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El sol de la ceguera, de Kira Kariakin

lunes 6 de abril de 2020
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“El sol de la ceguera”, de Kira Kariakin

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El sol es ciego. Mirarlo significa tratar de encontrar en su luz el mensaje que los ojos no pueden recibir. Nuestro sol, sobre todo, es absolutamente ciego y nos ciega. Vemos tanto paisaje como el que, por ejemplo, Reverón nos legó: nos ciega la belleza de los colores del pintor de Macuto. Nos ciega la belleza, pero de otro lado, mientras tratamos de ver ese blanco del artista, nos adentramos en la luz que nos recrea, la que nos asoma al mundo, al trópico total que nos consume en plena calle, asomados en una ventana, a punto de salir y deslumbrarnos, cegarnos. Igual pasa con la memoria, con los recuerdos, cegados por la luz trascendente de lo que no olvidamos. Y esa regresión, la que nos convida a ser menos tiempo, es opaca muchas veces por la luz que contienen los sueños, los rasgos del tiempo pasado. Pero llega el instante del zumbido visual, una suerte de glaucoma, y la ceguera es ese fuego frente a nosotros. Despertamos con el sol y con la luz prestada de la luna nos acostamos. Y cerramos los ojos para que la ceguera sea interior: los sueños dejan de ser cuando el día se abre con el único ojo que alumbra la tierra y somete nuestra pupila a ser parte, una vez más, de la ventana.

Gracias a la ceguera del sol, podemos ver. Se trata de un ver imaginado. En realidad nos ve el afuera. El paisaje nos inventa. La luz es una ilusión para que descubramos las cosas y creamos que ellas nos representan. Cada representación tiene en la luz un remedo: los espejos han sido vertidos desde el agua. Por eso el agua se hace luz y también nos ciega, nos deslumbra.

Mucho más allá de la luz, de la que hace realidad el mundo, están los sentimientos, un invento de los sentidos. El amor es una creación de la luz y las sombras. El amor es el reporte de un sentido que se hace lo que usamos a diario con el cuerpo, pero a ciegas. Amamos a ciegas. Vivimos a ciegas, tropezando con las cosas que la luz nos puso en el camino. Y la mayoría de las veces intentamos evadirlas y lo logramos, hasta que la luz, hecha sombra, nos lleva a ver el verdadero sentido de los sentimientos.

De los sentidos se desprenden los signos de la creación. La poesía, nuestro caso, es contradictoria, a veces tan ciega que embellece el instante de la lectura. Toda creación es producto de una luz muy intensa que nos disminuye hasta hacernos la sombra que nos guía.

¿Qué es El sol de la ceguera? ¿Qué nos dice? ¿Qué nos quiere decir?

 

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Este poemario de Kira Kariakin define el sol de todos los días. Los temas que abarca son tan visibles como la ceguera que determina el sol, que nos obliga a ser la estrella ardiente que proyecta nuestras sombras. Publicado por Oscar Todtmann Editores (Caracas, 2019), las primeras palabras se abren, precisamente, bajo la brillante anatomía de la ciudad. La luz, la justificación para adentrarse en la urbe, en las personas que levitan en ella, en la familia, en las bestias que la sobrevuelan, en la infancia compartida con todos los detalles que ésta también recrea: en la casa, en los rencores, perdones, en todos los sentimientos acumulados.

La ceguera que permite verlo todo. Y allá, para trazarlo con palabras, ese cíclope, ese monovidente que suele llevarnos con su clima, con sus sombras hacia la más estricta revelación: ser ciegos porque el sol nos hace ver desde la misma ceguera.

La cotidianidad no está exenta de ser parte de estos versos. Quien los elabora sabe que hay un punto oscuro donde la poesía anida hasta romper la sombra y salir a mirarse en la incapacidad de quienes desean descubrirla. Toda teoría poética choca con la realidad, contra la realidad. La poesía nació oscura y se fue haciendo luz en la medida de su ceguera. Así con la vida íntima, personal, de quien la escribe, de quien la lee, de quien traza su vida como un dibujo, como la multiplicación de los colores que inventan los conceptos: toda representación precisa de un argumento.

