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Península de niebla, de Ernesto Román Orozco

lunes 1 de junio de 2020
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“Península de niebla”, de Ernesto Román Orozco

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Este libro avanza a través de la aérea densidad del día o de la noche y es traducido por Bernard Nöel y Giuseppe Ungaretti. Dos declaraciones poéticas de los mencionados dan pie para que Ernesto Román Orozco sea envuelto por la opacidad de un trozo de tierra que entra en el mar y allí conquista el eco celestial, la luz cegada de las estrellas que se cuelan hasta la tierra y promueven en el poeta tachirense la apuesta de saberse en la sombra y los colores de la naturaleza y de la mirada casi ciega de los dioses que, si bien no están presentes en estas páginas, suelen inmiscuirse silenciosamente como parte del cosmos.

Nöel y Ungaretti son invitados por el autor venezolano, por sus destrezas para imaginar y recrear otros inventos:

“El espacio está preñado / por la niebla del tiempo”, dice el primero.

Por su parte, el italiano nacido en Egipto canta: “Hay una niebla que nos borra”.

Ambos son paseados por este libro de Ernesto Román Orozco, publicado por la editorial Acirema de San Cristóbal, estado Táchira, Venezuela, el pasado 2019. Y forman parte del libro como propósito tributo a quienes han hecho de la poesía una aventura en la que las palabras se adentran en un mar proceloso invadido de nubes, de una liviana niebla que es capaz de leer los signos del tiempo. El día y la noche comparten estrellas, designios, luces y sombras. En su discurrir, el comienzo y el fin de las horas que el hombre vive: alfa y omega de lo cotidiano. Dormir y despertar de un viaje que se afinca a veces en el vacío, otras en la precisión de algunos aforismos. Y aunque el vacío también es una voz que se somete a los cambios, la niebla es parte del viajero, parte de la quietud, de las voces que contiene la luz y la oscuridad.

Una península es una lengua de tierra sometida por la niebla que emerge del mar. O por los vientos que azotan su soledad. Una península es una cicatriz en el agua, así como la niebla es el manto que cubre esa marca. La poesía, en consecuencia, es parte del proceso que el hombre vive para decir de heridas, curaciones y rasgaduras interiores. Y la mirada, el testigo más eficaz para saber de suturas y neblina: dice, habla, canta o se silencia. En este caso, hace del instante de la ceguera la más clara visión del mundo que por muy pequeño es tan universal como el idioma con el que se expresan las imágenes.

Con este título nuestro poeta se afinca en la niebla, en lo que muchas veces no puede ver, pero imagina. Tiene en la sombra y en la luz los aliados más próximos para elaborar la voz que lo representa: el poema como testimonio o desafío para hacerlo poesía desde la niebla que nace de la tierra, pero sobre todo la que cae del arriba.

 

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Esta es una poesía, en efecto, de la altura. Es una construcción del cielo, de donde provienen bendiciones y peligros. Es una poesía que baja lentamente y se posa en la tierra, donde la neblina surte el efecto de la ceguera y también la luz que la rescata. O hace que la ceguera no sea ojo sino pensamiento.

El génesis, el comienzo: “Ahora, guardo en el árbol / la casa que nos ve / nacer cada mañana…”, y desde el árbol como ser nutricio:

“…península de niebla, / se hace tenue órbita / de una calabaza / con dos velas encendidas…”, se podrían enarbolar los “signos vacíos” con que el autor titula uno de sus arranques estéticos:

Me acuesto sobre la grama / del parque. Veo pasar estrellas / con una ráfaga de expansión que cruza // por mi boca, que hace / de la neblina sombra / que recoge sus huellas. / Inmóvil, busca la liviandad.

Flotan las palabras, el poema avista la altura donde habita el infinito, “Los colores del cielo”, el “nocturno solar”, los contrapuestos en el iris, en la mácula alterada del ojo: “…el hombre / puede perder la vista, pero / jamás quedarse ciego”.

 

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El autor humaniza la luz, la hace murmurar: la acerca como tributo a Yves Bonnefoy, a quien dice: “El sol nutre sus nervios…”, con la clara intención de hacerlo claridad en medio de los signos. Y despeja el instante con una “abeja de luz”, metáfora que determina el movimiento o la dulzura de ese paisaje tan de adentro que ha sido capaz de crear la alteridad en la sombra, en la imagen que proyecta la niebla, tan opaca como la sabiduría:

Un anciano muele su vida / entre plantas maestras; / sonríe de lado del sol…

La voz del poeta recurre a la santidad, al silencio monacal, al lugar donde las sombras buscan los rincones, mientras la oración se oye en los pasos de alguien que recorre su soledad:

…una sombra / de un monje, / un caminante // la neblina trina / en sus sandalias rotas…

La península deja de ser terrena. Es una imagen que permite decirnos acerca de la búsqueda del adentro. Se adentra la mirada y encuentra la neblina. Se adentra el cuerpo y encuentra el silencio. Y entonces, la contemplación. Aparece Buda como sujeto que se arrima a aquel árbol del inicio. La voz oculta del sujeto está en la sangre, en el recorrido del monje, en el caminante que va al “ritmo del silencio”.

Las palabras son la fórmula para los brebajes, el té sagrado de los verbos, los pájaros detenidos en el aire. Cada poema es corto, se respira desde él mismo: aforismo y silencio.

Hasta la pérdida: “Cuando la casa / me abandone”.

Quedan la neblina, la imagen desleída de la península, del signo inequívoco de la poesía. Y un dibujo, el de alguien que huye del sol y se oculta en la sombra del día:

“La tarde huele a sombrero” y “Nacemos neblina”.

Estos dos versos resumen la belleza de esta aventura peninsular por la que transita este instante el poeta Ernesto Román Orozco.

Alberto Hernández
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