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Grietas del tiempo, de Gigia Talarico

lunes 13 de septiembre de 2021
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Gigia Talarico
Gigia Talarico se pasea íntegra por las palabras que pronuncia en su poemario Grietas del tiempo.

1

El tiempo se resume en el tiempo. Se recorre como cuerpo inasible. Como tema poético desliza su coraza por cada palabra y la traduce. Igual sucede con quien escribe y se acerca al tema del tiempo: lo toca, lo roza, lo trajina y lo hace mirarse en su desmesura. Pero el ser humano, el poeta, en este caso, es el tiempo, es su propio tiempo en el poema. Se hace y deshace en el texto. Viaja en él sin necesidad de tener que preguntarle si es finito o no. El tiempo es el poema. Se hace tiempo el poema cuando éste se sabe transgresor, imagen de lo que pasa y no pasa. Al tiempo no le incumben los hechos o las cosas. Ellos están en el tiempo como la conciencia, como el cuerpo, las ansias, los deseos, la vida, pero no la muerte porque en la muerte no hay tiempo. Y si lo hay sólo lo advierte quien lo inventa, como ocurre con la imaginación de quien escribe o hace arte con el espíritu del tiempo.

No hay obstáculo que el tiempo no pueda vencer. Y es tanto su poder que abre puertas que antes no se abrían, ventanas, cajas mágicas, pandoras rebeldes, mares bravíos, cielos encapotados. El tiempo es la agonía de quien trata de detenerlo. Por eso entra y sale, se desliza invisible sobre la piel, sobre el áspero pellejo de las bestias o sobre la suave y sagrada piel de la eternidad que el humano cree poseer en la mirada.

Grietas del tiempo es el contenido de muchos tiempos, de muchas edades, de muchos quebrantos, sensaciones, miedos, soledades, ilusiones, infancias vividas, amores detenidos en un almanaque.

Su autora, Gigia Talarico (nació en 1953 en Santiago de Chile; vive en Santa Cruz, Bolivia), se pasea íntegra por las palabras que pronuncia, mientras el tiempo, el tema que aquí enfrenta, sigue su curso indetenible. Cada poema es un alto, un minuto, un segundo o toda una existencia. Cada texto aquí escrito, verbalizado por las horas, es la eternidad que la poesía suele divagar, tocar sin temor, porque el poema es el tiempo que habrá de ser recordado u olvidado por ese mismo tiempo, toda vez que el lector es el tiempo pensado.

 

La poesía de Talarico es insistente: su yo se afinca en la porfía por descontenerse.

2

¿Qué destino albergar mientras pasa el tiempo si el destino es la última estación que habrá de recorrer quien haya instalado su imaginario en el mismo tiempo?

Que diga la voz del libro en estas líneas: “Tenía esa tarde / la mirada / impredecible y oscura / cortado el aliento / y borrada la memoria”.

La memoria, el lugar donde el tiempo permanece. Y la mirada, su cobijo. Tan impredecible como el mismo relato del tiempo, la oscuridad es tan variable. Umbra y penumbra, luz y sombra. Palabras que dialogan con quien frente a una ventana dice: “Sola estoy / en un recinto sin fronteras”. ¿Tiene fronteras el tiempo? Su libertad radica en el hecho de que el tiempo encuentra por dónde entrar y salir: por el alma y por los muros interiores, por las heridas y por las costuras de quien en silencio sabe que la palabra quedará instalada en el mismo tiempo, “En la frágil / frontera del tiempo”.

La poesía de Talarico es insistente: su yo se afinca en la porfía por descontenerse, por seguir la invisibilidad del tiempo pese a la “arenosa lápida / sin texto”, donde se conjugan los augurios, las revelaciones, los instantes del poema, y de esa manera “compartir una memoria”.

 

3

Todo pasa a través del tiempo, de sus grietas. Y él ocurre en y sobre todas las cosas. El que piensa lo inventó, supo de él desde el mismo tiempo, desde el desgaste. Desde el nacimiento y la muerte. Desde el transcurso entre ambos extremos de conciencia.

Sólo puede detenerlo la imaginación. Y como “el sol abrirá sendas”, así el pensamiento es capaz de “inventar recuerdos” en medio de su reino, en medio del desmesurado cuerpo de los horarios.

 

Ese mismo yo, el de la poesía, destinado a silenciarse o a cantarse, practica muchas veces “el arte del olvido”.

4

Quien dice, quien habla, quien escribe, quien vive, quien respira, se asoma al abismo del yo. Y desde él la soledad como presencia activa. El yo se mueve con el tiempo, se hace persona en la voz, esa que se tropieza con ángeles, el posible ángel terrible de Rilke. El ángel transgresor, el que “se llevó la paz”, el que sabe que “hay un río que bulle muy dentro”, allá donde el tiempo guarda su poder, entre “profundas soledades”.

Ese mismo yo, el de la poesía, destinado a silenciarse o a cantarse, practica muchas veces “el arte del olvido”, como una manera de hacer que el tiempo no logre trasponer el exceso de vida, “…el mito / gastado del alma”, donde un “ángel sin morada” podría extraviar su gracia.

 

5

Grietas del tiempo es un libro de lectura suspendida. Es válido decir que es un libro para leerlo entre paréntesis. Dejarlo, tomarlo, respirarlo, asumirlo como propio porque la voz de quien dice se apropia del lector, le entrega su yo, sus quebrantos, “el mítico tesoro / de la herencia”, resumido en la lectura misma como ofrenda, para apartar, de ser posible, “la mano del miedo”.

Desde el tiempo detenido está una niña. Es la misma que ahora escribe, que ha creado libros, universos, dimensiones, y aunque diga que “lejos está la infancia”, ésta sigue siendo parte del tiempo repasado. Pero, contradicción al fin, la poesía nunca deja de ser joven, infante, morada de la inocencia, de allí que cuando ella se hace plena edad, “se me hace difícil / recoger mis huesos”, porque —pese a todo lo afirmado— “el tiempo” (es) “implacable / se desgrana” y se convierte en “una ilusión tardía”.

Nada queda del tiempo si éste no se nombra. Sus grietas siempre están abiertas para que las palabras, la poesía, lo cotidiano o lo maravilloso, puedan solazarse y transformarse en memoria, en el tiempo mismo.

Alberto Hernández
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