Mirar, ver: la poesía ciega como el sol. Por eso no es recomendable explicarla ni tratar de entenderla. Ella está allí, oculta en medio de la luz de ese sol imaginario o real que escoge las horas para cegarnos.

Mirar o ver es una forma de ceguera. Desde la poesía se suscitan muchas preguntas, muchas dudas. Y como tales dudas, la sombra que irrumpe y propicia la belleza. Lo oculto, el misterio o la sencillez de las cosas que creemos ver. O sentir, que es en este libro rostro o imagen del día y de la noche.

 

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Alguien en el pasado se hizo de la voz de la poeta:

Encontré una ciudad de nombre extraño; / cruzada por líneas de tren en desuso. / Vi gente del siglo diecinueve que desaparecía. / Me topé con zapatos abandonados / en los caminos de las afueras. // Vagué esos vestigios, / mientras una brisa los borraba con arena. / La ciudad se hizo recuerdo.

¿Qué yo habla en estos versos? ¿Uno que ya no está? ¿Uno que sigue vivo y es capaz de describir ese recuerdo?

El yo que narra, que describe, anda desolado. Anda bajo el sol. Anda solo. Anda. Es una percepción que conduce a buscar la altura y admitir que el cielo ciega, que el cielo habla con sus distintos signos:

Contenida en ese vuelo de zamuros / nado en la espiral negra / de los vientos… // desde lo alto veo florecillas blancas / resplandecientes en medio del monte… // las guacharacas // …la casa mira hacia arriba (…) la caída.

 

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Y antes o después los primeros años (el tiempo también ciega), la infancia, los juegos, la canción que distrae a quien lee desde la ceguera o desde la nitidez del mundo. El mes de abril que lo recoge todo: el festejo, la tragedia, los años cumplidos, los años por cumplir, la vida y la muerte. La casa habitada por afectos y paisajes. La familia. Y el vacío.

Busco levedad / para la herida // la densidad de la marca // adhesiva y perenne / se abrirá ante la lluvia memorial / el centro perentorio // quisiera desprenderla // dejarla a flote.

Y por eso,

Soy lenta y atmosférica.

 

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No en vano Kira Kariakin invocó a Cecilia Ortiz: “El amanecer / flor quemante en la ventana”. También a Ricardo Reis: “el sol que canto ha de acabar de noche”.

La luz que emerge del afuera. La noche que se deshace del sol. Luz y sombra en los sentidos. En el sueño. Y verse envuelta en la misma ciudad por el desencanto:

…Cuando regresé vi a una ciudad de guerra…

Decir “palabras carniceras”, y sentirse invadida por un animal, un virus, un monstruo mínimo, ciego e invisible:

Llevo un parásito dentro / abarca todo mi cuerpo / domina el destino que siguen mis pies (…) es el país que me habita,

Y de inmediato, bajo el sol, la geografía, la tentación de nombrar el lugar que escuece, el sitio que nos ciega con su sol, con ese sol simbólico y acuciante:

Al despertar pensé en la muerte (…) La muerte es una respiración diaria / en este país.

Y por tanta ceguera, por tanta sombra de luz, “no puede haber perdón”.

El país, el mapa real o el que se imagina, castigados, el país ciego o demasiado vidente, el que se dice abierto en sus fronteras, el casi perdido bajo el disco inclemente del sol, ese que “la noche carga (…) en sus resabios / y no tiene nombre (…)” donde “la herida late” ante los “milagros inútiles”.

 

6

La lectura dice: “El sol sale rojo / y rojo es el total de la noche / que no mengua”.

Mirar el sol de frente ciega. Ese ojo agresor que nos detalla desde arriba excede los límites. Borra a quien lo describe y lo memoriza.

El poema sabe que la luz también sabe mirar.

Alberto Hernández
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