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La minificción ya no es lo que era, de Violeta Rojo

lunes 4 de mayo de 2020
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Violeta Rojo
Violeta Rojo duda del origen o de lo que era la minificción, como dudamos del origen del hombre.
“La minificción ya no es lo que era”, de Violeta Rojo
La minificción ya no es lo que era, de Violeta Rojo (El Taller Blanco, 2020). Disponible en la web de la editorial
“…la duda… que es metódica”.
Albert Camus

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En el título de este escrito de Violeta Rojo está el asunto, el problema a leer, a estudiar, a entrarle de puntillas para luego salir, igual, de puntillas. Es el verbo ser conjugado en dos tiempos que aluden a un tema, a un solo tema que preocupa a la autora porque la somete a la duda. A un tipo de certidumbre, al “no-creer”, podría ser, que se tuvo razón o se miró con cierta opacidad o falta de profundidad o de más búsquedas acerca de un género (para algunos otra duda) que se ha convertido en el plato de muchos comensales. Es decir, en una certeza.

En La minificción ya no es lo que era, Violeta Rojo duda. Y duda porque indaga. E indaga para saberse con más dudas, lo cual es el propósito de toda curiosidad intelectual. Ella, como inteligencia que anda por ahí entre páginas, letras, sombras, luces, senderos pedregosos, referencias, aciertos, yerros, temores, sabe que debe dudar para poder tener la certeza, no sólo de que duda, sino de que su duda es fuente de aprendizaje, de más dudas, toda vez que quien no duda no aprende.

Estos ensayos críticos de nuestra siempre porfiada investigadora de la larga tradición de la cual provienen autores inclinados hacia lo breve, de manera intencional, o de aquellos de cuyas vísceras se pueden extraer migajas de historias que sirven para organizar el universo, nos mantiene en la orilla del precipicio, porque nos regala sus dudas y nos lleva a seguir el curso de su trabajo como detective público o privado de este género que hoy es una de las fuerzas literarias más relevantes para quienes andan o andamos cabalgando letras que ocupen poco espacio pero que sean capaces de reconstruir el cosmos desde una semilla.

Es decir, para Rojo, la minificción “ya no es”. Ese ya implica tiempo, un tiempo. Quiere decir que fue. Pero “era”. La perogrullada de quien esto escribe podría conducir a pensar que la duda es parte, precisamente, de la minificción. ¿Quién no puede dudar de lo poco que se ve? El microscopio de nuestra porfía indica que debe haber o existir un nacimiento. Y todo lo pequeño, lo diminuto, somete al testigo a mover la cabeza dubitativamente. ¿Quién no duda frente a un virus, frente a una tos sospechosa, ante una palabra con significados múltiples? ¿Quién no duda del alma, invisible y de tamaño desconocido?

Violeta Rojo duda del origen o de lo que era la minificción, como dudamos del origen del hombre. O de lo que él representa hoy frente al mundo y su naturaleza. ¿Venimos del Edén divino o somos producto de una evolución? ¿Qué ojo fue el primero que vio nuestro cuerpo: el ojo de Dios o el ojo inquieto de una célula? La primera palabra, el génesis de nuestra estructura molecular, de nuestro pequeño mundo interior. Es decir, ¿éramos, somos, hemos dejado de ser, seremos, qué seremos? Esta pregunta podría ajustarse a la preocupación de nuestra investigadora acerca de esta manera de abordar el mundo: desde lo micro, desde la poquedad de las palabras, desde la fuerza de lo mínimo.

Una vacuola podría servir para develar el comienzo de todo. Podría decirnos dónde está el ombligo del primer relato, cuento, oración o frase que nos diga de un hallazgo indicativo de que la minificción no nació con ese primer sujeto calificado humano.

 

¿Con cuánto aliento contaba el primer bocado verbal? ¿Qué era lo que ahora no es y podría seguir siendo?

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Pero la duda precisa de otra mirada. Si se afirma que la minificción “ya no es”, es porque antes se creía que era, lo que quiere decir que al poner en tela de juicio la misma afirmación, se puede creer que sigue siendo y que será en ese seguir siendo. Digo, la minificción evoluciona, sale del huevo, del tubo de ensayo. Aún in vitro se comporta como algo que forma parte de nuestro propio crecimiento. Y aquí nos topamos con otro rollo: crece la minificción en duda, lo cual nos somete como paradoja a expresar que seguirá siendo menuda, pequeña, mínima, micro, mini, etc., para hacer de nosotros sujetos de grandes relaciones, preocupaciones. Preciso desde la duda: de lo más pequeño a lo más grande, porque el pensamiento que produce esa duda lleva a quien se somete a investigar a ser, igualmente, ente propiciador de lo que ya no es. Y Violeta Rojo lo ha expresado con claridad: cree otra cosa, o al menos se inclina por seguir investigando para que la minificción, que ella creía era, sea lo que realmente es. Y así.

Es un alivio que exista la duda. Y aquí, en este trabajo de la insistente profesora Violeta Rojo, está la excelencia de su postura.

