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El inquilino, de Guido Tamayo

lunes 7 de diciembre de 2020
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Guido Tamayo
Guido Tamayo, bogotano, nacido en 1955, es el autor de esta novela corta donde los capítulos se comportan como unidades autónomas.

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Manuel de Narváez vive muriéndose. A diario la muerte se le presenta en un ahogo, en una tos insistente. En el esputo que denuncia un cáncer terminal gracias a dos cajas de cigarrillos que sus pulmones alojan diariamente. Manuel de Narváez es un escritor colombiano que se exilió en Barcelona, España, ciudad donde recorre sus callejuelas y bares en busca de vidas que logren entender que su muerte está presente también en ellos, en los pocos sujetos que logran estar cerca de él.

Escribe con pasión. La literatura es su único aliento. Su única respiración. Sin embargo, es un escritor que casi nadie conoce, que pocos han leído. Es un escritor excluido. Un cuerpo que piensa y se duele de su mal en soledad. Es un novelista que quiere contar la vida de sus amigos, los que fueron un día y ya no están cerca, porque Manuel es un extranjero que ha sido olvidado por sus compatriotas.

Guido Tamayo, bogotano, nacido en 1955, es el autor de esta novela corta donde los capítulos se comportan como unidades autónomas, como relatos breves que se van armando desde el momento de la muerte de Manuel en la cocina de su apartamento hasta la muerte final y única, pero también en un gerundio permanente, que se deja sentir a través de las 121 páginas recorridas por la agonía del protagonista.

Es un relato en el que Manuel de Narváez no ha dejado de ser ese ser humano perseguido por la soledad, por la pobreza, por el silencio de los que pudieron haber sido los suyos.

Habitante de una ciudad a la que se dedica por entero a mencionarla en sus calles, bares y una habitación amarilla impregnada de tabaco, Manuel es el cuerpo muerto de un hombre que ambula por el mundo gótico y mediterráneo de algunas localidades de la Ciudad Condal.

Pero Manuel no está completamente solo. Se acuesta con una prostituta. Se acuesta con la puta que se inyecta heroína, lo roba cuando la ebriedad lo domina y lo oye contar partes de la novela que escribe. Se descarga sexual y emocionalmente con Encarna, suerte de encarnación de la vida que ya no le queda, aunque Encarna también es casi un despojo humano.

 

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Editada por Santuario Editorial en Lima, Perú, en 2015, esta novela podría acercarse a algunos pasajes de personajes kafkianos, por el peso de la certidumbre de una suerte de irrealidad que se conjuga con el vacío existencial. Manuel es un sujeto extraviado. Invadido de laberintos, de entradas y salidas de la muerte, agónico, relatado a través de un diario que el autor ha sabido ensamblar con el resto de la narración.

Es una novela donde el pesimismo, el casi pesimismo onettiano, se pasea por cada adjetivo que enmarca las conjugaciones de los tiempos en los que se sitúa Manuel.

Su comienzo atrapa de inmediato al lector:

¿Cómo olerá el cadáver de un poeta? ¿Apestará de la misma forma que el de un asesino? Aunque conserve esa morbosa curiosidad, no va a poder saberlo…

El capítulo final, titulado “La última muerte”, corto como la agonía del personaje, dice:

Manuel siente el ahogo final en el cuerpo. Está en el suelo acurrucado como un feto. Mira por última vez el cielo raso. Sabe que no posee más cielo. Así, con esas pocas palabras desalentadoras, quisiera empezar a escribir una novela.

El cadáver de Manuel de Narváez reposa en la página 121 de este libro de Guido Tamayo.

Alberto Hernández
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