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Ultra-marina, de José Antonio Parra

lunes 1 de febrero de 2021
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“Ultra-marina”, de José Antonio Parra
Ultra-marina, de José Antonio Parra (Oscar Todtmann Editores, 2019). Disponible en Amazon

1

¿Cuántos temas pasan por la cabeza de un escritor cuando devana la realidad, cuando los altos y los bajos lo conminan a guarecerse en la escritura? ¿Por cuántas experiencias ha pasado para que la escritura, sea poesía, narrativa, ensayo o ensueños sean parte del mundo del lector?

Un poco antes José Antonio Parra estuvo y anduvo en los Diarios de Rehab, testimonio de su pasantía por el mundo de las drogas, libro publicado por Oscar Todtmann Editores y donde nuestro autor entregó al mundo las dos caras de su adicción, las dos caras de una vida a punto de ser destruida, pero que más pudieron la pasión por la existencia y luego la magia de las palabras.

Ahora, el desahogo verbal encuentra espacio en Ultra-marina, donde el sujeto que escribe ahonda en la poesía, en su historia y en la ajena, en el vórtice de los géneros compartidos, donde otro mundo, otros sueños, es posible.

Este cronista se vale de las palabras de presentación de Fedosy Santaella, por la belleza de su escritura y por la certeza que nos advierte acerca de las cuestiones que trata Parra en este volumen:

Hay libros que no quieren ser narrados ni tampoco acumularse en poemas. Hay historias, sensaciones, momentos que necesitan romper la barrera de los géneros para decir lo que realmente necesitan decir. Hay libros que son mundos y no países, relatos rotos, cristales dispersos, calidoscopios, viajes donde la luz busca batientes o umbrales. Delirios que existen mejor que las realidades. Delirios lúcidos.

Esa tensión que logra el texto anterior, por la reiteración de la palabra “libro”, aproxima al lector a una aventura en la que el autor, José Antonio Parra, una vez más se encuentra con quienes esperaban que él podría ir más allá del testimonial de su título anterior, porque su lectura decía de la posibilidad real de una existencia poética basada en los tanteos existenciales, en el viaje interior que lo vació hacia quienes ahora, en este instante, estarían leyendo sus líneas con otra mirada, pero sin perder la huella de algunos instantes de su otrora adicción.

Hoy, la literatura lo prueba, lo pone en un lugar donde haber vivido, haber estado a punto de morir, haber pasado por tantos sobresaltos, fue y seguirá siendo el encuadre para hacer de la creación el mapa de su otra existencia, la de los “delirios lúcidos” que conforman la tensión y la pasión que se descubre en este libro, en estos libros, porque se trata de una conjugación de planetas verbales donde José Antonio Parra descarga su energía.

 

2

El yo amaina la tormenta, abre entradas, puertas. Se deshace del silencio para apaciguar el espíritu y la poesía pasa a ser la dueña de sus ansias. Desde “un hondo agujero” —donde estuvo— Parra comienza la vida, como las palabras lo indujeran a un sueño creativo. Y así comienza esta aventura. No puede callar porque el “vacío” lo empuja a decir, a contar, a deslizarse sobre el lomo de las palabras para entablar comunicación con el sujeto invisible que es el lector.

Yo soy la realidad por usted proyectada. Soy yo aquello por usted alguna vez sentido, todo ficción; venga y veamos nada.

Y esa nada que anuncia se convierte en palabras, en “espacios abiertos” que lo sacan de la “catatonia”, de aquel mundo de denso silencio que lo conducía a lejanos mundos.

El destino de este momento es la poesía. Ese vacío se llena de voces, las de él, las que siempre tenía al lado de sus interior oculto, y ahora son los libros que aquí se mueven.

¿A quién le habla José Antonio Parra?

Creo que se habla a sí mismo, al reflejo que una vez fue y ahora es la concreción del mundo que lo vive. De la premura de dejar atrás todo aquello y ser él y luego el lector que lo refleja.

voz / la voz que enmudece // enmudece // voz vacía vencida vaga pasajera / voz cristalina coloreada // errando en un mar de puertas cerradas // un lugar de puertas cerradas,

esas puertas, que ya se han abierto, confirman el libro. Esa la otra voz, la vencida, la que se ha quedado atrás, silenciada. Esta es otra voz, que como “dócil pasajero” recorre la mirada de quien se asoma a estos textos, entregado como el autor a respirar cada palabra, cada voz frente a cada puerta que ha dejado de ser obstáculo. El hombre sigue dando testimonio.

 

3

En este texto se hace más visible la voz que hoy lo habita:

y tenemos palabras secretas, magias privadas y una ventana // nos perdemos sin saber qué está pasando // un cielo particular y esas flores // y a veces lo que pensamos es nuestro espacio, donde solía ser cuando perdimos el Tiempo.

El plural precisa la soledad, la tanta soledad, que vivió aquel otro hombre, el que ya traspasó la puerta para dejar atrás el Tiempo donde “mueres”.

¿Qué se hizo de aquel, de aquella sombra que fue?

Salvaje: momento en el que me condenso en esta silla de la cual emano y me convierto en signo.

Hoy es palabras, poesía, ese “signo” que establece comunión entre lo que fue y lo que es hoy: palabras, puertas, ventanas, palabras, voces propias. Otrora fue “la piel que iba a la película del domingo… soy la piel que ha visto envejecer a la propia vida y a sus jardines imaginarios”.

Parra se desnuda y canta, relata, va mostrando cada parte de su cuerpo interior.

En una primera parte llega a decir: “Somos el encuentro prolongado y la agonía detenida”.

