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Centenario de Alfredo Armas Alfonzo:
El osario de Dios, una lectura transgenérica

viernes 6 de agosto de 2021
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Alfredo Armas Alfonzo
Todas las historias de El osario de Dios giran alrededor de los mismos personajes, de los tantísimos personajes que se han multiplicado en el autor en casi todos sus libros. Es decir, Alfredo Armas Alfonzo es todos ellos desde ellos. Alfredo Armas Alfonzo en los años 80 • Fotografía del archivo familiar (autor desconocido)
Las fotografías son cortesía de la poeta Edda Armas.

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Todo hueso revela una intención, una existencia. Y un destino. Su fisiología relata el movimiento, lo delata. Su acción se construye en el tiempo finito, en la estructura del cuerpo que ha dejado de ser. Un osario contiene la narración de muchas vidas. De la memoria que desplaza el olvido. Una osamenta confirma la presencia de un alguien que tuvo pasado, que elaboró, forjó un imaginario y dejó marcas imborrables. Tantos huesos anónimos develan la otrora presencia de una masa humana, nombrada, nominada o escrita por el ahora. Y Dios, dueño de todos los oficios, sabe que imaginar o relatar ese pasado descubre los signos de la pluralidad: Dios tiene ojo para todas las escrituras.

En esta sublimación teórica se afinca un discurso: Alfredo Armas Alfonzo, a través de El osario de Dios (Ediciones Fundación Alfredo Armas Alfonzo, colección Obra Completa; Caracas, 1996), despliega su aventura literaria, a decir de Julio Miranda, quien hace un extenso estudio de esta obra de “savias biográficas, geográficas, temáticas y hasta estilísticas” mediante el relato breve, la crónica, la historia local o regional de donde se desprende una genealogía que deviene novela en fragmentos, en la que el autor enriquece su escritura a través de la recurrencia íntima, familiar, comarcana desde el lugar del comienzo, de su génesis. De modo que nuestro autor organiza su narrativa a través del mito.

Cada relato origina la totalidad de una escritura cuya característica más reveladora radica en el hecho de que todas las historias giran alrededor de los mismos personajes, de los tantísimos personajes que se han multiplicado en el autor en casi todos sus libros. Es decir, Alfredo Armas Alfonzo es todos ellos desde ellos.

 

“El osario de Dios”, de Alfredo Armas Alfonzo
El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo (Ediciones Fundación Alfredo Armas Alfonzo, 1996).

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“Había una cruz en la Cruz de Belén…”, así nos invita AAA a leer su libro, como con el “Había una vez…” del cuento clásico, del verbo inicial genésico y adánico. Y con esa entrada, el autor organiza el esqueleto de su estrategia narrativa: Armas Alfonzo es un incansable narrador de intimidades que se hacen públicas desde la voz de los personajes que lo persiguen desde las orillas del Unare hasta las estribaciones de Valle de la Pascua. Es un mundo cuya cosmovisión encuentra sitio en la voz de sus muertos, en el acento de sus fantasmas genéticos, en el tono de las sombras que viven en esa extensa revelación geográfica; en la tesitura de los actantes que han vivido al lado del narrador y ahora son imágenes, figuras, retratos, fulguraciones. Ellos, los que moran en estas páginas, son las consejas inmanentes y trascendentes de una fábula asistida por la recreación de tantas lecturas forjadas en otras lecturas —lecturas: intralecturas— y dejadas ver como un túmulo desde donde emergen un tiempo y un espacio: el osario, el lugar donde reposan los huesos a la luz del mundo consagrados desde la imaginación, mientras Dios —ese Dios— es también parte integral de quienes desde su ausencia conforman los 158 relatos de este volumen. Es decir, 158 segmentos, fragmentos, ramas, hojas de un árbol que se nos antoja una novela donde cada espacio y cada tiempo definen el esqueleto de una comunidad de correspondencias. AAA jamás abandonó la tesis de que su tema era uno solo: monotemático fundó un modo de existir desde la memoria familiar, pero asistido por varias maneras de escribir: crónica, historia real, relato breve, brevísimo, corto, novela “para insistir en la intratextualidad transgenérica”, como afirma Julio Miranda.

 

AAA no se ajustaba a la fe como sostén espiritual. No obstante, recoge la creencia de sus personajes y la transforma en un tema que trasciende.

