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Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela, de Eloi Yagüe

lunes 5 de abril de 2021
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“Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela”, de Eloi Yagüe

1

Podría parecer trivial que unas alfombras sean las protagonistas del título de un libro de novela negra. Podría parecer, pero éstas, las alfombras, son el indicio, el comienzo, la sospecha, de que un sujeto esté metido en raros asuntos criminales. Raros porque en medio de la nada, en medio de una montaña, un ex convicto sea el más meritorio de los tipos que se hacen pasar por honorables, pero son lo que son, en este caso, un criminal que, en la montaña de la costa central de Venezuela, dirige un destartalado hotel que más bien parece escenario para una obra gótica. Pues bien, es gótica por lo sombría, por lo fantasmal, y por la presencia de un hombre que sólo se asoma al comienzo y luego aparece como un espanto a quien todo el mundo le teme, menos el periodista y aspirante a novelista Fernando Castelmar, quien aprovechó unas vacaciones para sentarse a escribir la tan anhelada ficción que nunca pudo escribir. Apertrechado con la poca ropa y una máquina de escribir, Castelmar se instaló en el hotel, otrora muy visitado, a intentar darle forma a su historia.

Pero no pudo. Más pudo el gerente general del hotel, Wolfgang Términus, un peligroso sujeto, quien recibe a Castelmar en su cómodo sillón como si se tratara de un ministro. Claro, era el periodista estrella de un diario capitalino, de mucho poder, muy leído por el temible personaje.

Castelar se da cuenta, con el correr de las horas, de la ruina y soledad del establecimiento, instalado en la montaña cerca de la población de Cacaotal, donde Términus tenía sus manos metidas en todas las instituciones y había corrompido a los funcionarios. Es decir, jefe de la mafia local.

La trama, como la de un Chandler o un Simenon, mantiene al lector pegado de las páginas. Hasta el final.

El autor de esta novela policial, negra o de suspense, es el escritor venezolano Eloi Yagüe, actualmente residenciado en España. Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela, publicada por Editorial Planeta (Caracas, 1999), es una trama donde los actantes son fijados —cada uno— en su estadio sociopsicológico. Es decir, no habrá duda en el lector al ubicarlos en sus acciones, nada ambiguas. De modo que se trata de una lectura en la que los códigos están bien establecidos.

En el mejor estilo de una novela policial, de investigación forense, periodística, el personaje pasea cómodamente por la montaña que escogió como escenario y donde instaló a sus víctimas y victimarios. Castelmar no pudo inventar su novela. Fue inventado, razón por la cual es llevado por un narrador testigo que lo modela. De la ficción imaginada a la ficción escrita.

Castelmar logra conocer a los otros personajes que por allí andan o habitan, entre ellos Antonio Agraz, un rostro que le pareció conocido:

Entonces lo reconoció, a pesar de lo cambiado, a pesar de los años transcurridos, a pesar de la calvicie y la voz quebrada (p. 24).

La duda queda en suspenso. También Agraz lo reconoce pero se hace el desentendido.

Ambos, Castelmar y Agraz, estrechan una amistad separados por la barra del solitario y oscuro bar, el del Gran Hotel Venezuela. Agraz es el barman, el cocinero y una suerte de confabulador, toda vez que se convierte en informante del periodista.

Pero ¿quién es Agraz?

El lector queda suspendido por la duda. Pero como en toda novela negra, la duda se despeja casi al final de la novela cuando Castelmar logra enfrentar a Términus, quien asesinó al viejo Agraz porque éste sabía de sus delitos y creyó que se los comentaba al reportero.

Agraz resultó ser el padre de Castelmar. La venganza se concentra en el visitante, en el aspirante a novelista.

Rodeado de secuaces, Términus asesina a algunos de ellos. Persigue, atemoriza. Es acosado, se escapa y se esconde, protegido por sus amigos en un túnel laberinto del viejo hotel donde Castelmar encuentra, quien cree que sus minutos están contados. Un disparo derriba al delincuente frente al periodista. Camargo, uno de los que trabajaban para él en el hotel, lo mata.

Esa es la historia. La trama, como la de un Chandler o un Simenon, mantiene al lector pegado de las páginas. Hasta el final.

 

2

La ficción —ese gusanillo que persigue a los novelistas— resbala sobre la realidad. Castelmar no escribe la novela: le sucede. Él es la novela que protagoniza gracias a la persistencia del narrador. La ficción, siempre intrépida, revela su realidad: revela en Castelmar los detalles, en este caso, las alfombras, que forman parte del tejido criminal de Términus. La ficción es también la realidad que no deja de ser ese monstruo que devora lentamente el tiempo detenido.

Cabría preguntarse si se trata de una metáfora del país el aspecto ruinoso del Gran Hotel Venezuela.

¿Se anticipó el autor Eloi Yagüe a través de la ficción a una realidad que hoy es la evidencia más clara de la corrupción?

E. C. R. Lorac, en su novela Checkmate to Murder (Jaque mate al asesino), en las primeras líneas, escribe:

El vasto estudio tenía dos puntos iluminados por focos; entre ellos había una extensión de sombras, incolora, informe, vacía. En un extremo del alargado aposento, semejante a un granero, donde la luz se concentraba más potente, había una plataforma para los modelos y una silla española de alto respaldo, colocada sobre la misma, con un biombo de cuero oscuro como fondo.

Queda que los lectores busquen la novela y le ajusten cuentas a esta “señorita” que, según parece, fue asesinada en la cárcel.

Y se me ocurre pensar que fácilmente Términus estaba sentado en ese sillón, el mismo que en su mansión usaba para recibir a sus cómplices y al periodista la primera vez que lo visitó. No imaginó nunca el gerente general del hotel que un reportero lo investigaría hasta llevarlo a la muerte. No imaginó nunca Términus que la de Agraz, el padre de Castelmar, sería vengada por un vigilante a quien el mafioso tenía en la mira para cazarlo a él, a su mujer y a su niña. Más pudo el coraje del ex sicario Camargo, quien le dio un “jaque mate” al otrora su jefe.

 

3

El personaje de ficción atraviesa una geografía real. Sale de la capital, pasa por Maracay y se enrumba hacia la costa aragüeña a través de un laberinto de estrecha carretera por donde milagrosamente circulan los autobuses, rodeada de árboles por donde, al final, se llega a un pueblo inventado. Un pueblo que tiene como base de sustentación laboral el cacao. (El Parque Nacional Henri Pittier sirvió de escenario para crear el viaje).

Los actantes, funcionarios y empleados que hacen el trabajo sucio, forman parte de un cuadro que fácilmente identifica la realidad de un país que se encuentra sumergido en la más vergonzosa corrupción. Esta novela negra es también una historia donde el engendro de politicastros —civiles y uniformados— hace fila frente al sillón de Términus, quien usaba ese falso nombre y otros para cometer sus delitos.

Vengada la muerte de Agraz por la mano de Camargo, quien fuera matón de Términus, queda abierta la posibilidad de que Castelmar escriba su novela. Pero nada, la ha ejecutado. Ya la ha vivido.

Una mujer, que usaba Términus para sus oscuros intereses, formaba parte del drama. Queda que los lectores busquen la novela y le ajusten cuentas a esta “señorita” que, según parece, fue asesinada en la cárcel. Aunque la duda ronda por la última página.

Como lectores no hemos visto el cadáver.

Alberto Hernández
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