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El complot, de Israel Centeno

lunes 2 de agosto de 2021
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“El complot”, de Israel Centeno
El complot, de Israel Centeno (Alfa Grupo Editorial, 2002).

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Leí esta novela desde un tiempo borroso. Es decir, el relato no tropieza con la ficción porque desde hace siglos los atentados forman parte de los deseos ocultos de los oprimidos por dictaduras y tiranías, hayan sido o sean en el sentido de haber sido y ser en tiempos idos y en tiempo presente. El complot, del narrador venezolano Israel Centeno, es una invitación a entrar en un mundo cuya sordidez forma parte del momento que vive un país, en este caso un país ya de ficción llamado Venezuela. Somos ficción, fábula, invento: la monarquía comunista que se aferra al poder ha creado toda una pesadilla que no termina de salir del sueño, de este sobresalto en el que las noches ya no son noches ni los días son días, porque el calendario se nos extravió, porque como zombis la gente anda pegada de las paredes, una tratando de hilvanar significados, otra amarrada a teléfonos para intentar comunicarse con Dios o con el diablo, porque la familia, perseguida por sospechosa, ha tenido que irse del mapa y corroborarse parte de un magnicidio que sólo existe o ha existido en la febril imaginación de un sujeto que quedó para mirar desde muros y edificios y ser nombrado a conveniencia de una existencia que ya no es tal.

Pero la novela de Israel Centeno va más allá porque ausculta, desde la premura de la historia que pasa en carrera por los habitantes o moradores de un territorio hoy devastado, el alma disidente, rebelde, demencial, clandestina de quienes (este quienes sigue siendo ficción) han pensado en resolver la política a través de un atentado contra cualquier sujeto que se sienta mesías, profeta, dios o tirano de una sociedad que lo detesta, y como sabe que lo detesta la persigue, la acorrala, la apresa, la tortura y la mata.

El relato de nuestro novelista registra, a través de personajes cuya realidad es el reflejo de los deseos abortados por el poder, la preparación, desde el mismo seno del poder, de un atentado contra un sujeto que se dice presidente de un país. El tejido narrativo, tramado con hilos que evidencian el conocimiento del lenguaje de la conspiración, descubre que desde el ministerio de seguridad política y policial se ha preparado el complot, y que los operadores de tal evento forman parte del mismo engranaje de ese poder.

 

Los tiranos desean los atentados, inventados o no, para crear la épica, su épica.

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La “traición”, vista desde la perspectiva de la “nomenklatura”, siempre ha formado parte de ese juego perverso de las dictaduras, sobre todo el de las izquierdas, quienes buscan inventarse enemigos para poder continuar en el poder. Pero en este caso, en el de la novela, el atentado se intenta consumar, pero es evitado por alguien de ellos mismos para que la conspiración tome más cuerpo. Es la dialéctica (la palabra obliga) de la confrontación, de la eliminación de quienes desde el mismo vientre de la “revolución” intentan tomar otros caminos. Ella, la “revolución”, no acepta otros términos, otras opiniones. Queda la disidencia, la clandestinidad, la traición, el juego de disparos y los muertos.

Centeno escribe desde su imaginario. Es una novela. Escribe desde la invención. Pero la tiranía no lo vio así y lo acosó hasta lograr él salir del país y asilarse en los Estados Unidos. Es decir, el poder se creyó la ficción e inventó la realidad de un deseo que germina siempre desde el mismo poder. Los tiranos desean los atentados, inventados o no, para crear la épica, su épica, la ira clásica del ofendido, la cólera de quien desde un micrófono ordena la persecución y exterminio de quien o quienes, desde ese imaginario, creó o crearon la historia de un atentado.

Por supuesto que toda creación literaria contiene una verdad, la verdad novelesca, pero para el poder político radical (calificado como fascismo de izquierda) la novela es tan real que ellos mismos se la inventan como reflejo de la decadencia o de la frustración por ser marionetas de otros poderes que han sido traídos como invitados para burlar la soberanía, controlar el descontento y fundar un infierno en el que sólo los poderosos no son chamuscados.

 

Será siempre la muerte la protagonista final del relato de la tiranía.

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Los personajes se mueven con la destreza que las mismas dificultades ofrecen. No es necesario darles nombres. Ellos son los mismos siempre: presidente, ministros, jefes del partido, policías, esbirros, sicarios, amanuenses, fablistanes (aquí cabe el uso de esa palabreja), picapleitos, prostitutas, animadores de ferias. Todos ellos forman parte del tejido que ha elaborado un atentado, un magnicidio, quienes hacen equipo con los más cercanos al mismo presidente. Es decir, las contradicciones emergen y comienza la cacería, porque el jefe de Estado ha desviado el camino.

Afirmar que la novela se lee como si se viviera es decir poco. Se vive una novela, un relato, porque ha tenido antecedentes, pero en el caso de Venezuela, la actual Venezuela, la novela se vive en la actualidad, en el presente activo, porque más allá de la ficción del atentado, el resto de los eventos son tan reales que disparan la emoción del lector.

Son miles los perseguidos, los encarcelados. Las víctimas de falsos delitos, de expedientes que suscitan la crítica del mundo pero que se quedan en el mismo papel. Millones los desplazados, los que han tenido que huir de un país tomado por asalto, cuyos tiranos inventan a diario atentados que son producto del miedo del poder, porque el poder también siente miedo. Muestra sus temblores en políticas endemoniadas, en el quiebre de la economía, en el abuso milico/policial y hasta comunal traducido en “colectivos” (jinetes motorizados) que atentan contra la ciudadanía inconforme, desnutrida, confundida, dislocada, atropellada, envenenada, envilecida.

Y será siempre la muerte la protagonista final del relato de la tiranía, engendro que ha logrado instalarse mientras sigue elaborando teorías conspirativas, legajos judiciales y aspavientos para hacer creer en una inocencia que sólo existe en la mirada congelada de un ángel sobre una tumba.

Alberto Hernández
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