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Nuestro autor mueve el tiempo histórico: Bolívar, Zamora, Arévalo Cedeño, caudillos de siglos pasados y recientes ambulan por sus páginas, como si se tratase de fantasmas, de sombras productos o sobras de ficción. Lo que ciertamente son. Representaciones, retratos de un país que quedó fijado en el Unare, en Clarines, en Barcelona, en los pueblos cercanos a la tierra de su nacimiento. AAA ha convertido su espacio natal en un lugar de mitos. Y lo ha hecho a través de distintas miradas, desde distintas perspectivas, desde diversos géneros.

¿Dónde ha estado Dios en todo esto? AAA no se ajustaba a la fe como sostén espiritual. No obstante, recoge la creencia de sus personajes y la transforma en un tema que trasciende, porque los sujetos de sus páginas forman una sociedad de creyentes en medio de tanta diversidad: los personajes han sido reales, han sido parte de sus vivencias. Las anécdotas —convertidas en imaginario— han sido realidad, reflejos de lo vivido por él y lo vivido por el otro, plural de toda su obra.

 

Mercedes Alfonso
Mercedes Alfonso, la madre del escritor.

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Parte del prólogo de Julio Miranda:

Más de 300 personajes desfilan por El osario de Dios. Nombres y apodos permiten individualizar a unos 220, mientras que por lo menos otro centenar se nos da en apelaciones colectivas que impiden fijar su número, pero en general quedan cuantitativamente indefinidas (…). El protagonismo más frecuente pertenece a la constelación familiar: el abuelo Ricardo Alfonso; la abuela Lucía o Lucita Rojas Serpa, Mamachía; el padre Rafael Armas; la madre Mercedes Alfonzo; los tíos Ricardo y Tura…” (…). Gran parte de la obra posterior de Armas Alfonzo no es sino un desarrollo de El osario de Dios, al que no solamente remiten sus textos sino que lo prolongan, enriquecen y completan, a tal punto que muchísimos de ellos pudieran barajarse entre sus páginas para conformar una nueva suma, en piezas breves, de esa región del Unare trascendida en fábula.

 

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Algunos textos de AAA, tomados de El osario de Dios:

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Ur el titiritero sólo disponía de su estructura bronquial deficiente y de sus muñecos. Uno de esos muñecos tiene senos de trapo y Ur cobra por acostarlo con los niños que aspiran a perfeccionarse en el amor.

 

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Juan Cancio González Baquirito no era verdad que era inmortal. Sobrevivió a la toma de la iglesia de Clarines aquel 12 de enero de 1871 que tanto recordaba Mamachía y sobrevivió además a muchas guerras y a otras muchas heridas, pero cuando mi hermano Felo lo exhumó del viejo cementerio de Barcelona antes que Josefina Armas le hiciera meter un tractor, Juan Cancio González Baquirito no era sino un huesero ya deshecho y se le había mineralizado la sonrisa sobre el rostro.

El hueco de la bala sobre la ceja izquierda era un tercer ojo apagado y misterioso.

 

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Nolbelto de gracia y ello le bastaba para identificarse, tuvo su cara completa antes de que la lepra se la acabara. Primero le tarasqueó el oído de la derecha, le abrió la mejilla al punto de vérsele las muelas y por entre estos huesos la enfermedad se le pasó a la nariz, que también se la tumbó, hasta que finalmente se le corrió al ojo derecho de los dos que tenía azules y se lo escarneció.

Todos los años sin faltarle ni uno solo, Sotera su mujer le paría un hijo entre la candela, porque era epiléptica, hasta que la llaga lo mató, pero Sotera siguió pariendo lo mismo y los muchachitos siguientes sacaban todos el ojo derecho azul.

 

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Cochino Macho, el hijo de La Conga, cazaba los torditos con trampajaula, con pega, con lazo, con habilidad, les pintaba las plumas de las alas y el pecho con pintura amarilla y los pasaba como turupiales, a siete reales el casal.

Los compradores se quejaban después que los turupiales cantaban como torditos.

 

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Dolores Anato se negaba a creerlo. En lugar de un niño como ella estaba acostumbrada a partear, aquello no era sino un huevo, como los de las aves, pero mucho más grande por supuesto, y bien podía contenerse en la cáscara un feto. Aquella mujer no paría. Aquella mujer ponía.

Pavigallo y que la nombraban, y es lo cierto que Dolores Anato se llevó el secreto consigo. A nadie le expuso cuántos días duraba echada la parturienta.

Alberto Hernández
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