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Muro, de Sandra Concepción Velasco

lunes 1 de noviembre de 2021
Sandra Concepción Velasco
La boliviana Sandra Concepción Velasco inicia, en su poemario Muro, su viaje hacia los significados que cada lector sabrá interpretar.

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La poeta boliviana Sandra Concepción Velasco escribe sus poemas en un denso muro de significados. Desde la aparición de la computadora, desde los primeros grafitis, desde los balbuceos que se hicieron palabras, la voz muro significa pared, separación, frontera, división, invisibilidad. Para ella, para Velasco, un muro es un universo de hallazgos, en el que se escribe lo público y lo privado, pero en su caso la intimidad juega papel relevante porque se desnuda entre voces y en imágenes que ella misma plasma para gusto de quien lee y mira, para quien descifra desde su yo y para quien recorre el trazo de sus creaciones plásticas. Entonces estamos frente a un libro donde dos artistas en una se hacen tres porque ella menciona en su trabajo a las tres mujeres que la formaron, que la han construido como un muro donde ella es leída y hasta puede incorporar su propia existencia como mujer, quien se pregunta si lo es y se afirma como mujer que busca y encuentra: suficiente advertir que la poeta Sandra Concepción Velasco escribe como una mujer que se descubre a cada instante, más allá de que ante algunos se pregunte hasta dónde lo será.

Su poesía es una decisión implacable: es cuerpo y alma desde la palabra que la representa.

Son varios los muros que la historia ha promovido. Desde aquellos primeros en los hombres iniciales marcaron sus rutas, dibujos y códigos sólo comprensibles por los que dejaron su impronta a la intemperie o en cuevas. Muros designados, apuntados, rayados, dibujos. Muros de enigmas, jeroglíficos, animados por pájaros, cuadrúpedos, alados o terrestres que el ojo de ellos pudo destinar escritura futura. Muros y paredes donde se contuvo la sangre de los azotados, de los castigados, de los testimoniales, de quienes pegaban la cabeza para comunicarse con sus dioses. Muros silenciosos. Abarcados por los astros durante las noches. Muros en lo blanco y en lo negro. Muros para descifrar el tiempo. Muros cuadrados para encerrar el crimen y la inocencia. Medidos por la mirada extraviada de quien lee en silencio su cautiverio, y de allí, sin volver la mirada a tanto pasado, como quien no quiere alzarse con tanta penuria casi olvidada, 66 metros cuadrados de una caja donde el alma se sacude o un cuerpo respira.

Todo lo anterior resume la aspiración de quien escribe con el título del volumen hoy convocado, palabra que recoge la variedad de los mundos reflejados en la intimidad de esta mujer.

La poesía comienza en ese instante y se hace libro titulado Muro, cuya autora, la boliviana Sandra Concepción Velasco, inicia su viaje hacia los significados que cada lector sabrá interpretar.

 

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Y será desde la adivinación, desde la mirada puesta en la piel que lea los designios invisibles o visibles del mapa de su persistencia:

Abro mi mano / cartografía predestinada / no hace falta quiromancia ni adivinación / realidad que escupe / cierro / la palma es un puño / premonición.

Trazado como boceto, como palabra que expresa lo inasible, la poesía se mueve. Se hace geografía corporal femenina. Desnuda es visión verbal y deseo en “Aureola”: “Contemplas mis pezones / brillan / estallan en tus pupilas / redondos como ojos de medusa…”, y se aligera el mito, el largo viaje de aquel que fijó la memoria en el mar mientras la mujer tejía, esperaba, rodeada de pretendientes azuzados por la misma espera.

Ulises y Penélope, personajes que retoman la hoja en blanco y se versionan. Carta que viaja en medio de los presagios, mientras el cuerpo de la mujer es imaginado por el ausente, y, así, más tarde, un tramo más allá de otras líneas fronterizas en la lectura: “Arisca / Cóncava / un animal de ternura / indomesticable / una sonrisa partida…”, ¿la misma mujer, la otra, la que se concibe como imagen tras el muro? Pero es ella, la mujer, la que no se marcha, la que traza su figura como mensaje en la estructura que divide los cuerpos y los hechos, suerte de cavilación que integra la voz con el deseo de “volver al origen”.

 

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Ya no es la antigua pared sometida a los tantos mensajes. Al clima y sus tormentas. A las miradas que dejan nombres y relatos para que los que vengan otro día puedan seguir la ruta, el camino marcado. Se trata del avance del tiempo, de la llegada de una inteligencia capaz de seguir siendo el muro, el rostro, el perfil, la cara que identifica los mismos mensajes en una pantalla. Íconos de hoy, la imagen de la autora como artista plástica ayuda a entender que estamos frente al arribo de otro mundo donde el hombre es el mensaje, el que se mira desde lejos a través de una máquina, de una soberbia invención.

 

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Pero también está el dolor en esas tres mujeres que supieron de la vida de quien escribe, de quien viaja, de quien asume el mundo como una totalidad. Parte a un lugar y la madre llora, la nana se mortifica. El poema existe. Es en ese instante, en ese muro de lamentaciones, del existir pleno.

Dice la voz:

Voy cerrando los ojos / alzo las alas / abro los bordes de la palabra cielo.

El poema aéreo, pájaro, el poema niña, el poema Malcriado en la tentación de ese infinito que se muestra en el arriba, pero también en el abajo donde la tierra altera los sentidos: “Voces culpándome / por ser mujer”, y sentirse “una extranjera / en mi propio ser”, y por eso “Soy fruto y trino”.

 

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Imágenes calcadas en el muro, creadas por Sandra Concepción Velasco, poemas gráficos como aquel que recorre calles ancladas en el mar Caribe y en el trópico venezolano, especie de repulsa contra el abuso, el crimen y la falta de libertad:

LES QUITARON / TANTO / TANTO / QUE ACABARON / QUITÁNDOLES EL MIEDO

Y también en un muro carcomido en Siria donde ya no es posible vivir, donde los colores emigran de la luz, se desvaían, se pierden en el mismo mensaje, pierden sus códigos. Muros para tantos lamentos.

Alberto Hernández