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Ruido de clavículas, de Jacqueline Goldberg

lunes 3 de febrero de 2020
“Ruido de clavículas”, de Jacqueline Goldberg
Ruido de clavículas (El Taller Blanco, 2019) reúne textos de doce libros de la venezolana Jacqueline Goldberg.

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En la contraportada de Verbos predadores, publicado por la editorial Equinoccio de la Universidad Simón Bolívar (2007), libro que recoge la poesía “completa” de Jacqueline Goldberg, Gina Saraceni escribe: “Obra que cuenta su genealogía y se arriesga a mostrar las continuidades, obsesiones, hallazgos, silencios, modulaciones, búsquedas que tejen la trama de su historia”. Con esos sustantivos se establece un acercamiento, pero que no dice del tema, de lo que obsesiona a Goldberg, porque la intención de la editora era fijar una poética atinente a la estructura de la obra, a la línea recta o curva de la creación cronológica que recoge el volumen.

Otro lado es —precisamente— la médula ósea de una poesía que canta desde el cuerpo, que se engrana desde los huesos y la carne de quien la escribe. Desde sus temblores, desde “los gritos acuclillados, / la índole curva de las exequias”, como lo dice en una “Poética” que inicia, precisamente, los Verbos predadores. Así, la genealogía que arriba se señala alude el tiempo y el espacio de la dolencia, de una poética del dolor, del cuerpo dolido, sufrido, del cuerpo circundado por una historia de quebrantos.

La enfermedad, la poesía como tal, continúa su curso en Ruido de clavículas hasta el cierre definitivo de alguna dolencia como metáfora.

Los huesos se mueven, suenan. Los huesos ambulan dentro del cuerpo. Sostienen los tejidos, la masa ambulante, la que como un planeta gira sobre sí mismo y se encarga de revelarse cuando la genética o la edad calculan que deben mostrar su naturaleza. Los huesos viajan dentro del cuerpo, por eso suenan, provocan pequeños terremotos (“¿óseomotos?”). Los huesos se confirman cuando el cuerpo se desplaza o cuando deja de hacerlo.

Nuestra autora recurre a su obra “completa” y reúne poemas en una selección que aparece ahora en Bogotá, Colombia, con el sello de El Taller Blanco, en la colección “Voz aislada”, y donde nos encontramos con poemas que, una vez más, impresionan al lector por la gran carga vital que expresa el dolor, la convalecencia de la voz que habla.

 

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Es una antología —como casi todo lo que arroja la voz de Goldberg— de la enfermedad, de los debilitamientos corporales, pero que muestran la fortaleza de ese cuerpo que se convierte, no sólo en una poética sino en una estética del alivio en quien lee las lastimaduras de ese eco constante. Se trata de un recuento de las patologías del cuerpo, de las pruebas hematológicas, de los temblores provocados por neuropatías, que revelan el exilio del silencio como constructo. El dolor habla, dice, expresa. No es queja. Es construcción.

En esta antología aparecen poemas de los libros Verbos predadores (2019), Aguardo la caída (2018), La salud (2002), Víspera (2000), Trastienda (1991), A fuerza de ciudad (1989), Las bellas catástrofes (2018), El cuarto de los temblores (2019), Perfil 20 (2017), Limones en almíbar (2014), Las horas claras (2013) y Postales negras (2011).

El orden cronológico no perturba el tema. La enfermedad, la poesía como tal, continúa su curso hasta el cierre definitivo de alguna dolencia como metáfora. Porque los achaques físicos contienen los significados que la ciencia, pero también la poesía, explican o asoman para que el sufriente pueda mentalizarlos o convertirlos en belleza. El caso de Jacqueline Goldberg nos hace parte de esa belleza: su vida prefigura encanto/hermosura a través de las palabras. Su dolor es compartido. Plural. El poema se duele en la poesía, pero con elegancia, con la elegancia del dolor como estética.

 

Vivimos en constante agonía. Es la herencia de ser cuerpos vivos, frágiles.

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La anatomía humana, tan propensa a la fragilidad, se traduce en viaje: el cuerpo se traslada por voluntad de su dueño. O puede estacionarse por esa misma voluntad. La crepitación de los huesos forma parte de esa travesía. El cuerpo es ruidoso, sonoro. También suele callar cuando su naturaleza lo previene. Los trastornos físicos se hacen palabras porque el cuerpo, la inteligencia que en él vive, reacciona: las palabras también son físicas cuando quien las pronuncia sabe que son huesos, tejidos, fluidos, etc. El cuerpo —su temporalidad— sabe también que sigue siendo en la medida en que los dolores están allí, en algún lugar, aunque el crepitar de los huesos, en este caso de las clavículas, no quiere decir que se trate de una patología: es un lenguaje. El cuerpo significa. La anatomía habla varios idiomas.

Dejo al lector algunos textos como muestra de esta excelente poesía:

Poética

…El poema crecerá en su propio perdón. / Dirá cruces, empeños, viajes. A ras de cierta juventud. // ¿Y el dolor? / ¿Habrá que recuperarlo para que el libro crezca en el libro? / ¿Para los tajos de la futura lágrima?

(de Verbos predadores)

 

Hemos sido tantas veces castigados

Hemos sido tantas veces castigados. / Por mirar hacia atrás, / por ventear en el vacío. // El miedo impide / permanecer junto a la cama detenida, / respirar un cuerpo que es deserción…

(de Autopsia)

 

El enfermo / será salvado de titubeos /condonado / como los imbéciles //nosotros / destinados a recaer en la vejez / comprenderemos amargados / la virtud y la belleza / conciliaremos inmunes el asco / el riesgo de seguir vivos

(de La salud)

 

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Vivimos en constante agonía. Es la herencia de ser cuerpos vivos, frágiles. Sonamos con el adentro de nuestra insistencia de continuar palpitando.

Alberto Hernández
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