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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Hombres que eran bosques, de Cesia Hirshbein

lunes 18 de octubre de 2021
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“Hombres que eran bosques”, de Cesia Hirshbein
Hombres que eran bosques, de Cesia Hirshbein (Popular, 2020). Disponible en Amazon

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En su libro Un instante de silencio en el paredón: el Holocausto como cultura, Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura 2002, escribió: “Nuestra mitología moderna empieza con un gigantesco punto negativo: Dios creó el mundo y el ser humano creó Auschwitz”. Estas líneas, un aforismo que remueve la conciencia de la civilización, podrían ajustarse al primer relato que hace cuerpo en el volumen que Cesia Hirshbein acaba de publicar, titulado Hombres que eran bosques (Editorial Popular, colección Letra Grande; Madrid, España, 2020), toda vez que ese campo de concentración nazi, donde las vidas de miles de judíos, gitanos y otros seres humanos fueron sacrificadas y enterrados sus cuerpos en fosas comunes, es la metaforización de lo que podría ser después belleza natural: esos cuerpos se convirtieron en una arboleda, arbustos, vegetación: bosque. Pero el título usa el verbo ser en pasado, lo que quiere decir que ese Dios que creó el mundo sabía que esos hombres ya eran —en el poder profético de Yavé— el bosque porque añoraban la libertad, la existencia, la que tanto sentían cuando se aproximaban a las cercas electrificadas y veían los inmensos pinos, cipreses, álamos o abedules que se alzaban hacia el cielo, como buscando la confirmación divina de que algún día serían parte de esas hojas y ramas que la brisa traería a los testigos que, en el futuro, visitaran el campo de exterminio de Auschwitz.

Cesia Hirshbein relata con toda desnudez parte de la memoria de un personaje que visita ese “bosque”, esa espesura humana del recuerdo, esa hojarasca donde quedaron también las pertenencias de los sacrificados: maletas, zapatos, fotografías, libros, papeles, ropa, perfumes.

La afirmación de Kertész destaca un comienzo y un final: la creación del mundo y el fin de éste con la muerte de tantos inocentes a manos de los nazis. Dios crea el bosque, el hombre de madera, que pudo haber sido aquel del Popol Vuh, fracasado, quemado por el fuego del mismo hombre que un día fue parte de ese bosque. El título del libro de la narradora venezolana nos induce a pensar que ellos, los sacrificados, los mártires, ahora son la memoria: el bosque despejó la verdad de quienes se creían superiores. Y el bosque genésico, el que Dios fundó como mundo, se hizo otro porque más pudieron el odio, la perversión, el totalitarismo y la fuerza de la maldad que la vida auspiciosa de los tantísimos árboles que ahora llevan, cada uno, el nombre de quienes fueron asesinados, fusilados, convertidos en la madera para ese Holocausto.

La belleza del título, así como su contenido, nos revisan como seres humanos, más allá de nuestras propias cavilaciones acerca de la vida y la muerte.

 

Cada relato es un segmento de vidas que conjugan la existencia de ellos en Caracas, en Nueva York o en Europa.

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Este libro de Hirshbein contiene seis cuentos donde la brevedad forma parte del tiempo que dura la agonía de quien está a punto de ser perforado por una bala a la orilla de una tumba donde muchos cuerpos se pudren. Donde el bosque fue testigo y después parte de la savia que conserva la memoria para denunciar lo acontecido: muchos alemanes decían no saber nada de lo que pasaba en ese siniestro lugar y en otros de similar perversión.

Pero nuestra narradora no sólo nos traslada a uno de los lugares del Holocausto. Se recoge en otros paisajes, en otros espacios donde sus personajes han sido asimilados por las coincidencias, las sorpresas o las herencias de ese pasado terrible vivido por sus padres o abuelos en la Europa invadida por Hitler.

Los títulos “Hombres que eran bosques”, “Como un perro atravesado en la avenida”, “Ella”, “El largo camino hacia la cumbre”, “Se hacen y se componen” y “Vieni…Vieni, la mía vendetta” hacen el libro. Cada relato es un segmento de vidas que conjugan la existencia de ellos en Caracas, en Nueva York o en Europa. Es decir, el ir y venir de quienes un día fueron aquellos bosques y ahora se han regado por el mundo, por la Venezuela donde vive la autora, quien forma parte de esa herencia de la que no puede dejar de ser porque es sangre o alma de aquellos que cayeron en carne y huesos y ahora son flora donde un mundo de voces se combina con el silencio.

