“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Miel negra, de Franklin Hurtado

lunes 7 de septiembre de 2020
“Miel negra”, de Franklin Hurtado
Miel negra, de Franklin Hurtado (El Taller Blanco, 2020). Disponible en la web de la editorial

1

Las palabras buscan sus tiempos. Los establecen según el aporte que ellas hagan al poeta, a un flujo interior que se hace versos. Las palabras se arriman al silencio y allí establecen sus códigos. La voz que las hace posible no reniega de sus significados. Es más, se fortalecen en la medida en que ese “Leviatán”, que podría ser el vacío, la maniquea destemplanza de la página en blanco, abunde en cada inflexión. Las palabras nunca sobran. Hacen y se hacen espacio, vigorizan el instante en que dejan de ser, en que desembocan en el aire y se convierten en una suerte de virus, de bacterias aéreas, pero cuando ocupan el ámbito sensible que el poeta les ha asignado, entonces, aparecen revestidas de ecos, de revelaciones, de un dulzor que podría ser tendencia hacia la sombra, hacia la dulce majestad de la sombra donde habitan todos los seres imaginados y los por imaginar, más allá de que la realidad sea tan absorbente.

El poema, esa pequeña bestia que indigesta a los incrédulos, hace su trabajo. Es palabra que ahueca y penetra, que seduce y habla, siempre habla, aunque el silencio sea parte de los acosos de su inmanencia, porque la poesía no deja de moverse en el mismo sitio, en la palabra que lo viste, que lo cubre, que lo salva de ser sólo un objeto.

Miel negra tiene como fondo y superficie una mirada puesta en la palabra. En el singular que la designa, que la hace visible. Porque el plural es demasiada tentación que muchas veces se extravía en la multitud. El singular de palabra es el poema, la justa preparación de quien se asoma a la página y comienza a vaciarse, como si viniese de una colmena de insectos conjugables, de moscas, porque ella, la palabra, es la única tentación que hace imposible la muerte de un poema. Y la poesía se encargará de expandir sus milagros.

 

2

Toda lectura es irresponsable. El ojo que pasa por el texto, por la línea sensible de un verso, podría no ser el mismo que el lector acoge como seguro. El poema engaña, eleva su engaño a reflexión hasta que —por añadidura de su propia esencia— se hace forma, presencia, imagen.

Cada poema de este libro de Franklin Hurtado, publicado por El Taller Blanco en la Colección Voz Aislada, en Bogotá, Colombia, 2020, es, como toda aventura verbal, un instante que se expande y se convierte en pensamiento. La Palabra, ese cuerpo trascendente, se amolda a la boca del que la pronuncia, mientras la conciencia la guarda. He allí, el instante, el del decir, el de apropiarse de su pronunciación.

 

3

Alguien, podría ser el alter ego del poeta: el que se hace existencia, dice, moldea la voz:

habla de una vez / no guardes juramento / ni diente roto // no esperes raspar el fósforo / de la entrelínea // ya los antiguos comprendían / la imprudencia de los papiros (…) y deja que el viento pase.

Este inicio abre la puerta a la palabra como insistencia, a la voz que la pronuncia y la escribe desde la oralidad, desde la mucosa de los labios hasta la textura del papel. Mientras tanto, otra voz, la de natura, pasa. Se lleva los sonidos, los trae. Los retorna.

Un día vuelve la certeza / en cuanto callo reconozco la fe que yo debía…

 

4

La palabra encuentra el lugar, el hito, la geografía, un mapa, que por ser imaginario es certeza en estas líneas:

no habrá otras costas / tras el marasmo / ni un mar aventado / en férreas vocales / la épica del deshielo… (…) nadie vendrá / de oído y gozo… un don que se estanca / y el rencor estremece.

El lector podría ponerle nombre al poema, decir de un suceso o evento que en estos días abate al ser humano de estos predios. Podría también abastecer su imaginación con un sitio específico ubicado cerca o próximo a sus alegatos, a una protesta, a un temor, porque a pesar de que “no sabría decir / a qué lengua me debo / los techos del barrio destilan / un blanco discurso”. Y ese lugar es gente, seres que hablan, que descifran una lengua, una rabia desde el silencio o desde la mirada que se extiende sobre la piel de la tierra.

“Hoy la palabra / no cumple el deseo”, afirma el poeta y no deja de mirar por la ventana lo que ansía ese sitio, ese ser que “a la sombra / de una rama seca / comenzó a contar / nuestros días”.

¿Qué días son esos?

El poema lo dice:

a punto estoy de creer que mi boca / canta los pasos del otro (…) mi propio despojo.

El que habla y escribe, describe, cuenta y traza desde la palabra lo que podría decir desde el silencio, pero no puede. El poema, el que está a la vista desde su observatorio, se lo impide: tiene que decir, palabrear.

La violencia no está exenta de ser cantada: “cuando la mano / sonó martillo”, luego de una golpiza, de una tortura, de una humillación.

 

5

El tema se desvive con un cambio que precisa de mirada aguda: las moscas. Y el lector retorna a aquellos viejos autores que consagraron su angustia para decir de las moscas. Desde los griegos, sus moscas teatrales, filosóficas, pasando por las crónicas del mundo todo, los relatos cortos de Monterroso. Allí están en varios poemas de Franklin Hurtado los insectos que asumen respuestas.

Y ese después, un cuando, un adverbio de tiempo invisible que se ajusta al testigo del poema, a su posible crítica o consagración:

voces que salpican / el silencio de sangre.

Y el color oscuro, la miel áspera, la sangre ya dicha y sus matices, que podría contener otro significado, otra calle apelmazada por la muerte, por heridas y colmos:

desbocado / chillido que acomete / en cuanto al rojo / tañe su tambor / su verga de plomo.

Y sigue, como si se tratara de una batalla:

no se pide una tregua / al ángel de la historia.

El autor no desvía la ruta de su intento: la palabra, el sonido que sale de su boca:

una voz desentierra / el ocre de mi voz.

Voz oscura, miel ácida, mientras las moscas siguen su trabajo, “hijas del sol”.

Y para restituir la presencia del poema y sus latidos:

en la lengua que callo (…) en voz estancada (…) mi voz es una mosca.

Los insectos signos pasan por el poema y lamen con gusto la miel dotada de sonidos. El poema tiene sabor ocre, se desliza por la lengua y vive.

 

6

Con este libro Franklin Hurtado obtuvo Mención en el II Premio Equinoccio de Poesía Eugenio Montejo.

Alberto Hernández
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