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Los ojos de un exilio, de Moisés Cárdenas

lunes 15 de marzo de 2021
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“Los ojos de un exilio”, de Moisés Cárdenas
Los ojos de un exilio, de Moisés Cárdenas (Avant Editorial, 2020). Disponible en Amazon
La banalidad del mal no sólo cubre a los funcionarios: todos lo aceptaron de la manera más natural. Esa es justamente su trivialidad. Siempre queda el raro consuelo de que la próxima vez será aún más banal.
Juan Nuño: La veneración de las astucias

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El relato de los últimos años de un país que, a pesar del terror, se niega a callar. El relato de una voz a través de veinticinco cuentos/crónicas/reportajes traducidos en una extensa cicatriz que recorre casi todo el continente americano. Recorrido frecuentado con el quejido de quienes habitan el país desde afuera. Hay un adentro y un afuera que compartir. Un espacio marcado por fronteras que han sido rotas por la desesperación de quienes viven en un país dominado por la barbarie, por una tiranía que se ufana al decir que tiene el apoyo de su pueblo cuando la mayoría de ese pueblo, de la ciudadanía, sufre los embates de la represión, la cárcel y el destierro.

Moisés Cárdenas cuenta desde su propia experiencia. Aquí la ficción no existe. No hay metáforas. No hay imágenes literarias forzadas porque la misma realidad es una imagen donde se conjugan todos los sentimientos, que afloran a través de palabras apegadas a los hechos, a las noticias, a los eventos que las redes sociales y algunos medios ofrecen al mundo, un mundo confundido porque la propaganda del régimen tiene las bisagras bien ajustadas por quienes desde otras regiones oscuras manejan los hilos de la dictadura.

Cada relato es un segmento que descubre el presente, pasado inmediato de estas dos décadas de locura político/militar iniciada por un sujeto que se creía dios. Cada relato nos lleva a los hechos que mucha gente, sobre todo la más joven, desconoce. Cada relato es un trozo de cuerpo vivo de muchachos, de ciudadanos que han sido castigados, asesinados, mancilladas sus familias, expulsados del país por el impulso criminal de una logia que se adueñó de los destinos de Venezuela. Cada cuento es una noticia, un evento recién llegado a los ojos de quienes han querido seguir con los ojos cerrados. Cada historia que aquí leemos es el legado oscuro de una pandilla que ha derrotado la inteligencia de una nación. Cada texto que aquí se puede traducir es la lectura obligada de un país que agoniza en manos de unos irresponsables, delincuentes comunes que se hacen pasar por políticos para tratar de engañar a la comunidad internacional. Cada momento que nos entrega Moisés Cárdenas es un golpe en la sensibilidad de los más débiles, en la fortaleza de quienes creyeron que desde la providencia democrática se podía derrotar esta impostura homicida. Cada instante que leemos es una herida abierta.

 

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El intrincado laberinto del país permite transitar por los títulos de cada relato y armar el paisaje que ofrece la más cruda realidad: un universo de viajeros que abren agujeros al mapa por trochas, aeropuertos, aduanas, cavernas para poder salvarse de la ruina, de la muerte siempre presta a revelarse. Un río humano lleva a cuestas los avíos donde viajan silencios crudos, gritos, lamentos y voces en el puente que los habrá de acompañar a empellones fuera del país. Y así, sin dilación, sin solución de continuidad, la historia no se detiene, el dolor y el sufrimiento resumen sus ojos sobre el puente fronterizo humanizándolo. Los pasos dejan muchas huellas en el largo camino mientras un breve recuerdo donde esas voces fueron niños un día. Largo el texto, largo el sendero desconocido. La huida permite volver el rostro al camino andado: la ausencia en la mirada de quienes se quedaron en el país y la de quienes se alejan de él, mientras unos ojos ya difuntos han invadido las paredes e instituciones de una tierra ahora dominada por el gran hermano. Por ese big brother que George Orwell dejó en un libro y que ahora se repite cuando la historia flaquea.

Venezuela son estos textos donde Cárdenas sigue relatando la historia, la que escuece a diario, la que no ha terminado.

A lo lejos se oye el bramido de una voz. En el interior de las casas ladra el terror producido por el tono del discurso de quien es el ego de un personaje de la mitología ideológica de una logia que ve nacer una estrella de televisión. Y mientras manotea, mientras trata de decir lo que ya ha hecho, entre insultos provocado por el delirium tremens del poder, la nación comienza a encogerse en el miedo. La logia crece, la ciega multitud, los fans, adormecidos por las promesas y los gritos histéricos, se arruman como señuelos de aquel militar que llegó a Miraflores a destruir los sueños de un país. Aparecen disfraces, personajes, barbas y boinas, lagartijas y mensajeros de los dioses rojos. Un Che de cartulina invade las pantallas. Hasta que desaparece en medio de la mediocridad de sus creencias montado en un jeep.

Venezuela son estos textos donde Cárdenas sigue relatando la historia, la que escuece a diario, la que no ha terminado. Sale el país a las calles y el poder del militar llamado Hugo Chávez protagoniza en Puente Llaguno un ataque que queda bautizado como el puente de la masacre. Entre conjuros, maldiciones y el desentierro de los huesos de Bolívar, el país recibe una lluvia de cenizas para ser dominado —según ellos— por el poder de la revolución. Noche de brujas y brujos, noche de crímenes y derivaciones ocultas.

