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Descripción de un lugar, de Sael Ibáñez

lunes 17 de agosto de 2020
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Sael Ibáñez
Descripción de un lugar, de Sael Ibáñez, es un libro de añejas lecturas. De cercanas lecturas. De lecturas habidas y por haber.

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El lugar lo lleva Sael en los ojos. Se lo lleva y nos lo deja en un libro. También nos deja sus relatos breves, muy breves, como para que sepamos de su respiración, de su andadura mientras camina y saborea una cerveza bajo el inclemente sol del llano guariqueño.

Ya lo habíamos hecho hace unos años en Camaguán con Manuel Bermúdez, a la orilla del río Portuguesa. Otro día en San Cristóbal o Valencia. Aquí en Maracay, en la Casa Carmen Palma del Teatro La Misère. O en Calabozo. Fueron tantos los lugares en los que Sael Ibáñez dejó el lugar en cada palabra que decía, pero sobre todo en esos cuentos que publicó con la maestría de quien sabe contar una historia.

La Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, en 1973, publicó, precisamente el título Descripción de un lugar, donde Sael se vacía por primera vez en tantas páginas para descubrirse como un excelente narrador.

Este es un libro de añejas lecturas. De cercanas lecturas. De lecturas habidas y por haber. Es un libro de lecturas para lectores que quieren estar en ese lugar descrito desde la poesía hecha prosa, hecha relato, narración, cuento, revelación.

Para celebrarlo, varios de estos breves encuentros con la palabra:

Cansancio

Cansado: un hombre contempla, sentado en medio de una sala semioscura, los objetos distintos que hieren su visión y propósitos. Desea destruir: hacer desaparecer aquello que demasiado lo hiere; las cosas, su significado. Sale de la sala y logra su deseo. Afuera llueve copiosamente: “¿Qué hacer?”, se pregunta. A fin de cuentas no resultan tan mal las cosas ni su ausencia, se dice: la lluvia, otra forma de presencia. Son mis ojos, yo quien debe desaparecer. Dicho esto, camina bajo la lluvia y vuelve luego a la sala. Sentado en el mismo sitio escudriña hasta acabar el último significado de los objetos que lo rodean, confía en que ellos lo aniquilen con su mirada recíproca: lánguida e inamovible.

Este hombre, en verdad, es un hombre cansado.

 

Máxima surrealista

Detenido: un hombre se pregunta el móvil de su conducta absurda. Al no obtener respuesta, saca del bolsillo de su chaqueta una pistola y dispara hacia una sombra: con el cuerpo lenta y pesadamente del hombre que detenido a su vez contemplaba el paso de los transeúntes. Las sombras detenidas y móviles fueron desapareciendo una a una de la calle, de las calles, de la ciudad, de las ciudades, del mundo, y empezó a ser realidad la máxima de Bretón: el acto surrealista más puro es bajar pistola en mano...

 

Juicio

Un hombre camina. Comienza de nuevo: se detiene. (Soporta por un instante haber aprendido a caminar) Y continúa. Al final del camino tendrá varias impresiones; la más emotiva: haber caminado. “Aprendí a caminar”, se dice, y lo habrá olvidado en ese momento. Estará nuevamente, detenido: aprendiendo a caminar: juzgando.

 

Frente al mar

Frente al mar, de noche: no falta el característico faro y hace unos minutos desapareció el barco ondulante, la nota pintoresca del mar en ese momento.

Así paso las horas, contemplando entre amores y licor un recuerdo.

Mi hermano es como el mar, y éste me lo recuerda, comparten mutuas apariencias: son amados por mí.

 

2

El personaje, el Hombre, un hombre, transita y habita, aunque se borre, por el lugar que lo describe o que lo inventa.

Desde ese lugar o lugares, Sael Ibáñez nos relata, nos cuenta, nos mira, nos describe.

Alberto Hernández
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