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Brevirus, antología de minificciones: 240 voces en pequeño

lunes 6 de julio de 2020
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“Brevirus, antología de minificciones” de la revista “Brevilla”
Brevirus, antología de minificciones de la revista Brevilla. Disponible gratuitamente en la web de la revista
“A veces soy tan grande que me siento pequeña”.
Una hormiga a un colibrí (A.H.)

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240 textos, unos minúsculos, otros menos tales, relatos cortos, cortísimos, poemas sonsacados de su premura narrativa, sílabas para destacar la brevedad del mundo. Zancudos como letras o letras como mosquitos. Todo un compendio de travesuras atraviesa esta antología de minificciones que la revista Brevilla acaba de publicar con el título de Brevirus.

La matemática nos ayuda con la suma de autores: 48 de Argentina, 10 de Bolivia, 16 de Canadá y Estados Unidos, 22 de Colombia, 56 de Chile y otros países, 40 de España, 44 de México, 8 de Nicaragua, 6 de Perú, 10 de Portugal y 20 de Venezuela aparecen en este juego de imaginación donde el virus es el personaje. Y como es tan microscópico, bien valía la pena agrandarlo con la calidad de estos materiales que emprendieron viaje desde la agudeza de sus compiladores, quienes recorrieron el continente americano y parte del europeo para rastrear el cuerpo pequeñito —a veces hormiga, a veces colibrí— de ese bicho que anda por allí borrando sonrisas, porque ha provocado que todos andemos enmascarados como si fuésemos forajidos de las películas del Lejano Oeste o asaltantes de caminos de los tiempos del Zorro, aquel personaje que no usaba tapaboca pero sí antifaz, como si no supieran que era don Diego de la Vega, Dios tenga en santo lugar.

Pues bien, se trata de unos escritores que en medio de la ociosidad de la mal llamada cuarentena provocada por el sinovirus, se sentaron a espantarse las moscas de don Augusto y el dinosaurio monterrosino, y se enfrentaron esta vez a Godzilla, quien se parece a un dinosaurio pero que no lo es porque es japonés. Y los saurios japoneses son de comiquitas, razón por la cual no son dinosaurios.

Otra vez, pues bien.

Nada, que andan por allí unos cuentistas que escriben y hablan muy bien a través de textos cortos que son una delicia si no fuera por el tema que los envuelve, no como regalos pero sí como sabrosa tentación porque están muy bien escritos y sazonan los días de encierro con mucha imaginación, lo que es muy bueno porque la realidad es perturbadora.

 

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Esas 240 voces (¿habré sumado bien?) son un verdadero lujo porque no es fácil contar con un solo ojo, es decir, viendo el mundo por un agujerito porque el bendito virus anda pegando saltos en las calles y lugares menos advertidos. De manera que desde el encierro, desde la cárcel a que nos ha obligado el bichito ese, estos amanuenses de la ociosidad literaria lo han hecho muy bien: se han desahogado contra lo que significa este sacrificio que tiene al mundo de cabeza. Porque dicen unos que la tierra es plana y si lo fuese no tuviera cabeza, pero como es redonda digamos que todos estamos dentro de la cabeza de la tierra, para no entrar en más detalles.

¿Qué se puede decir de una aventura como esta?

Yo digo que seguiré de incógnito, de anónimo con mi mascarilla mientras el bichito ese, tan malasangre, “muérgano”, como decimos en Venezuela, no se vaya al mismísimo carajo, porque ya nos tiene hartos con tantas despedidas, con tantos nombres borrados, con tanto dolor provocado por quienes creen, desde su oblicua y amarilla apariencia, que no ha pasado nada.

Y sí ha pasado:

Este libro formará parte de otras antologías, puesto que el mundo seguirá girando y los relatos breves, los cuentos cortos, las minificciones, continuarán aplastando a ese animalito que no es nada simpático.

Al cierre, buen provecho. Bien vale una buena lectura.

Alberto Hernández
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