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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Los espacios cálidos: Vicente Gerbasi y Salvador Tenreiro

lunes 16 de agosto de 2021
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Vicente Gerbasi
Vicente Gerbasi (1913-1992).
“Los espacios cálidos”, de Vicente Gerbasi
Los espacios cálidos, de Vicente Gerbasi (Monte Ávila, 1992).

1

Tengo en mis manos Los espacios cálidos, de Vicente Gerbasi, en la edición de Monte Ávila, aquella Monte Ávila, la de 1992, en la que Salvador Tenreiro sirvió de prologuista, en la que Alejandro Salas se encargó de la bibliografía y la cronología. Tengo en mis manos un libro que no se debe perder de vista dada la precaria memoria que hoy ha invadido el país. Bueno, no creo que sea demasiado tarde. Se puede conseguir en algunas librerías de viejos ejemplares, en bibliotecas privadas y públicas (si es que estas últimas aún existen), en las callejeras bajo los puentes de Caracas, etc.

Tengo en mis manos un tesoro. Tengo en mis manos la de la Colección El Dorado. En pequeño formato. Tengo en mis manos las voces de Vicente y Salvador. Y quiero dejarlas aquí para que quien quiera reconocerlas lo haga. Y lo hago con palabras de ellos mismos.

Vicente Gerbasi escribe:

Crepúsculo de soledad

Vuelve a pasar el día por estos árboles quemados por el rayo,
por estas grandes rocas donde danzaron los enmascarados,
donde una mujer sale y tiende ropas fúnebres,
o algún pañuelo rojo
que bate el viento cálido del canto de los gallos.

Vuelve a pasar el día por esta soledad,
por esta soledad de espesas flores,
de negras mariposas
que vuelan lentamente por los ojos,
por la orilla del cielo,
donde los negros abren las moradas frutas del cacao
y miran un crepúsculo de guacamayos espectrales.


El leopardo

A Mariano Picón-Salas

El leopardo se refugia en la noche de las grandes hojas
que brillan como fuentes,
hunde en sus huellas escarabajos dormidos,
da vueltas en su furor oscuro
que tiene lumbre en los ojos.
En torno suyo la sombra huele a vegetales de menta,
dispersa luciérnaga entre las lianas.
Los cazadores toman su piel
y la tienden al viento como una constelación.
(***)

Y entonces aparece la voz de Salvador Tenreiro para decir de toda la poesía de Vicente, entre fragmentos que, como la poesía de Gerbasi, brillan en los ojos de aquella geografía espléndida:

Su obra ha iluminado, como ninguna otra, el espacio de nuestro paisaje interior. Su lenguaje promueve la delicia de una incomparable polifonía verbal (…). El Canoabo gerbasiano es el paisaje de lo sagrado, el espejo del paraíso, del imaginario y del ensueño (…). La edad de oro del poema gerbasiano es la sonoridad de los misterios del mundo vegetal, la luminosidad de un mediodía irrepetible y los aromas de una imaginación en la que un mendigo “con barba de nube”, duerme de perfil “en el aire de la aurora” (…). En el espesor de la poesía gerbasiana la soledad es exaltación de la delicia contemplativa en la que el poeta se aísla para soñar…

 

2

El libro, tentado por la esa soledad, retorna a la luz. Se abre en mis manos como un amanecer. Entonces Vicente nos dice:

Alucinaciones crepusculares junto a mis hijos

Descubrir de nuevo al caballo
en la luz vespertina del boscaje;
vagar en su mirada de agua lenta
donde flotan pájaros heridos;
encontrar el resplandor de los juncos,
el cielo de la paloma torcaz,
su canto perdido en las riberas fluviales;
ver la colina roja de las piñas;
despertar bambúes en un ámbito de silencio,
cuando se oscurece el agua de las ranas;
seguir el vuelo de los caballos del diablo
en torno a una flor acuática;
tender alfombras debajo de los árboles,
adonde vienen los mendigos a dormir en el aire de las luciérnagas;
organizar un rebaño de pequeños asnos lanudos
y seguir con mis hijos entre el vuelo de las cigarras azules.


