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Voz de fondo, de Christiane Dimitriades

lunes 11 de enero de 2021
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Christiane Dimitriades

“Voz de fondo”, de Christiane Dimitriades
Voz de fondo, de Christiane Dimitriades (OT Editores, 2020).
“La voz de todo nacimiento
Tropieza contra el orden del mundo
Su verbo nos busca
su aliento desnuda…”
Andrée Chedid

1

Asentado en los días cuando el silencio es una áspera insinuación, la voz que oímos desde un libro se apresura a ser ese nosotros que muchas veces nos deja solos. Son las horas en las que las palabras escritas nos razonan, nos piensan, nos descubren con el mentón tomado por una mano capaz de dibujar a aquel pensador que se nos quedó en la memoria visual luego de nuestros estudios de educación artística. Son horas en las que el silencio de esa voz escondida se nos acerca y comienza a sisear, a decir lo que es: una voz profunda, la ajena que se hace nuestra desde la poesía.

En eso se concentra el lector cuando entra en las hojas de un volumen donde Christiane Dimitriades se expande, se explaya desde tres instantes, desde tres libros que, a la larga, son uno solo porque no se cuestionan: son complementarios, son medulares desde el signo de un estilo muy particular cuyo talante está en la búsqueda del pensar, de desarmar conciencias para la reflexión.

Son poemas de lectura donde emociones y pensamientos conforman un complejo que permite al lector ir más allá. Es decir, las imágenes destacan un orden, como bien lo afirma Victoria de Stefano en el prólogo de la pieza publicada por Oscar Todtmann Editores en su colección OT Poesía (Caracas, 2020).

Dimitriades “expande” su talento y el asunto de la realidad que la envuelve, que nos envuelve desde el adentro y desde el afuera del mundo.

Un orden que tiene que ver con el ojo avizor de la poeta y con su propuesta crítica, con la idea de que se rebele contra el orden del mundo, para invitar a otra poeta, Andrée Chedid, de este mundo que hoy se destroza y deriva en caos.

La autora convoca —en el comienzo de su primer bocado poético— a Hanni Ossot y a José Lezama Lima para darle rienda suelta a esta aventura verbal que conmociona. Ella, la poeta venezolana de Espacios de ausencia y de luz, una de nuestras más relevantes escritoras reflexivas, dice:

Mi cabeza / puesta allí / a orillas de lo que piensa / y se expande.

Por su lado, Lezama escribe:

ese borde entre la piel y el vacío.

A partir de esos textos nace Voz de fondo, un libro donde Dimitriades “expande” su talento y el asunto de la realidad que la envuelve, que nos envuelve desde el adentro y desde el afuera del mundo.

En estos tres libros, en este libro trío, está un eco que nos sacude y desnuda nuestro aliento, “entre la piel y el vacío”.

 

2

El primer viaje por estas páginas se titula “Todos los bordes” y la autora nos lleva de la mano con estos versos:

Esta materia
recibe formas
se contrae
reflexiona.

Uno de los bordes nos aproxima al poema para pensar, el que sirve de herramienta para revisar el pensamiento. El yo se llena de inflexiones, de preguntas secretas, escondidas que, sin decirlo, están allí, en la orilla de todos los intentos por saber del mundo y del humano ser. Pero así como el yo es una presencia, igual puede borrarse y pasar a ser “intersticio”. El vaivén de la ola define al sujeto metaforizado, quien es transformado en actor frente a la hoja escrita:

Lector / toma este poema / repítelo en alta voz // Lo sé / su inventor / llegó a ser arrogante / y hostil // No temas / se ha vuelto humilde / y hasta ruega por ti / porque no abandones / su bestia dócil / a punto de morir.

Luego de esta reconvención, en la que la voz poética “empuja” al lector a entrar en su esfera, regresa al lugar de su paciencia. Una suerte de disculpa, de acercamiento para que el poema no sea abandonado, no se quede solo. El poema es el poeta. El poeta asume el poema como el yo que no quiere desaparecer. Por eso pide: “Comparte conmigo / la calma de esta morada” y redondear el acercamiento: “Mi palabra estaba en la piel / retenida / para no quebrarse”.

El lector, acercado al ánima del poeta, termina siendo parte de él.

El poema asume la crítica, no estimula visitas ni congregaciones, se aísla, y en un reconocimiento rudo dice: “Me perdí de ociosas velas y discusiones / alrededor de innumerables temas y querellas”, y “Elegí a mis amigos / como a las palabras / por su simple sonido”.

Amigos poemas, poemas humanos por nombrar, por su ser de palabras.

Y aquí el espacio donde caben todos los que habitan el mapa nacional:

Hoy en mi país
—construido a la fuerza
por nuevos himnos y banderas—
sentiré el horror de presenciar
a más de algún conocido
recitando coplas
y versos patrios

Avergonzada desapareceré
Con las pocas páginas que he escrito.

Las palabras, “el ánimo poético”, la contextura de una poesía que se establece para decirse ella y decir lo otro, lo que está más allá del yo, la fragilidad de la realidad, el runrún interior, la existencia como una falsedad personal, “el canto de las voces anónimas”, el “borde entre los bordes”, la mudez, la evasión “y el silencio”: todos los temas insertados en una voz que se resiste a no ser.

 

La voz se queja, dice de una debilidad que no es propia, individual: asoma la fragilidad humana, la tendencia segura de ser silencio.

3

Nuevamente la voz de Chedid. Y la novedosa entrada de August Strindberg, para darle paso a “Hablo esta lengua”.

Ella, la poeta árabe, traza: “ese fondo de los fondos / de nosotros”, y el segundo: “¿Explicar? ¿Ha podido explicarse / nunca nada de otra manera que / parafraseando un montón de / palabras con otros montón de / palabras”.