 

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Kertész, en el mismo libro, señala: “Ante un fenómeno como Auschwitz, no llegaremos muy lejos con la lógica, por supuesto; según parece, en este caso la razón fracasa”, y fracasa porque falla la explicación, la llamada “banalidad del mal” que la pensadora Hannah Arendt dejó como idea, criticada por quienes saben que la maldad va más allá de ser banal, más allá de la sonrisa del asesino, de la supuesta imbecilidad del criminal. Fracasa porque no tiene sentido ser un criminal. No tiene sentido matar porque no se es “puro” de origen. No tiene sentido en ningún sentido.

La lógica estudia el odio pero no puede explicarlo según sus cánones. El odio es demasiado visceral aunque muchos lo intelectualicen. El odio está detrás de las costillas y desde allí se piensa para desplegarlo, pero no es nada banal. Es odio en construcción, forma parte de una cultura enajenada. Explicarlo lo ajusta a una razón. Y la razón no tiene nada que ver con el odio.

Por eso la razón lógica fracasa, pese a que los jerarcas del odio lo tomen como una lógica formal, porque aun cuando el odio sea pensamiento no tiene ningún asidero para permanecer, para hacerse frente a la prosperidad colectiva, frente a la existencia misma.

El odio borra al otro, por tanto es un extremo temporal, porque él será también borrado. No será bosque.

 

Bien armados, relatados con densidad y sin rebuscamientos, estos cuentos de Cesia brindan una excelente oportunidad para entrar en unas historias que aún duelen.

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Los descendientes de los judíos sacrificados en los campos de concentración encuentran lugar en Venezuela. Los cuentos “Ella”, “El largo camino hacia la cumbre” y “Se hacen y se componen” agrupan a personajes que vienen de ese “bosque”, que son parte de los sobrevivientes, los que pueden contar las historias que quedaron truncas, que quedaron incompletas, que sugieren un viaje a los campos de exterminio o a los pueblos cercanos donde se estableció “la solución final”.

Una mujer, “Ella”, elegante, con recursos, fallido viaje por fracaso amoroso, escoge ir a Alemania a un tour en el que está previsto ir a la comunidad de sus abuelos, a las calles y casas de donde parte la savia de ese bosque.

En “El camino hacia la cumbre” aparece un “fantasma” en lo más alto del cerro Ávila, personaje que ha cometido dos crímenes contra judíos alemanes que vivían en Caracas. El guardabosques, el “fantasma”, es una suerte de enviado del pasado quien se encarga de matar en nombre de su perdido poder totalitario. O al menos así lo dejan ver sus ademanes, su estatura, el color de sus ojos.

“Se hacen y se componen” es la historia de un zapatero remendón de origen judío que se estableció también en un barrio de Caracas. Su esposa murió al momento del parto por él negarse a que se le practicase una urgente cesárea, acción que es cobrada por la hija, quien ya adulta se alejó de él y se estableció en Estados Unidos. El zapatero, arrepentido, deja una carta y una herencia cuantiosa para la hija. Pide perdón mientras la hija sufre los rigores del recuerdo. El Holocausto sigue su curso en el dolor de los sobrevivientes.

Todos estos relatos, sin dejar de mencionar “Como un perro atravesado en la avenida” y “Vieni… Vieni…”, conforman un cuadro donde la tragedia, el dolor y el pasado construyen una escritura, una lectura que marca al lector, que lo hace partícipe de cada uno de los eventos que los personajes ejecutan en estas páginas.

Un libro para todos los momentos, más en estos tan aciagos que buscan un espacio para la comprensión de tanta conducta criminal.

Bien armados, relatados con densidad y sin rebuscamientos, estos cuentos de Cesia brindan una excelente oportunidad para entrar en unas historias que aún duelen, que han marcado el nervio más sensible de la humanidad.

(Creo que la autora debió excluir del libro aquellos textos en los que no está presente el tema del pasado judío. Pienso, más allá de la calidad de los dos relatos mencionados como fuera de tema, que pierde continuidad o cierta fuerza la lectura, porque, quien lee, al entrar en el primer trabajo espera que las demás historias estén conectadas, aunque no es estrictamente obligado, porque en todo bosque hay árboles de toda especie y alturas, pero se resiente la tensión que el cuento inicial alojó en el ánimo del lector.)

Alberto Hernández
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