ojos y sonríen o lloran sus desgracias sin saber por qué. Se desentienden del dolor ajeno y bailan. Como el gigantón, bufido de Goliat, que hoy danza sobre el dolor de un país donde el crimen también se mueve al son de una música macabra, salsa venenosa, bolero amputado, orquesta muerta.

Es un asalto, un crimen / Nadie grita así por nada.

Y las licorerías llenas de ofrendas, de santurrones que luego se quejan de un dolor de muelas o de que no les calzan las sandalias. Y el país sigue en el poema, se sacude las pulgas, casi grita:

Mis hijos miran hacia los lados / “Te voy a matar, maldito”, dice una mujer a un hombre. / Se golpean (es en el auto que nos pasa a la derecha)…

Y así la rutina del desenfreno, mientras la muerte o el dolor se cambian de ropa o de gafas para que la realidad sea menos real. O más real que la misma realidad.

 

3

Una metáfora, digamos que lo es porque se aproxima a lo que podría ser un homicidio. O la práctica de la crueldad desde el eco del verbo. El poema obedece a las intenciones de un personaje instalado fuera de él. la poeta, en este caso, lo traduce, lo pone a un lado del significado para darle fuerza al significante y, así, elaborar la metáfora de la maldad desde un hecho casero, gastronómico:

Se le retuerce el pescuezo / y desprende la cabeza / En agua hirviendo / se mete el cuerpo / Luego / se le sacan las plumas / y dividen las presas / Se machaca ajo con una piedra / y se le echa limón y una pizca de sal / Después se come.

Y el sabor traerá una sonrisa. Como la del verdugo, por ejemplo.

Si algo de Gottfried Benn nos encuentra, también Poe nos revisa. Y no es mucho menester para saberlo en ese pájaro oscuro, ese “black bird” que revolotea cerca de los ojos del cuentista norteamericano:

Todas las mañanas / un pequeño pájaro negro / viene a comer a la ventana (…) Es un extraño amor este que sentimos / Eso lo sabemos”.

Y si un pájaro es capaz de ser protagonista plural de una película, también un cetáceo confirma la osadía de la poeta que se adentra, como Jonás, en la vida trashumante de una orca:

Atraviesa sus océanos / navega por sus mares / y anda en sus islas / No temas a la profundidad de sus aguas / ni a la oscura órbita que los encierra / Acepta la piedad con que te absuelven / mírate en el ojo de la orca.

El símbolo nos prodiga muchos significados.

Un bestiario que regula nuestras ansias. El poema lo registra y lo trae a nuestra ciudad obligada a ser también el lomo de una bestia que hay que domar para poder montarla, y de alguna manera entender las “Rarezas del reino animal”, de las que el hombre forma parte: “…rara criatura, puede ser reducido por la serpiente”.

Y para despojarse de los males, una oración. Una oración para cerrar este libro, este capítulo para iluminarnos y mojarnos con “el agua de los cielos”.

Alberto Hernández

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