Labriegos

A Héctor Poleo

Los labriegos vinieron a la tierra roja
contra un pesado viento de ceniza,
hundiendo las manos en la pelambre áspera de las cabras,
con duros perfiles frente a las lejanías.
Había un asno herido por un alucinado,
un asno con los ojos abiertos
que no había aprendido a quejarse,
y más aún, una mujer acostada,
y junto a ella un niño boca arriba,
que habían muerto en las horas de la noche.
Crecían las yerbas duras
Y había una soledad caliente de azules moscardones.
Los labriegos clavaron en la tierra roja una cruz olvidada.

Regresa Salvador Tenreiro:

La organización de la poesía gerbasiana, sin embargo, erigida sobre un soporte lingüístico y estilístico cuidadosamente elaborado, no obedece a razones programáticas ni tiene nada que ver con ninguna servidumbre militante (…). La poesía de Gerbasi se ha resistido siempre a los recetarios, a las fórmulas, a las modas, a las tecnologías escriturales (…). Frente a la simplicidad de un realismo de cartón, a la discutible fertilidad del estiércol poético nativista y al “melancólico provincianismo” que caracterizaban a muchos de los discursos poéticos venezolanos de las primeras décadas del siglo, Gerbasi promueve una actividad poética atenta a la manifestación de todos los sentidos (…). Poesía de alucinación, de iluminación.

 

3

Voz de Gerbasi:

Valle de San Juan

Para Amable Sánchez Vivas.

Nada más que el aire de las palmas
donde se refugian los contrabandistas,
y barriles que van rodando hacia la sombra.
Aire de Cristóbal Colón,
brillo de espada en el ámbito caliente.
El tiempo detiene aquí un sonido de guarura salobre,
casas ocultas entre flores,
y ofrece una absorta soledad
en la luz de los racimos de dátiles.


Canoabo

A mis compañeros Ramón Pallerol,
Mario Ecarri y José Francisco Moreno,
muertos en la aldea.

El cielo tiene grandes gallinas blancas
que flotan sobre un silencio de árboles.
En los patios caen chorros grises de granos de café
y su rumor es el rumor de la tarde.
Hay vacas lentas en las calles con yerbas,
donde se reúnen niños desnudos
en torno a la vendedora de conservas de piña,
donde un anciano vuela un cometa de seda roja
con una ancha cola como un arcoíris.
Es cierto, el arcoíris anduvo por las colinas húmedas.
Los sentidos brillaban en las frutas moradas del cacao.
Estuvimos mirando largo tiempo los pavos reales.
En ellos la tarde inicia una tristeza solar.

Y Tenreiro retorna:

Los espacios cálidos culmina la expresión poética más relevante de nuestra modernidad. Una de las particularidades que distinguen al libro concierne a la movilidad del sujeto, a su desplazamiento en el discurso (…). El poema va edificándose sobre los registros de los sentidos, vista y oído especialmente (…). Su identidad apenas se dibuja en algunos de los encadenamientos metonímicos presentes a lo largo del libro (…). Uno de los soportes estilísticos presentes en la poesía gerbasiana es el conocido con el nombre de sinestesia, cuya manifestación más conocida en la poesía occidental es la que se ejemplifica en la frase “audición coloreada” (…) en la que se ponen en juego las facultades correspondientes a dos sentidos distintos (…). Habrá que decir que Los espacios cálidos se publicó en Caracas, en septiembre de 1952, y que se convirtió muy pronto —a juicio de poetas tan relevantes como Francisco Pérez Perdomo y Eugenio Montejo— en texto de obligada referencia para la comprensión de la poesía venezolana contemporánea.

 

4

Y así, Vicente y Salvador, enllavados, hacen de este bello libro el otro libro que, siendo su autor el primero, hace del segundo elemento formidable para que el volumen estuviese a tono con lo que vendrá más tarde: más lecturas, más curiosidades, más búsquedas, más indagaciones, más placer verbal.

Alberto Hernández
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