Desde afuera, desde la virtualidad, desde el exilio real, la pantalla para aliviar el desasosiego y la angustia de saberse lejos de la familia, entonces, en el muro de Facebook, el país aparece en sangre en protestas, en golpes, en disparos, en rostros derrotados, en soldados maldicientes y en civiles en motos que disparan contra jóvenes y viejos desarmados. Un inventario de maldades que en esta novela/relatos/reportaje/crónicas avanza indetenible ante los ojos de los lectores que ya han sido parte de eventos que han dejado profundas llagas sobre el mapa de la nación. Los muchachos corren, asimilan los gases y los perdigones, los heridos caen y son recogidos vivos o cadáveres mientras la hiena ríe por televisión. Besa cruces, jura bondades. Se amasa las manos y recurre a diversos dioses para ocultar sus crímenes. Pero no puede: las palabras, las narraciones vuelan por el mundo, Los ojos de un exilio no dejan que el silencio inunde casas y calles de la tierra. Por todas esas razones, hay razones para luchar, como afirma el intertítulo de Cárdenas, en esta reláfica de testimonios. Mientras las miradas recuentan y registran los ojos en el cielo destacan la presencia de muchos presagios. El mundo se ha enterado. El mundo sabe lo que ocurre. Las palabras no se extravían. Por eso, la resistencia avanza, sigue, no desmaya. Nombres y apellidos, cercanos y lejanos, amigos y familiares, Luis y Alexander, Oliver y la inocencia perdida, protagonistas de estas hojas que vuelan sin adorno alguno, sin imágenes literarias que puedan desviar la atención de lo que pasa en Venezuela. Y entonces, el vuelo de un helicóptero, como una mosca fastidiosa sobre el lomo de una institución. Un joven que intenta llamar la atención sobre lo que sacude el alma del país. El libertario, el hombre cuyos ojos quedaron grabados para siempre en una cámara mientras solicitaba que no dispararan contra ellos, desarmados. Oscar Pérez es también parte de esta historia. La libertad ha quedado manchada, una vez más, de sangre. Los verbos en todos los tiempos no podrán borrar este terrible evento que Cárdenas trae a su trabajo escrito. La muerte tiene los ojos azules. Pero siguen hablando a través de una grabación. Se oyen cantos, unos de agonía, otros de olvido. La memoria tiene lumbre en estas páginas. Esas melodías melancólicas que el exilio recibe desde los patios y terrazas de Venezuela. Y si se trata de citar, de ver hacia la Biblia: “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, dice el libro. Son tantos los que huyeron, los que salieron del mapa. Son tantos en tantos países. En este caso, desde Argentina, mientras el piso de Colombia recibe los pies de los miles de cansados, descalzos y agónicos venezolanos que escapan de la tiranía. Son las voces de la diáspora, los testigos, víctimas de uno de los crímenes más terribles cometidos contra una nación otrora dinámica, próspera y abierta a todas las personas que quisieran habitarla.

 

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Este libro de Moisés Cárdenas fue publicado por Avant Editorial e impreso en la Unión Europea en 2020. Es el contenido, el inventario de un pedazo de historia que aún no termina, que se sigue estirando como un lagarto infernal contra los venezolanos de adentro y los venezolanos de afuera. Contra el gentilicio que una vez fue orgullo de quienes ahora son víctimas de una tiranía conducida desde otros países por criminales conocidos desde hace décadas.

Los ojos de un exilio es todos los ojos de todos los exiliados que han sufrido por la instauración de un régimen criminal que tendrá que ser borrado del mapa mundial a través del juicio de la decencia y las leyes.

Con este trabajo de Cárdenas, donde su voz irrumpe con dureza, con la voz y los ojos de los exiliados y los insiliados, los desterrados y torturados, queda parte de la piel de los venezolanos expuesta ante el mundo.

Cárdenas lo cuenta con dureza, con la dureza de la realidad. La ficción quedó relegada por no ser parte de las evidencias mostradas por las propias víctimas y por los victimarios que se solazan en su poder.

Un libro nos contiene a todos, nos arropa con las voces de todos los que respiran estos tiempos aciagos, estos tiempos casi ciegos, brutales, estos tiempos de exilio.

Para algunos, el mal es sólo una muestra cordial equivocada. Hannah Arendt, citada por Juan Nuño, desliza y ahonda en este tema, en el de la maldad como asunto trivial. Asunto que muchas veces cuelga del cuello de las víctimas quienes sufren las consecuencias de la ingenuidad, de haber sido utilizados como corderitos, para luego ser empujados al exilio, fuera del corral donde fueron criados. El exilio es un producto elaborado con astucias desde el poder. En otros lares ya ha ocurrido. La diáspora venezolana supera con creces algunas que están en los libros, en la memoria de los sobrevivientes. La venezolana será —ya lo es— un grueso volumen literario e histórico merecedor de muchas tesis.

Con este trabajo de Cárdenas, donde su voz irrumpe con dureza, con la voz y los ojos de los exiliados y los insiliados, los desterrados y torturados, queda parte de la piel de los venezolanos expuesta ante el mundo, como una muestra de que lo que está pasando tendrá que ser castigado con toda la fuerza de la justicia.

Más allá de cálculos, de juicios silenciosos, este libro marca una pauta: aquí hablan todos los que se quedaron —vivos y muertos— y todos los que se han ido y lo siguen haciendo.

Alberto Hernández
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