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La nación de los platos rotos, de Gianni Mastrangioli Salazar

lunes 16 de marzo de 2020
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“La nación de los platos rotos”, de Gianni Mastrangioli Salazar

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Todo comienza con la creencia de que el país, el de todos los días que nunca llega a ninguna parte, iba a mejorar con el arribo de Chávez al poder. Cosas de la abuela, de la ingenuidad, de la inocencia de quien —vieja fábula patriota— cree que una “gorra” iba a sacar a Venezuela del espasmo democrático. Desde que se nombra a Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar pasando por el Cabito, Gómez, López Contreras, Medina, hasta los milicos de estas horas, el país soñó con unas charreteras.

Y llegaron, pues.

Y así, apostados en esa creencia nos encontramos con este duro episodio de unos militares que deciden desde sus poltronas y cuarteles lo que debemos hacer los ciudadanos, los que andamos de calle en calle, de acera en acera, buscándole explicaciones al asunto o intentando encontrarle la quinta pata al gato.

Por supuesto que no vamos a hacer humor desde esta lectura. Sólo que en eso andamos aún, haciendo gárgaras con la historia. Y digo esto desde la afirmación callejera de que “con Chávez y hambre me resteo”. Y llegó el hambre y mandó a parar. Ahora, desde la desnutrición, desde los ojos idos y la tristeza galopante, Venezuela se ha resteado con esa afirmación rotunda.

Excepto que Chávez ya no está, aunque salta en el vacío de quienes aún creen en pajaritos preñados.

El libro de nuestro autor toca llagas, toca las cicatrices que tuvieron como pasado heridas que para muchos no se podrán cerrar fácilmente.

Y por eso no ha quedado vajilla sana.

Desde esa perspectiva, desde ese paisaje, aparece publicado el libro La nación de los platos rotos, original de Gianni Mastrangioli Salazar, editado por El Taller Blanco, Colección Escolios, en Bogotá, Colombia, 2019.

Precedido de unas páginas firmadas por Golcar Rojas, donde despliega la biografía del autor, el país aparece en un inventario cuya dimensión no termina de abarcarse. Mastrangioli escribe sin rebuscamientos, con una redacción limpia, una prosa inteligente puesto que se vale de la ironía ácida de quien vivió en un país que aún no termina de amontonar los pedazos en que ha sido convertido.

Ahora, radicado en Edimburgo, el libro de nuestro autor toca llagas, toca las cicatrices que tuvieron como pasado heridas que para muchos no se podrán cerrar fácilmente.

La metáfora de la caída y fractura de los platos se ajusta a los arañazos o lesiones que los vidrios han provocado a los venezolanos, tanto a los que aún vivimos en el país como a los que lejos ven el borroso mapa de su geografía.

 

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Una introducción o advertencia, encerradas entre dos signos de interrogación, ponen al lector a dudar. Lo llevan a leer el texto donde comienza a verse el país desde la casa, desde un desayuno, desde las palabras de la abuela. Y desde el momento, cuando escribe “Estéril por obligación”, texto/relato/crónica, donde el narrador nos cuenta su experiencia como fallido donador de esperma en Londres, por el rechazo de su semen por ser venezolano. O mejor, la política amable de que no puede donar su heredad porque es indeseable como otros del mundo. Un saltico atrás: “El día que te vas de Venezuela”, la épica, el viaje, el brinco sobre las líneas del piso de Maiquetía, la recreación de Cruz-Diez: la familia, la despedida, los últimos sorbos de café, los huevos revueltos y la arepa. Todo queda atrás, el sabor y los olores de la tierra nativa.

Cuando me fui de Venezuela el trayecto hacia el aeropuerto se extendió desde la Cota Mil hasta La Guaira. Pero cada quien tiene su trayecto personal. Cada quien agarra por la autopista que mejor le parece.

Y aparece, o se gradúa, “El limpiador de pocetas”, que no es metáfora. Forma parte de la rutina de muchos y también de la intrusión perversa de quien se dice presidente de un país. Salir de la universidad, dar clases en las mismas aulas donde te graduaste y luego entrar a un baño con los utensilios para limpiarlo. Esa es la imagen. El 4 de abril de 2018 Maduro lo dijo con un insulto, que se le devuelve a diario porque el país que desgobierna apesta por la promoción diaria de la corrupción y los crímenes que él y su gente cometen. En los días de diciembre de 2019, su mensaje navideño también se afincó en el mismo salivazo verbal.