¿De qué tamaño era el huevo que nos contenía? ¿Con cuánto aliento contaba el primer bocado verbal? ¿Qué era lo que ahora no es y podría seguir siendo?

 

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La condición metamórfica, mutante, del relato breve o brevísimo. Su juego paradójico, su ánimo referencial, su cuerpo cambiante de camaleón, propende a una búsqueda ontológica. Quien lee un relato corto sabe que no tiene salida, que la única que lo puede sacar del laberinto es seguir imaginando la continuación del relato. O del corte definitivo con él. De lo contrario será marcado por la afirmación o la negación. Si no duda, pierde, aunque algunos renegados quieran darle un carácter definitivo tanto al texto leído como a su origen histórico.

(Me permito una digresión: Leer “de atrás pa’lante” es como comenzar a matar un gusano por la cola y esperar que su mínima cabeza deje de pensar).

 

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Este libro de Rojo, rico en referencias, transmite la inteligente contradicción que la historia de la literatura nos ofrece como característica propia: nunca termina de ser, nunca deja de nacer, nunca deja de ser comienzo o fin. Es decir, la minificción es dueña de una riquísima historia que aún amerita estudiar. Y como todo, como en medicina, por ejemplo, el cuerpo es un misterio y sus enfermedades el aviso o la provocación para descubrir las distintas patologías de sus órganos.

Violeta Rojo nos brinda este índice:

  • Si es que alguna vez fue.
  • La tradición de lo novísimo: libros de sentido común, libros de almohada, cajones de sastre y blogs de minificción.
  • Breve e incompleto acercamiento a una posible historia de la minificción.
  • De cuestiones, noticias y varias cosas de las minificciones del fraile Navarrete.
  • En el principio fue el caos: Borges y Bioy creadores de la minificción.
  • La minificción ya no es lo que era: una aproximación a la literatura brevísima.

 

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Rica en preguntas, se crece en respuestas. No obstante, la investigadora sigue dudando. El gerundio es una derivación verbal en constante movimiento. Y así es la minificción: arena movediza de donde se desprende otra vez la duda de si es un género o un subgénero. Y así, el largo continuo, el gerundio irreverente y porfiado revela una inclinación proteica.

Nos habla Rojo de los pioneros de este lado del mundo, que son muchos, que son tantos que no caben en un relato breve. Así, Rubén Darío, Julio Torri, Lugones y Arreola… Monterroso, Borges, Cortázar, por hablar de los del patio idiomático que nos compete y pertenece.

A juicio de algunos críticos y de la misma autora Violeta Rojo se trata de una literatura inquieta, hiperquinética, que toca “fronteras móviles”.

“Ojalá fuera tan fácil”, afirma Violeta Rojo, pero insiste.

Voltea la cara hacia el pasado remoto y nos informa: las misceláneas griegas y romanas, los makura no soshi (libros de la almohada) japoneses del año 1000. El género zuihitsu (textos cortos…), los commonplace book medievales y renacentistas ingleses… y luego (al revés y al derecho, aunque hacia el presente): los Pequeños poemas de Baudelaire, escritos en prosa, quien según Lagmanovich fueron primeros, así como según Tomassini los fueron Bierce, Hawthorne y sus Cuadernos… y también muchos más que andan por allí de página en página, de memoria en memoria o borrados por el olvido.

Perfila al fraile Navarrete, quien también forma parte del equipo de pioneros, fundadores de esta manera de encontrarse con el mundo.

A juicio de algunos críticos y de la misma autora Violeta Rojo se trata de una literatura inquieta, hiperquinética, que toca “fronteras móviles”, que muta, cambia de traje y lo toma prestado de otras escrituras. Se alimenta con “pedazos de otros géneros”, como si se tratara del “hombre” del doctor Frankenstein, y de allí su carácter de parricida metafórico.

Se podría seguir hablando acerca de este título de la caraqueña Violeta Rojo. Es un texto que enriquece la curiosidad, la de quienes estén interesados en abundar acerca de la historia de este género, que sí lo es, aunque podría ser otra cosa, un murciélago con lentes, por ejemplo.

Editado por El Taller Blanco, en Bogotá, en 2020, este aporte seguirá produciendo ideas acerca de esta sabrosa, inquietante y reveladora aventura que tiene más nombres o apelativos, motes o alias que un personaje de novela negra.

En medio de todo, en el todo de lo más breve, no se descarta a Descartes cuando dice en “Sobre la sexta meditación”, 2º, “Ni por una repugnancia evidente entre el pensamiento y la extensión”:

44: No habéis probado que en sí misma repugna la extensión al pensamiento ni éste a la extensión, y esto era lo que se necesitaba demostrar.
(“Dubitatio” tertia: Instancia, núm. IX).

Si existe alguna coincidencia, sería bueno contar con otra duda.

La duda es conocimiento.

No obstante, existe la certidumbre: “ya no es lo que era” la hace otra.

Duda y certeza son métodos.

Alberto Hernández
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