“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Rotos todos los cielos, de Euro Montero

lunes 19 de abril de 2021
“Rotos todos los cielos”, de Euro Montero
Rotos todos los cielos, de Euro Montero (La Poeteca, 2021). Disponible en la web de la editorial

1

El dolor, personaje imprevisto o recreado, aparece en palabras. El dolor es un poema que se agrieta en la medida en que quien lo habla lo padece. El dolor no es una palabra, es un recado lejano que se va acercando, a veces lentamente, otras como una punzada. Son los dolores del cuerpo y los dolores del alma. Los que son de la carne y de los huesos conversan con quien tiene conciencia de que ese dolor podría desaparecer. Pero el otro dolor, el que no se advierte con los sentidos, el que no se siente entre las coyunturas o pliegues de la piel, ese que anda entre los órganos y se burla de los medicamentos porque no es material, es capaz de entregarse en palabras. Es más, lo hace. Una cefalea podría ser motivo de un poema, pero no es la poesía que entraña el desamor, el olvido, el odio o el despojo.

La poesía es más de enfermedades del espíritu. Aquella que habla del cuerpo complementa la que viene del fondo, de los abismos que el cuerpo contiene.

“No se puede ocultar el alma”, dice Herman Melville. No se puede esconder la mueca más profunda. El dolor protagoniza nuestra existencia. Siempre estará pendiente de nosotros. No es excluyente. Siempre está animado a retornar al lugar donde dejó huella.

Desde el primer dolor que apareció en el espíritu humano, desde ese instante, fue un quejido, una palabra, una voz. Y desde entonces, el dolor construyó una poética. El dolor se hizo arte, como el miedo, como la esperanza. Personaje, mito, desgarramiento de águila hambrienta, de piedra imposible de llevar a la cima. De parto largo, de luto y pasión.

Con el dolor, sea físico o espiritual, se rompen la noción del tiempo y el espacio. El sufriente mira hacia el cielo y se reconoce infinito en la fe, o en el olvido de su dios, aparentemente ocupado en otras lides. El dolor es cuenca para la teología, para la razón de ser del misterio, para deshacerse de la realidad y crear una nueva: el dolor es una estrategia que despide un aliento denso y desconocido, hasta que la víctima se recoge en ella misma y lo derrota.

La poesía ha servido para enfrentar el dolor. O para convertirlo en sujeto artístico. O en una ética.

 

2

Me encuentro con Rotos todos los cielos, de Euro Montero, publicado por La Poeteca de Caracas (Colección Primera Intemperie, 2021), y se activa una lectura en la que quien escribe anda en sus inicios en el dolor. Son dolores iniciales, primigenios. Son los que acechan desde el hogar, desde la esquina, desde los rincones, pero, más allá, los que quebrantan la edad más cercana al nacimiento. En este libro de Montero están nuestros miedos y dolores capaces de dejar una marca para toda la vida, pero que podrían servir para revisar a diario el andar por el mundo y verter en palabras, en poesía, la densidad de sus eventos, los de los extrañamientos y oscuridades.

La metáfora del título podría ser agobiante. Digo, podría admitir la desesperanza. O la posibilidad de que Alguien de arriba sea quien posibilite la llegada del reposo. Y aunque Dios —o los dioses— no estén en los poemas, la voz se oculta, la voz resbala por la también posibilidad de que el poema sea una oración sin término.

 

3

Me animo, me acerco a estos textos:

Llevo un pecho lleno de dolores (…)

colgado en una pausa (…)

cautivo en los oficios del abandono

Recogiéndome a mí mismo…


Una memoria muy frágil / me teje.


El dolor…:

es aquí que se asoma el cielo roto / saben las calles del temor…


Donde más callo tu nombre / apareces…


mi carne ebria.


Recorres una ciudad desconocida
un dolor viejo habita tu país

sobre veredas vas

cuerpos escondidos en el asfalto
¿alcanzaré alguna vez sus voces?

¿adónde llegaré con este crujir de mis pasos?


Cuánto miedo
no encontrar el poema
sus pájaros
ni un cielo para devolverte tu memoria…


Roto de cielo
miro hacia atrás

no puedo encontrar el miedo…

Alberto Hernández
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