 

3

“Señora, nada es seguro en este país”, reseña diaria que sale de la boca de venezolanos o extranjeros que suelen andar con un ojo en la nuca.

El asalto sufrido por “Octavio” dio pie para que éste se fuera del país. La falta de interés de la GNB en el Hospital Vargas frente a emergencias de pacientes. Los médicos egresados de la UCV amenazados por militares y malandros. La suma de tantos abusos y crímenes empuja a los venezolanos a dejar la tierra natal.

Ya el éxodo nacional forma parte de nuestro diccionario de pesares.

Caracas la amada. Caracas la odiada. Caracas, la que fue una vez de techos rojos y luego de altos edificios que la mostraban como una metrópolis, ahora en manos de asesinos, delincuentes, mafias.

Y para darle rienda a la memoria, aquel “Águila no caza moscas” que Chávez le soltó a María Corona Machado en el hemiciclo de la Asamblea Nacional. Los arrestos de María Corina pusieron en su sitio al bocón que luego lanzó la vieja expresión latina como propia. Eso fue en 2012, y aún las moscas pululan sobre la angustiada águila que no encuentra qué hacer.

En este caso, la mosca atraganta al que ha lanzado la amenaza. La metáfora se sigue perfeccionando.

En un vuelo comercial donde había más chinos que cielo, la presencia privilegiada en primera clase de un grupo de chavistas, mientras el único venezolano que viajaba en segunda o tercera clase se sentía como cucaracha en gallinero. De esta manera, “El chavismo agorafóbico”, el que siente que el disimulo es ahora estilo para esconder la ansiedad que provoca el abuso, destaca como crónica en la que nuestro autor no pierde el tiempo para hacer de la ironía práctica jocunda, desenfadada e irreverente. Como debe ser.

Siguen más notas: “Buenos días, Caracas”, el país soportado desde sus entrañas; “Pupitres de pavimento”, los presos, los detenidos, los torturados: Javier Cedeño, personaje que aplica en esta reseña donde queda descrita la maldad militar. “Celina”: “El país, una correlación de desdichas” que se muestra a través de un personaje; “Mi diario que huele a cárcel”: la memoria, los recuerdos centrados en una serie de TV que de ficción pasa a ser este presente: Estefanía, la telenovela. Y en el ahora, el acoso a un fotógrafo, como sucede contra diputados y periodistas desaparecidos, enterrados en “tumbas”, en las ergástulas de la revolución.

El 25 de enero de 2019, Gianni decidió dejar el país. Se instaló en Edimburgo y comenzó a ser “gente otra vez”. Relata aquí su experiencia como venezolano en un país extraño, donde se es sólo eso, un extraño que ha comenzado a ser libre, a sentirse humano de nuevo; “Militares”: en 1992, cuando Chávez se alzó y mató a un numeroso grupo de trabajadores de VTV, también murió con un tiro en la nuca el periodista Edgar González. El llamado “chavismo de insignia” comenzó a cometer los crímenes que hoy son celebrados por quienes ostentan uniforme y poder; “Venezuela y la Bienal de Arte de Venecia”. Un pabellón que no existe. Unos artistas que no están. Y el juego de palabras: un pabellón “sin tajadas”; “Venezuela, un país sin chupones”, para contar la tragedia de los niños venezolanos. Cierra Gianni con un epílogo sobre la ciudad de Caracas. Caracas la horrible. Caracas la maltratada. Caracas la amada. Caracas la odiada. Caracas, la que fue una vez de techos rojos y luego de altos edificios que la mostraban como una metrópolis, ahora en manos de asesinos, delincuentes, mafias.

Caracas la sombría.

Este libro se lee desde adentro, desde las vísceras, pero con una leve sonrisa en la cara.

Ya llegará el día de recoger los pedazos de esos platos rotos.

Alberto Hernández
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