XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Los títulos trucados y las carcajadas de Harry

lunes 9 de marzo de 2020
Harry Almela
Harry eran él, su poesía y sus carcajadas. Uno y múltiple.

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El clima en el vehículo que nos lleva a Coro es estrecho e incómodo. Viajamos Wilfredo Carrizales, Rosana Hernández Pasquier, Efrén Barazarte, Harry Almela y este servidor. En esa ocasión ocurrió el asomo. La idea sólo fueron dos o tres intentos, porque el pasaje fue pesado, inanimado y hasta áspero, por el calor y otras vicisitudes.

Ese viaje nos ayudó a saber que éramos capaces de no ser. O de ser lo que éramos apretados en un vehículo mientras el Gocho extraviaba las rutas del mapa nacional.

Otro día, rumbo a Mérida, vamos Jesús Amado Esparza (El Gocho), Inmaculada Dos Santos (Macu), Harry Almela y nuevamente este servidor. Ratos largos de silencio. Otros, las carcajadas de Harry y a veces esa impertinencia que deshacía cualquier chiste o revelaba otro chascarrillo en camino, con la acidez propia del personaje. Como andábamos en carro “propio” podíamos detenernos en cualquier lugar a comernos una chupeta de pollo en plena vía de Falcón a Carabobo, porque a Harry se le ocurría que era bueno comer pollo, muchas veces con la renuencia disimulada de Jesús, quien siempre carga la joda en la boca o en los ojos. Y Macu, quien lo respalda en silencio o con una risa muy portuguesa.

Y entonces, se nos aparecían dameros, crucigramas verbales, cartografías oníricas, orientaciones geográficas, brújulas dementes y esa suerte de surrealismo que no era recibido en serio, pero que practicábamos al alimón: cadáver exquisito oral que nos permitía la risa colectiva, protagonizada por la de Harry, que ya era conocida nacional e internacionalmente. Harry eran él, su poesía y sus carcajadas. Uno y múltiple. Y a veces sus rabietas que pasaban a ser burla nuestra, hasta que asomaba una sonrisa en su cara y soltaba otra carcajada mucho más sonora.

Ese viaje nos ayudó a saber que éramos capaces de no ser. O de ser lo que éramos apretados en un vehículo mientras el Gocho extraviaba las rutas del mapa nacional, lo que también provocaba la hilaridad e ilación de un estruendo anímico: risas para zurcir, pues.

En una de esas vueltas viajeras, de Mérida a Maracay, con paso obligado por la casa de Blanca Sánchez, madre de Harry, en la amada Mariara de nuestro amigo, se nos ocurrió otra barrabasada (o “barbarrisada” que no rizada), otro juego para pasar el tiempo, como para que el Gocho, nuestro diligente chofer, no se nos durmiera mientras bajábamos por el páramo andino o cruzábamos las interminables carreteras de Barinas. Y así nacieron los “títulos trucados”, una especie de mamadera de gallo con los nombres de los libros de amigos, conocidos o desconocidos de nuestra literatura: es decir, la de la casa y la universal, que es mucho decir y escupir. Sin alucinaciones personales o culturales. Todo en broma y con mucho afecto. Con la única intención de no fastidiarnos y oírnos reír.

 

No quiero trazar las letras de las onomatopeyas. Pero iban y venían con todas las vocales y una jota que se alargaba cada vez más.

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Sin darle más larguezas o larguras al asunto: nombrábamos el título de una novela, poemario, poema, canción, libro, etc., y lo parodiábamos en burla. Después precisábamos al autor, con todo el respeto, porque de lo que se trataba era de bromear. Y funcionaba como un taller mecánico donde armábamos las piezas con el nombre del narrador, poeta o escritor. La risa era tan contagiosa que nos hacía mencionar sin pérdida de tiempo el próximo título. Y así hasta que Harry se arrechaba por alguna porfía o yo hacía lo mismo para llevarle la contraria. Mientras tanto, el Gocho y Macu se reían.

Vuelvo a escribir: sin darle más larguezas al asunto. O larguras, que también suena bien:

Ejemplos:

Decíamos Rayuela y Harry inventaba: “Tachuela”.

Pantaleón y las visitadoras y alguno de nosotros gritaba “Pantalón y la camisa de Dora”. O “Las pantaletas o pataletas de la señora”.

No quiero trazar las letras de las onomatopeyas. Pero iban y venían con todas las vocales y una jota que se alargaba cada vez más.

Seguimos ahora en mayúsculas:

Doña Bárbara y al instante “Tosa con gárgara”.

La mano junto al muro, y una voz decía: “La siniestra en la pared”. O “Estamos en apuros”.

Pedro Páramo… Harry carcajeada: “Muertos tábanos”.

“Juan Rulfo”, y entonces, “¿Cuál pulpo?”.

La vida breve, y así, “María bebe” o “La silla duele”.

Cien años de soledad, la voz de Almela: “Un siglo de ausencia”.

Las lanzas coloradas, y yo: “La punta de la espada”. O “La panza habla”.

La ciudad de los techos rojos, y Harry o el Gocho: “El pueblo de tejas” o “La maldad de los piojos”.

Los caballos de la cólera, y entonces aparecían “Los burros de la arrechera”.

La peste, y la risa dejaba oír: “El catarro”, “La gripe criminal”. O “La fiebre”.

Puros hombres, y de pronto: “Los machos solitarios”.

Campeones, y se oía: “Porrones”.

El camino de El Dorado, y el apunte: “El minino desflorado”.

Pobre negro, y alguien decía: “Se jodió Pedro”.

El forastero, y casi al unísono: “Ese tipo no es de aquí”.

El extranjero, y decíamos: “El musiú”.

La fiesta del Chivo, y decía Harry o yo: “Las mechas del tipo”.

Mi padre el inmigrante, y Harry cantaba: “Mi poeta de Canoabo”. O “Mi padre tropical”.

Trópico absoluto, y recitábamos: “¡Qué sol más arrecho!”.

Memorias de Altagracia, y se oía: “El olvido de esta vaina”.

Mis putas tristes, y con el solo título del Gabo: “Mis tortas piches”.

El hacedor, y traducíamos: “El fabricante”. O “El hace hedor”.

El coronel no tiene quien le escriba, y sonaba: “El gallo que espera”. O “El cordel de la prima”.

Piedra de mar, y así: “Déjame en paz”.

El escritor y sus fantasmas, y reíamos con “El doctor tiene asma”.

Florentino y el diablo, y así: “Celestino está claro”.

Hasta el agotamiento. O hasta que bajábamos del carro en Mariara.

Queda que nuestros lectores mencionen los nombres de los autores. O jueguen con otros títulos.

Alberto Hernández
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