Y nuestra autora, tomada por esas voces invitadas, escribe en el primer poema de este paisaje donde nuevamente los sonidos humanos, articulados, toman cuerpo y vida:

Otro libro
pequeño ataúd en el que mi cuerpo se ausenta.

Imagen que aleja la muerte de las palabras. Imagen que —pese a alguna patología del verbo— sigue allí, para decirlo, para establecer que no es posible enterrar los sonidos de la trascendencia humana.

Pálida anémica / mi palabra es débil / tímido fulgor / de la luna en su mengua / trazo hilvanado / con precarios filamentos // basta un soplo o un estornudo / para volverla trizas.

No obstante, la voz se queja, dice de una debilidad que no es propia, individual: asoma la fragilidad humana, la tendencia segura de ser silencio. Estos versos continúan en “Ni siquiera entonces / tuve a nadie por maestros // En mi solitaria marcha / desconfié de los credos y sentencias”.

Insiste al volver al poema de la no agregación a grupos de poetas o escritores. Aislamiento que la llevó a saber “que sólo podía ser poeta”.

Desde ese sonido que la mantiene intacta pese al “trazo hilvanado / con precarios filamentos”, declara:

Hablo una lengua / forastera / extraviada / desbocada // Tren descarriado / que no sabe regresar a su morada.

Lo que nos lleva a pensar que el castellano, la lengua que habla la poeta, es una lengua libre, alocada, persistente, sin patria urgente, ciudadana del mundo.

Siguen siendo las letras su aposento, su porfía. Sigue siendo la poesía la inquina, la impaciencia, la “seducida por la infinitud”.

Este libro, “pequeño ataúd”, se abre para mostrar su cara, pese a las “sombrías telas / para ocultar nuestro reflejo / y su inocente vergüenza”.

 

4

El tercer estadio de este libro, “Voz de fondo”, es animado por la prosa. Un poco antes, Louise Glück abre con estas palabras: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. / El resto es memoria”.

Cada poema le imprime a la lectura una segunda oportunidad. La opción de ser registrado con una o varias tentaciones.

Y “Con el ánimo de proseguir un diálogo…”, nuestra autora, “al margen de toda sincronía”, establece una relación con el lector con que ha iniciado sus líneas. Ese “otro” que se revela en el texto desde la misma poeta convertido en tiempo, en definiciones.

Cada poema amerita decantarlo del concepto: viaja la voz de Dimitriades por cada título, por cada reflexión convertida en conocimiento, en creación: “Un pez girando infinitamente en su acuario”, es el “Silencio” para ella.

“Cuando todo es registro y memoria / ¿Qué papel juega la memoria?”. La pregunta desovilla el primer verso.

El texto “Soy” ocupa una definición en este espacio:

Esto
que impertinente
observa
se entromete y me escolta
Esto que fisga y me sabotea
Esto que desvirtúa lo que digo y lo enrarece

Pura permanencia abúlica
Enorme ojo encandilado por la luz.

Cada poema le imprime a la lectura una segunda oportunidad. La opción de ser registrado con una o varias tentaciones. Todo poema es eso, una tentación, una aventura. Y cada poema es una poética desde la inclinación que el autor le ofrece. En este caso, “El destino de la poesía” no escapa del deseo de calificarlo como una poética:

La piedad es la auténtica metáfora / La transformación del poeta en clara y pura bondad // Conmiseración ante el dolor / Sufrimiento redimido en un gesto anónimo / a-estético trivial cotidiano // ¿Piedad! ¡Pieté! ¡Pietá!

Es más, el autor como una poética.

 

5

La realidad cotidiana, la callejera, la absoluta casera, esa intrusa que devana el poema, que subvierte el orden de los sueños, de la imaginación, aparece en este libro como una pedrada, como una lección de pundonor, como un látigo contra quienes han abierto más heridas en una nación preterida, acosada y apresada por la miseria del totalitarismo:

La estación de los mangos

En mi tierra antes alegre y fecunda / hasta los gatos se han vuelto / delgados y miserables / por no expresar primero / (siento vergüenza decirlo) / también la gente busca su alimento / entre los desperdicios de la calle // Algún árbol / todavía colmado de fruta sirve / a unos niños famélicos / que con pericia logran atajar alguna de sus dádivas / pero la estación de los mangos terminará / y yo no sé qué será de este país enjuto / con tantas balas por cada palabra / con tanta boca amordazada / con tanta brutalidad e indiferencia / hacia los cuerpos yaciendo sobre el asfalto / o aprisionados tras los barrotes de una pretendida verdad / que nadie comparte / y que pocos / investidos de un poder no merecido / en nuestro nombre usurpado con ahínco y desprecio / promueven su cruzada contra la osadía y la libertad // También la estación de la injusticia culminará.

En ese texto no hay belleza: hay verdad desnuda. Es la mirada que atiende a los cinco sentidos. La poesía es casi un imposible con la boca llena de basura. Y con razón, como aquel que habló de la poesía en tiempos aciagos, este otro texto de nuestra autora:

No es tiempo de poesía

El lenguaje resiste / se ha vuelto escudo barricada / desobedece al léxico y a la gramática / Ninguna metáfora logra expresar / tanta herida / tanta indignación.

Y más adelante, en medio de tantos estropicios cantados con este vigor, aparecen Elizabeth Bishop, Proust, Char, Seferis, César Fortique, Nietzsche, Borges, Stanescu, Else-Lasker-Schuler, Paz, Nin, Yourcenar, Chedid, Ungaretti y Savater como compañeros de viaje de este libro que seguramente tendrá el respaldo de muchos lectores.

Alberto Hernández
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