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El único refugio son los párpados, de Marta Jazmín García

• Lunes 12 de octubre de 2020
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“El único refugio son los párpados”, de Marta Jazmín García
El único refugio son los párpados, de Marta Jazmín García (El Taller Blanco Ediciones, 2020). Disponible en la web de la editorial

1

Vivir adentro, en el adentro propio, desde adentro, con los ojos cerrados para descubrir que el mundo existe, que el cuerpo es una andanza, un lugar, un espacio. Afirmar que quien abre la boca funda los sentidos, que con una sola palabra aparecen el cielo, el océano y la nada. Que desde la profundidad del ser, desde la sombra que es en su interior, aparecen una luz silábica, voces, palabras, sonidos, ruidos, una mano que toca y se convierte en cosa, animal, miedo. Pero también el cuerpo es precipicio, farallón donde el temor aquieta la cordura, la somete al instante de quebrar la mirada, de hacerla interior, oscura detrás del tejido que cubre los ojos.

Entonces el escondrijo, el escondite, el refugio. Y allá, afuera, el miedo, los “animales peligrosos”, como aquellas relaciones que en algún momento suscitan las sospechas y el agobio.

Cercanos a tantas preguntas, suelen aparecer estas:

¿Es necesaria la realidad para existir? ¿Qué ámbitos no ocupa? ¿Cuántos sentidos la animan para que el ser humano se sepa parte de ella o ella misma? ¿Somos realidad o un reflejo de lo que desde el afuera nos imponen?

La poesía, la que es palabra que no ilusión lejana, sigue siendo la intrusa, la que pregunta y no ofrece respuestas. La que habla desde la sombra y se expande en la luz. La que abre los ojos mientras allá, en lo más hondo, están, son, las palabras, sus verbos conjugados, sus complementos, los que favorecen la imagen para que la poesía, la intrusa, modele eso que llamamos realidad desde lo que no es. Porque la poesía no es.

El poema es definición. La poesía, concepto.

Desde ese adentro se percibe lo que no es realidad, la poesía. Detrás de los párpados, los ojos, la ceguera provocada intencionalmente para separarse del mundo que es. O para encontrarse con ese mundo, con esa realidad que podría ser.

 

2

En esta antología de Marta Jazmín García viven tres libros: La fugitiva (2014), El sitio del relámpago (inédito) y Antimateria (también inédito). Este trío de invenciones concita encuentros en los que persiste una preocupación: el miedo, la ausencia, lo volátil (el poema aéreo).

Para dejar clara su intención, la autora puertorriqueña escribe:

El lenguaje siempre ha sido eso: / una procesión de animales peligrosos / que nos atrevemos / morder.

¿Qué animales son esos? ¿Los que aparecen en la infancia, los que son parte del crecimiento, de la adultez? Son los miedos que la sombra infunde, los que la calle, una ventana altísima, una explosión provocan? ¿Es el miedo a la muerte, a la misma vida, esa que se sabe trazada por la realidad circundante, la que se puede apagar con un cerrar de ojos?

Tendrían que ser las bestias de las sombras, pero también las que a diario afectan las palabras y la existencia cotidiana, el hacer hogareño y público. Podría tratarse de las pesadillas, muchas de ellas convertidas en la realidad carnal y ósea que ambula por el mundo llena de malas intenciones, de trampas, de sospechas y dolores.

Y desde este punto de vista ciego:

Sólo tengo que ver contigo / ausente,

el vacío, el no estar con el otro, con los otros, con el que es y no está. Y así, el miedo de una niña que sigue viviendo en la ya crecida, en la que escribe poesía anudada a las primeras edades, quien tiene que enfrentar con todos los sentidos el miedo, las garras de los “animales peligrosos”.

En definitiva, el ser humano se resume en un quienes.

 

3

Hay una manera de leer el poema. Desde el arriba que algunos críticos han definido como aéreo, como flotantes, como animales que se mantienen en lo alto. Y de esa imagen, de esas confabulaciones, la afirmación:

Mi voluntad tiene la forma / de un pájaro muerto,

es decir de un pájaro en el pavimento, que, sabemos, vino de la altura.

La persistencia del ave es fugacidad. Pasa un animal aéreo. Es un instante y su caída, un revuelo. He aquí que la imagen sigue siendo en este verso:

Me he refugiado en el vientre / de una paloma gris solitaria,

En su adentro, en la sombra de sus vísceras de un animal que vuela y viaja, de una bestia emplumada de simboliza la paz, pero es gris y solitaria.

Poema pájaro, poema ave, poema aire, poema fugacidad. Poema que vuela y cae.

 

4

De la ausencia al desgarramiento, el cuerpo como presencia ardorosa, colmado de penuria, pero también de la sabiduría del tiempo como sanación:

No sabemos el peso del dolor / hasta que un día / no pesa.

Y el adentro insiste, se duele desde la ingrimitud:

Yo también sufrí la soledad / aquí / dentro del cuerpo.

No hay frontera, todo es volumen en el interior oscuro.

¿Qué queda añadir desde el mismo poema, desde su poética revelación?

“Tanta vida suspendida”, un añadido al vuelo del pájaro que es habitado por la voz que lo nombra.

Y luego, como un paréntesis, lo que no es, la acción que no es, la ausencia inanimada:

Las cosas que no sucederán / también ocupan / su lugar en el mundo.

Y para demostrar que la realidad es también parte del cuerpo, de lo que lo mueve desde el adentro:

Primero es la intuición. / Después, / el tacto.

Alberto Hernández
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