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Estructura/Venado en fuga, de Blanca Elena Pantin

lunes 13 de enero de 2020
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“Estructura/Venado en fuga”, de Blanca Elena Pantin
Estructura/Venado en fuga, de Blanca Elena Pantin (Dcir Ediciones, 2019). Diseño de portada: Annella Armas.

1

Esto es una estructura ventilada
aireada
amplia
con plaza
y entrada

Una estructura ordenada
un asta
unas gradas
colina de grama cortada
una estructura soleada
donde
hasta
la sombra es pulcra.

El lector, el que aguza la pupila y la posa en la imagen, se topará con un cuartel. Con el sitio donde se mueve el aparato militar. La descripción, idílica por el ornato, si se quiere, también podría conducirnos a un parque en el que no faltan el paraíso soñado, una bandera y hasta unos pájaros gozándose los árboles. Pero aquí los pájaros no cantan y la bandera ha sido ajada por el viento.

Es un cuartel, el cuartel que ahora es un país donde

Una palabra mía bastará para ungirte
y de mí depende tu condena
En consecuencia no hay
nada que discutir:
la Verdad es esta:
Acata.

Así comienza este diálogo de Blanca Elena Pantin con los lectores de estos días a través de su libro Estructura/Venado en fuga, publicado por Dcir Ediciones, en Caracas, el 11 de noviembre de 2019.

Esta es una aventura verbal en dos tonos. El primero atiende a la realidad de todos, a la que recorre las arterias de un país azotado por la miseria provocada por la bota militar, guiada por quien se ha posado sobre el nido del poder, con la evidente y dolorosa intención de arrasar con la civilidad nacional. Este primer paso de Pantin nos descubre un libro político, que como todo libro, en este caso, destaca la perversión, la represión, el crimen y demás pecados que han convertido a una nación en un campamento castrense, en un desierto donde respiran con dificultad sus habitantes: el tiempo y los sueños son pesadas horas, sangrientas pesadillas.

La confirmación de las líneas anteriores se resume en este breve texto de nuestra autora:

La realidad es la realidad de los vencedores
Nada de lo que ves
Es

Quien lee el texto sabrá concebir la metáfora: la realidad es una ilusión, una imagen que dibuja la realidad otra, la que se intenta ocultar con la neoverdad, con la dispersión, con la perversión, con la ideología.

 

2

El poema no se apacigua. Devela todo lo que ha opacado el poder. El uniforme ejecuta las órdenes de un sujeto que —asido a una distopía— baila, danza y grita contra todo un territorio donde sólo es posible la emergencia.

Toda la primera parte del libro es el país que hasta ahora no ha logrado deshacerse de la opresión. El poema mira, huele, toca, cuenta, como un juglar lo que sus ojos, olfato, cuerpo sienten.

El poema es un observador. Un ser que nos habita ya leído y recordado. No se puede olvidar el texto que nos ha mostrado el entorno invadido, agredido, impuesto.

Todo obedece
a su idea ordenada
delimita
una frontera demarcada
¿acaso deseas la suerte
del otro lado del este?

Se desahoga, vierte su fuera contra la

Locación perfecta:
No les faltará color, oh, sí, el color
tampoco las deidades, los altares
los cuarteles
la estridencia
¿o no son estridentes
los festivales
las fiestas
en nombre de
oh, sí
la poesía?

Deja, el poema, correr su crítica contra los que se abrazan y sonríen al lado del déspota. Deja, el poema, su estructura, su sonido, su dureza, una marca en el rostro de los que han hecho de sus versos un caudal de desechos.

Y esos que han hecho del poder una insignia están en la sangre, en las manos agarradas a unos barrotes. La realidad es demasiado arrogante —y con razón— como para emigrar hacia referentes más amables:

Los siniestros lo saben (son siniestros)
dicen Yare
Sabaneta
Uribana
y sentencian
siniestramente confinan
a los presos (comunes, políticos)
en Yare
Uribana
Sabaneta
De ahí no salen vivos, afirman
en sus sentencias de muerte.

 

3

La segunda parte de este libro mellizo, “Venado en fuga”, es el “lugar otro”, es la intimidad, la casa, el patio, el jardín, el país personal, el que se recoge con las manos y se vierte en los nombres que habitan bajo ese techo.

Aquí el lector advierte el edén de los Pantin en Paya. El poema —su poesía— se torna paz. Es la mirada detenida en la naturaleza de la familia, en los más sencillos instantes de la existencia. Podría ser una niña que atisba los más pequeños detalles que fundarán un universo.

Una luz titilante / cruza el marco de la ventana / verde, blanca / luz lámpara / Repliega sus alas / y descansa de su largo viaje, / la luciérnaga.

Poema iluminado, poesía: quien habla lo hace con toda la fuerza del cuerpo y el alma. Con la alegría de saberse dueña del aire que la habita. Incluso, en los momentos más tristes, la alegría se aposenta en el cadáver de unas ardillas que han sido sepultadas en el patio, “una junto a otra en el jardín, / al lado del árbol, protegidas / por las piedras, / las ardillas”.

Y mientras el verso discurre, el padre, de mirada verde o azul sobre las orquídeas, sobre las matas, bajo el cielo profundo de Turmero.

El título, tomado en préstamo, de una nota periodística de O Globo, desnuda la intención de quien se pasea por una fronda de palabras, de quien ve el celaje de las horas, de quien oye el disparo dirigido a la inocente bestia:

Un extraño titular
casi de crónica roja
en la prensa leído
“Venado en fuga”
¿A qué bosque huido
atento al más mínimo respiro
a la pólvora en el aire
tu salto en el descampado es el mío?

Hay un contraste: el campo, la paz rural, los pasos silenciosos de una liebre y la ciudad. En otro poema desentraña a Caracas. Sus avenidas, sus antiguos edificios, sus colores, el afán cotidiano.

El ojo, el pulso de la pupila no deja de leer cada espacio, los “Pequeños hábitos”: de nuevo una liebre, un árbol que podrían ser muchos, la mirada “desde la ventanilla de trenes o autos / no siempre reales”, y desde ese mirar “Un campo de trigo, y después de años, / en construcciones fantasmas convertido…”. La ciudad y sus transformaciones, cambios de ropaje. La ciudad piel, las tantas visitadas, entre “otros pequeños rituales —el del café, el de leer…”, y así, el canto de un gallo o el ladrido de un perro, una isla al fondo en el poema.

Y entonces entra la hermana, Yolanda. Dice: “Es un poema triste”, y se hace plural la oración. Y desde ese instante, el poema dedicado a Manuel y un viaje a Europa, que también tiene su cambio de pieles, los nombres de las ciudades, el aprendizaje pensado en Paya mientras suenan Córdoba, Granada, Madrid, Toledo y los pintores españoles que nunca faltan en los museos y terminan vivos en los poemas.

La niña que es, la que habla, la que es poema, escribe en 2018 una carta al Niño Jesús, un poco antes de entrar en el bosque donde está el venado, el que no se pudo fugar de las fotografías tomadas por Blanca Elena Pantin con el título “Lugar de exilio”, que podría servir para un próximo libro de poemas donde el venado siga siendo el protagonista.

Alberto Hernández

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