Un más adelante lo figura en una segunda estación donde continúa esta suerte de biografía profunda, desde el adentro que lo transforma, porque si su primer libro fue estar siempre en una alucinación que lo hacía viajar por mundos de adentro, ahora el afuera lo hace reconocer como parte de un adentro que sabe identificar las diferentes memorias, las de la pérdida y las de la recuperación.

El personaje que aquí se mueve ha caído y se ha levantado. Por eso, desde la otra realidad “Es tiempo de recorrer la ilusión”, la que ahora le plantea la poesía, las anécdotas que sus sentidos saben recobrar, para que la desesperación causada por la metáfora del consultorio deje de estar, deje de presentarse como un fantasma.

Este libro le permitirá comprender al lector, desde una visión acrítica, desde un posible romanticismo equívoco, que escribir debe ser una emoción humana, no una revelación alejada de los sentidos, es decir, de los sentimientos, toda vez que muchos libros, muchos autores, más que sus libros conforman un componente arrogante que los hace ver alejados de lo que realmente quieren decir sus palabras.

En el caso de Parra, éste se desnuda y canta, relata, va mostrando cada parte de su cuerpo interior, de su fisonomía dominada en el pasado por fantasmas de diferentes poderes.

Aquí lo tiene el lector:

Nosotros somos tú y yo perdidos en nuestros papeles en este teatro sin término.

Y aunque habla en presente, se siente que el pasado, tan denso como el futuro que era una “ultrarrealidad”, un hondo mar de fondo, una dimensión tan de él que no encontraba como salir de él mismo. Y, como todo “personaje secreto”, define que “la vida es una experiencia fragmentaria”, como este libro donde recurren varias personalidades en una. Son géneros que se agudizan en la medida en que el lector se adentra en ellos.

Un texto alucinado:

Abres la boca para dejar escapar un murmullo. Tus ojos dormitan. Tus pensamientos se fragmentan y se proyectan. Las cosas flotan en la habitación.

Ahí permanece tu cabellera, una espiral sinuosa que toco y exploro como si fuera el final. Me sumerjo. Una sombra cubre este océano. Tu mirada me envuelve.

El estadio se abre. Abajo, en el campo, está el lugar donde los Jugadores Naranja sacan sus silbatos y suben a la copa de los árboles. Ellos tienen sillas con acabados de porcelana; aun cuando el vestidor, el lugar de las duchas, es menos malaquita.

Un pasillo color madera deja marcas al correr. El pasillo tiene 23 años.

Un cielo se deshace. El extremo circular de este sitio tiene el presentimiento de estar siendo percibido como tal, como una realidad esférica.

Ese yo, el yo del autor, el que era, ahora está en este corto relato, en este instante fragmentado.

 

4

La ternura —tan vilipendiada— aparece en el brillo de una estrella, en alguien que estuvo o está en los sueños o en la vida diaria. En los disturbios de aquella “locura” que se rehabilita desde ella misma para llegar a ser versos, relámpagos de palabras y una vida conquistada:

azul // una estrella azul ultra-marina // es una llama // un pedazo de cielo // un poquito de dulce // tú,

y ese “tú” es la suficiencia del presente, la imagen que ha valido estar frente a papeles donde han quedado estas páginas.

La casa, la cotidianidad, una persona especial, “una hilera de personas”, “emociones para ambos”, una fecha, la fragilidad existencial y “todo este entramado nos afecta, if you would like to stay with me all night”, la búsqueda de quien podría ser la compañía.

La ira, la rabia, la soledad, personas que miran desde fotografías, imágenes claras o borrosas. Rostros que ya no están, uno en particular.

Prosa y versos se imbrican. La tercera parte es el mismo viaje hacia el lugar de las palabras, hacia el estar con el mundo, pero añorando “cuando aún vivías”, y aquella declaración mientras reventaba el sonido de Philip Glass: “sentados en asientos separados, y mi aroma a droga que lo inundaba todo y tu aroma a cloro porque venías de nadar y me amabas y la piscina estaba congelada”. Imágenes, recuerdos de aquella experiencia honda, de puertas cerradas, de ventanas sin fondo. Días o noches cuando “las píldoras se atragantaban en mi boca y de ahí directo a mi cerebro”.

El mar, su fondo, en plena calle, en “las avenidas”, y la muerte por allí, rondando, “líquida”.

Ahora, asomado, puesto el rostro en una ventana, la poesía dice: “Este es el centro del mundo, el ombligo que se lo lleva todo. Este es el gran remolino, sus descubrimientos siempre lo han sido”.

La ira, la rabia, la soledad, personas que miran desde fotografías, imágenes claras o borrosas. Rostros que ya no están, uno en particular, “Y ni siquiera saber cómo deciros lo que quiero deciros”. Un texto/imagen de cuchillo habla de las olas, de la soledad, la repetición de dos vocales, una cerrada, otra abierta, por donde circulan dos consonantes. Cuatro letras que se juntan para colmar una página con un “dibujo” que parece un grito. Y luego, el “océano lejano”.

Y para reconfortar su espíritu —también al del lector— la voz clama: “no detendré este lugar / hasta no haber encontrado // tus palabras / tus defensas / tus barreras / nuestras barreras…”. Mensaje desde “Nosotros: pareja imaginaria muy a la defensiva”.

Dice sin titubear: “estoy cansado de huir del Tiempo”.

Varios son los textos donde sigue escudriñándose, diciéndose desde el pasado y ahora desde este presente que lo afirma.

Este es el cierre:

hay un espacio que está en movimiento entre tú y yo
es un sitio oculto
el vórtice de este naufragio
nos lleva en todas las direcciones
son tus caras y las mías
es un sitio oculto.

Desde este libro ha quedado al descubierto que hay también otro sitio, despejado, libre, público, el de la poesía, el de las palabras compartidas.

Alberto Hernández
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