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Laberintos del depredador, de Luis Marcelo Pérez

lunes 23 de agosto de 2021
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Luis Marcelo Pérez
En el libro del poeta uruguayo Luis Marcelo Pérez, el laberinto conduce al lector hacia el depredador, es decir, hacia los eventos que el mundo actual muestra como legado de tanta torcedura.
“Toda tormenta enrarece el corazón
y todo pájaro que canta sorprende al viento”
Rubén Osorio Canales, poeta venezolano

1

Que sea el título el que hable. Siempre hablan, siempre dicen los títulos, aunque oculten el misterio de su propia irreverencia o tributo. Que sea él, en este caso, entonces, el que pronuncie cada línea de esta “crónica poética”, según Gabriel Chávez Casazola, donde no hay tiniebla ni sombra que esconda lo que el poeta expresa.

Un laberinto, como el de Creta, siempre tendrá un monstruo que, a la larga, será derrotado. Siempre estará el Minotauro con sus cuernos preparados, con sus bufidos prestos a perder al que se atreva a entrar, algún Teseo intrépido, algún hombre o mujer que, armados de palabras, puedan activar el antiguo mito y posibilitar otros senderos. Un laberinto siempre termina siendo una pesadilla, un juego donde el miedo destina un depredador al final, en pleno sobresalto. En el instante del despertar.

Son tantos los laberintos como los depredadores. Pero también muchos los que logran avistarlos para mostrarlos y dejarlos expuestos, al descubierto, ante quienes ya le han perdido el miedo.

Es un libro en el que la víctima es la Tierra y sus hijos, los apartados por la perversión, por el daño a la naturaleza.

En este libro, Laberintos del depredador, del poeta uruguayo Luis Marcelo Pérez (Montevideo, 1971), publicado en la capital de su país en 2021 por AG Ediciones en la Colección Espacio de Poesía, el laberinto conduce al lector hacia el depredador, es decir, hacia los eventos que el mundo actual muestra como legado de tanta torcedura, de tanta profesión de fe perversa, de tanta inmaculada redención frente a los abusos.

Es un libro reclamo, un libro crítica, un libro dolor, un libro destinado a denunciar lo reverenciado por quienes han ejercido el poder, por quienes han creado los laberintos desde la depredación de sus ejecuciones. Es un libro en el que la víctima es la Tierra y sus hijos, los apartados por la perversión, por el daño a la naturaleza, tanto a la humana como a la más inocente de todas: la misma naturaleza mancillada, cortada, incendiada, colapsada. La naturaleza como árbol que observa desde su silencio, como animal martirizado. Es un libro donde el lector encontrará que la política es una herramienta que sirve para todo, muchas veces para hacer el mal, para derrotar el bosque donde la civilidad podría ser posible.

Es un libro donde el pesimismo aflora como advertencia de lo que desde hace años ocurre en nuestro ámbito. De lo que está ocurriendo y fue anuncio en las pantallas y páginas de ciencia ficción.

Nada de lo antiguo queda tan lejos: el laberinto griego nos persigue.

 

2

Llegar al mundo, abrir los ojos y tratar de adiestrarlos para poder entender que “naces / entre la injusticia / bajo el bostezo // centro de ningún mundo / te meces insaciable”, y luego espabilar, intentar que la salida al mundo no sea la oscuridad. Que haya propósitos nobles (dice uno) para que el centro de ese mundo sea el mismo ser que lleva en sus adentros y el que mira en el afuera, sean árboles, animales, furias estacionales, puntos cardinales, y que no sean personas “sin preguntas / tragonando el vacío”. En todo caso, llenándolo con palabras, con la necesidad de salvar, de no seguir segmentando los cuerpos y las almas.

Esa previsión al escribir advierte en Luis Marcelo Pérez la también necesidad de escribir en retazos, de tomar en préstamos los ruidos de todos los ambientes y hacerlos suyos, como suyos son, y pregonar lo que es ya conocido, porque muchos, los menos que se atildan ciudadanos, no saben que están en el mundo fuera de control.

Por eso, muchas veces, “la muerte” se queda sin respuestas, sin esas respuestas.

Una de las posibles la tenemos en los pulmones, en las diversas patologías que la urbe universal carga en el miedo, en un virus que día a día agranda el terror…

Vida / dispuesta / cuarentena / limpieza del mundo,

“limpieza” que recuerda la teoría neomalthusiana según la cual hay que vaciar el mundo de tanta gente, sacar de circulación la cifra que se abulta sobre el globo terráqueo, sobre la pobre Tierra “tan poblada de seres / que ya nadie escucha”, mientras “la luz de los imperios / derrota / toda posible salida”.

¿Quién “anula el horror”? ¿Quién podría salir en defensa del humano ser si las palabras no se oyen, si el mundo ahora es plano o cuadrado, si los rostros no se identifican, si un barbijo es ahora nuestra antigua máscara griega?

 

3

Este libro arde en las manos. Cada fragmento, minimalista agregado, denigra, con razón, de los límites del pensamiento, de la conciencia mundial, de la pérdida del “árbol castrado”, antes soñado, del río convertido en cloaca, del cielo sucio, de la casa abandonada.

Carne / muerte perfecta / planeta / sin hojas de rumbo / cadena perpetua / y una despedida / muy razonable,

Los sueños vacilan y se convierten en pesadillas “y ni una sola utopía” queda en el escenario porque todas fracasan.

que se diga de la política como grano de arena en los ojos, del mundo como cárcel, de la poesía como distractor para los que resumen su universo en propiedades, en trueques, en la vacilación del eje de los sentidos.

De allí las preguntas, obligadas preguntas: “¿Llegaremos? / ¿Realmente llegaremos?”.

Un sacudimiento pesimista no deja de ser razonable. La poesía sale en anuncio de lo que ya sucede entre nosotros. La tierra se mueve, tiembla y nada pasa.

Mientras tanto, los sueños vacilan y se convierten en pesadillas “y ni una sola utopía” queda en el escenario porque todas fracasan, sobre todo aquellas que vienen a redimir y se convierten en tragedias, en “las miserias / de un tiempo / sin tiempo”.

El poeta localiza un lugar, un lugar preciso, exacto: “En la Villa Escudero / el gallo respira su despedida”, y el gallo podría ser la única voz que quedaba en los patios del pasado, porque hoy desde hace días “el mundo se quema / el mundo se seca / el mundo se desborda / se desploma”.

 

4

La pérdida del sueño, la llegada de los signos, de los que abundan en la notoriedad de los que tienen la fe puesta en las nubes, allá donde “El cielo no cosecha ángeles / sólo estrellas que devoran / las ilusiones de una multitud callada”.

 

5

Desde la entrada del laberinto, mientras el depredador acecha, es “inevitable lavarse las manos” y ver las “cenizas / huérfanas de toda memoria”.

Visión apocalíptica que se enseñorea y describe la mirada ciega de quienes siguen aupando la destrucción del todo.

Alberto Hernández
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