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Diario de un médico inmigrante, de Juan Carlos Riera

lunes 12 de julio de 2021
“Diario de un médico inmigrante”, de Juan Carlos Riera
Diario de un médico inmigrante: relatos detrás del monóculo, de Juan Carlos Riera (2021).

1

Trazar el recorrido resulta un largo periplo por algunos países del continente americano. Pasar la mano sobre el mapa y sentir las alturas u hondonadas que le dan forma a esta tierra antes de esperanzas. Mirar desde abajo el cielo que se acerca imperiosamente con el clima, con los diferentes climas que ahora viven los que se desplazan por los túmulos, trochas, ríos o carreteras para escapar de la demencia de un régimen que ha convertido a un país otrora próspero en un erial, en un cementerio donde las ilusiones viajan con los sueños y la desesperanza forma parte del día a día.

Irse del país no es tarea feliz, como si se tratara de un viaje de turismo, de un paseo, de una excusión. Irse del país en las circunstancias que nos han tocado vivir es una aventura riesgosa, letal, si se quiere. Irse del país es perfilar el vacío sin voltear a ver lo que se deja en la casa, en los ojos de los familiares, en las calles hoy convertidas en una soledad dolorosa, colmada de extraños que se enriquecen con la miseria de los que han quedado atrapados en el mapa de Venezuela. Y digo extraños porque el poder mundial más represivo ha puesto su ojo en este país para abrir negocios en una suerte de capitalismo salvaje apoyado por uniformados y civiles que disfrutan de las prebendas, regalos o riquezas mal habidas que figuran en fachadas de bodegones y nuevos edificios a las claras sostenidos con el dinero que reciben de turbios manejos.

Entonces, los que han perdido todo, sus carreras, sus estudios, sus esperanzas, recurren a los aeropuertos (cuando se podía), a las fronteras (cuando ya casi no se puede), a los caminos prohibidos para poder salvar el aliento, parte de la familia y las profesiones.

La criminalidad, la inseguridad y un odio sembrados por el discurso de quienes se apropiaron de los recursos nacionales han empujado a una notable cantidad de venezolanos a irse a otros lares.

De esta historia ya tenemos muchos volúmenes. El éxodo, la diáspora, el exilio, el destierro, el escape, como quiera llamársele, es una marca que jamás se borrará en las generaciones que aún viven y en las que vendrán en camino, tanto dentro como fuera de Venezuela.

Médicos, periodistas, profesores, ingenieros, abogados, artistas, científicos, trabajadores fabriles, obreros, la gente que sabe trabajar y construir buscan espacios nuevos para poder continuar con sus vidas, porque en el país donde nacieron es imposible por las políticas criminales de quienes hoy están sentados en las poltronas del poder. La criminalidad, la inseguridad y un odio sembrados por el discurso de quienes se apropiaron de los recursos nacionales han empujado a una notable cantidad de venezolanos a irse a otros lares. Pero también han salido o han sido enviados muchos indeseables que han hecho más difícil el desempleo profesional de los necesarios, de los venezolanos útiles, de los venezolanos decentes.

 

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Un médico venezolano, de la ciudad de Maracay. Un joven médico urólogo, uno de los más prominentes cirujanos de nuestra región, Juan Carlos Riera, ha tenido que irse con su familia porque la delincuencia y demás males provocados por la “revolución” arrojaron contra ellos toda la fuerza del odio que se cierne sobre el clima de este trópico.

Su experiencia ha sido vaciada en un libro: Diario de un médico inmigrante: relatos detrás del monóculo, terminado de escribir en Santiago de Chile en abril del año 2020.

Se trata de un largo recorrido, de sobresaltos, de miedos y terrores surgidos de las sombras que los actuales “gobernantes” de Venezuela han usado para apoderarse de todo. El doctor Juan Carlos Riera, reconocido por su labor como médico en su especialidad, dejó su casa, su consultorio, los quirófanos, la familia, los amigos, sus calles, sus árboles, porque en dos ocasiones el resentimiento desatado por el discurso represivo y enfermizo del poder, al amparo de la nocturnidad de las vías públicas, lo atacó hasta producirle heridas físicas, para robarlo, para decir que era un ricachón porque tenía un vehículo y una bata blanca. Pero otras heridas aparecieron: las amenazas de secuestro de su pequeña hija. Amenazas provenientes de anónimos que seguramente tenían jefes en otras instancias del mundo del delito. Esto lo obligó a moverse a varios países a buscar posibilidades de trabajo como profesional de la medicina que es.

Costa Rica y República Dominicana, entre otros, fueron los lugares donde se presentó. Pero las dificultades, las reválidas casi imposibles, la prohibición del ejercicio como extranjero, todo eso, lo empujaron a mirar más hacia el sur, donde hoy se encuentra: Chile.

 

Juan Carlos Riera ha escrito un libro que hay que leer. Se puede obtener en Amazon.

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Ya en Chile, el doctor Riera comienza otra aventura para lograr instalarse tanto como médico de servicio privado como público. Logra eso luego de algunos años. Y tanto fue su esfuerzo que hoy es uno de los médicos venezolanos más respetados y respetables de ese país sureño. Es el líder de los venezolanos que trabajan con la bata blanca y el estetoscopio.

Se trata de un libro extenso en el que los datos acercan al lector a una experiencia que seguirá dando de qué hablar, puesto que se trata de profesionales de la salud egresados de universidades venezolanas en diferentes especialidades de reconocida capacidad científica.

Juan Carlos Riera ha escrito un libro que hay que leer. Se puede obtener en Amazon.

Desde Maracay, la ciudad que vio nacer y ejercer a este excelente médico nuestro, van nuestras felicitaciones por la valentía con la que ha abordado un tema tan delicado que involucra a varios países y sus responsabilidades frente al éxodo de profesionales de nuestro mapa, en este caso de médicos que hoy ocupan hospitales, clínicas y centros de salud en el país donde don Andrés Bello dejó una huella imborrable.

Alberto Hernández
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