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La colina de los muertos en la voz de Edgar Lee Masters
(breve paseo por el cementerio de Spoon River)

lunes 30 de noviembre de 2020
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Edgar Lee Masters
El viejo Edgar Lee Masters se sienta a mi lado y me dice con parsimonia cada verso.

1

El viejo Edgar Lee Masters se detiene en la puerta de mi cuarto y me habla. Dice en su inglés susurrante, con la voz de un muerto, su largo poema, el que luego convirtió en muchísimos monólogos extraídos del alma de las tantas tumbas del cementerio de su inventada comarca Spoon River.

El viejo Edgar Lee Masters se sienta a mi lado y me dice con parsimonia cada verso. Copio desde la Antología que me confiara un día de abril de 1997 en la librería Barnes & Noble de Miami, y dejo escrita la versión que libremente revelo a los lectores.

Desde la colina donde reposan sus 245 muertos. Desde sus lápidas, debidamente identificadas, están los monólogos que el poeta vertió en una “antología” de palabras venidas del más allá.

Preguntas para saberlos en el mismo lugar. Nombres en estricto orden alfabético nos aproximan al alma de esos hablantes anónimos, convertidos en narradores íntimos, enterrados en la voz febricitante del poeta norteamericano nacido en Garnett, Kansas, en 1869, criado en Petersburgo y Lewistown, Illinois.

Cualquiera puede imaginarlo agachado, tomando nota de los nombres y apellidos de cada túmulo, de cada piedra funeraria. Cualquiera puede imaginarlo ordenando desde la A hasta la Z la existencia sonora, poética, en quienes él se convirtió, en quienes fue todas las muertes para ser todas las vidas, las aventuras, penas y alegrías de esos que “duermen” en un eterno gerundio en el cementerio de Spoon River.

La colina
Edgar Lee Masters

Traducción de Alberto Hernández

¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom
Y Charley, el débil de voluntad, el de fuerte brazo,
El payaso, el bebedor,
El buscapleitos?
Todos, todos, están durmiendo en la colina.

Uno lo mató la fiebre,
Uno fue incinerado en una mina,
Uno fue asesinado en una camorra,
Uno murió en la cárcel
Uno cayó de un puente mientras trabajaba
Para sus hijos y su mujer
Todos, todos, están durmiendo, durmiendo,
Durmiendo en la colina.

¿Dónde están Ella, Kate, May, Lizzie y Edith,
la de tierno corazón, la de alma simple, la recia, la orgullosa,
La feliz.
Todas, todas están durmiendo en la colina.

Una murió en un vergonzoso parto
Una de un amor frustrado
Una en manos de un bruto en un burdel
Una de orgullo roto, en la búsqueda
De los deseos de su corazón.
Una luego de vivir lejos en Londres y París
Y fue conducida a su pequeña parcela por
Ella y Kate y Mag
Todas, todas están durmiendo, durmiendo,
Durmiendo en la colina.

¿Dónde están el tío Isaac y la tía Emily,
Y el viejo Towny Kincaid y Sevigne Houghton,
Y el gran Walker quien había conversado
Con los venerables hombres de la revolución?
Todos, todos están durmiendo en la colina.

Trajeron ellos a sus hijos muertos
De la guerra
Y a sus hijas cuyas vidas han mancillado,
Y sus huérfanos niños, llorando.
Todos, todos están durmiendo, durmiendo,
Durmiendo en la colina.

¿Dónde está el viejo violinista Jones
Quien jugó con la vida durante sus noventa años,
Enfrentado a la nevada con el pecho desnudo
Bebiendo, alborotando, sin pensar en su esposa
Ni en su parentela,
Ni en el oro, ni en el amor, ni en el cielo?

He aquí que balbuceó sin reflexionar desde mucho tiempo
Sobre las carreras de caballos en Clary’s Grove,
Sobre lo que dijo Abe Lincoln
Un día en Springfield.

 

2

Hay muertos muy solos en el abecedario del cementerio. Este lector se acerca a las tumbas del “doctor Siegfried Iseman”, “el Desconocido”, “Yee Bow” y “Perry Zoll”, por ser los únicos cuyos apellidos entrañan ingrimitud, poca alusión a la muerte numerosa.

Y de ellos algunas de sus palabras, para no dejar totalmente solo a Lee Masters, quien con su antología buscaba ser parte del Gran Cementerio de la Eternidad, cuestión que logró en 1950 y ser enterrado en el camposanto de Lewistown y cuya tumba se ha hecho famosa, como la de Edgar Allan Poe, otro muerto que habla con los muertos.

Escojo unas líneas de cada uno de ellos, las que más nos digan de sus existencias, que ahora son muchas desde la mirada de los lectores:

Doctor Siegfried Iseman

Dije que cuando me entregaran mi diploma
Sería bueno
Y sabio y valiente y solidario con los otros;
Dije que viviría con la creencia cristiana
Durante la práctica de la medicina…

 

El desconocido / El anónimo

Ustedes aspiran a oír el relato
Del desconocido
Quien aquí miente por no contar con una lápida
Para su tumba (…)
Debo ofrecerle la amistad
De uno que vive herido y enjaulado.

 

Yee Bow

Me llevaron a la escuela dominical
En Spoon River
Y traté de deshacerme de Confucio por Jesús…

 

Perry Zoll

Gracias a mis amigos de la Asociación Científica Condal
Por esa modesta lápida
Y la pequeña pieza de bronce
En dos ocasiones traté de juntar su honorable cuerpo…

Más allá del cementerio donde “duermen” o reposan las voces, los monólogos que Edgar Lee Masters convirtió en sujetos, en muertos verbales, una imagen muestra su inquietud en este verso del poeta de Kansas, que servirá para cerrar este capítulo:

Finalmente, sabrá usted no lo que ellos significan.

La traducción podría estar en el ánimo de quien desde estas líneas intenta descorrer el misterio de esta antología que habla en otros libros.

Alberto Hernández
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