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El sol de los ciegos, de Alfredo Pérez-Alencart

lunes 22 de noviembre de 2021
“El sol de los ciegos”, de Alfredo Pérez-Alencart
El sol de los ciegos, de Alfredo Pérez-Alencart (Vaso Roto, 2021). Disponible en la web de la editorial

1

La ceguera es la luz plena de los videntes. Desde la sombra que no existe, la luz increpa el ojo y lo desvanece, lo hace cerrar su párpado, encarar la reflexión que está a pocos pasos de su entorno. Entonces mirar se torna sospechoso, multiplica sus deficiencias, sus dudas. Mirar es sólo un intento porque lo mirado ya no está, fue una vez parte de esa luz que se niega ahora a ser forma en el fondo del ojo que fabrica ilusiones, las quebranta con su manera de imaginar, de ser silencio o soledad.

Quien se arriesga a doblar la esquina de una palabra. Quien no abunda en silencios, llega a ser parte de esa luz. La luz enceguece, no descubre formas, las oculta mientras la sombra, la oscuridad se torna perseverancia en la búsqueda de los significados. Todo es mirada, mas no descubrimiento. Todo es mirada, posible engaño. Y la ceguera es una forma de mirar, de ver, de encontrar, de hacerse la multiplicación de las voces que provienen del misterio.

Quien escribe acerca de la luz podría revelarse en medio de la sombra. Y la ceguera ajena es su manera de llegar a la forma, al cuerpo ingrávido de quien será mirado o al menos advertido.

Así, la poesía, esa cuantiosa reverberación, se asume en medio del papel que consume la luz, que es también consumida por la sombra, como la llama que quema cada propósito y deja en el ambiente el olor de las palabras.

Así, la poesía, digo, este libro de Alfredo Pérez-Alencart, El sol de los ciegos (Vaso Roto Ediciones, Madrid, España, 2021), donde todas las cegueras se vuelven líneas, versos, alcances del oído, de los ojos de todos los sentidos prestos a multiplicar significados, porque es una poesía plural, abierta a todos los puntos cardinales de la imaginación.

Estos versos, tendidos sobre el cielo de una ciudad, calcan el talante de un poeta que es todas las voces que pueda alcanzar con su mirada, con el ojo posible, con el oído posible, con los sentidos posibles de abarcar. Todos los poemas están aquí avalados por los diferentes temas que ha podido vivir, repasar entre respiraciones, combinaciones de tonos, tesituras, volúmenes vistos desde la línea siempre abierta del poema.

Desde estas perspectivas, estamos frente a un poemario, libro de encuentros con lo imaginado y lo no imaginado, en el que el lector se suscita. Es decir, se descubre en medio de una luz cegadora que poco a poco lo va trazando como participante o personaje de estos versos multifacéticos. Es decir, revestidos de muchos rostros, de muchos eventos, de muchos sonidos, de muchos letargos, de muchos movimientos. Del todo que conjuga el milagro de escribir con el asombro de ser descubierto en medio de una mirada rica en matices.

 

El ojo que mira sabe que lo miran, como afirmó un fantasma hecho poeta y hasta ahora designado duende de las palabras afincadas en el memoria.

2

Al comienzo, como en el Génesis, dice el poeta: “Vi cosas / que no se ven / y me revestí / de lo justo”, texto en el que lo visto está más allá de la forma: lo visto es espíritu, alma que se ocultaba y fue descubierta. El mismo autor, Alfredo Pérez-Alencart, ha afirmado que “en un poema caben varias existencias, asiladas”. Y así, toda poesía es multiplicación de existencias, emigrantes, protegidas por las voces que siempre la acompañan, asiladas por el otro que lee y por el otro que la escribe.

Y para tal oficio, la soledad, la ventana por donde entra el silencio y ocurre en auxilio de la palabra que se busca entre las sombras. El ojo que mira sabe que lo miran, como afirmó un fantasma hecho poeta y hasta ahora designado duende de las palabras afincadas en el memoria.

En un texto escrito acerca de este libro, Jeannette L. Clariond, cercana a las propias palabras de nuestro autor, dijo que Pérez-Alencart es un “aprendiz de soledades cercanísimo a Góngora”, razonamiento que esgrime por aquello de tantos temas en medio de una suerte de revelación barroca, plena de augurios, de voces, de múltiples significados.

He aquí que temas como la paz, la guerra, el amor, la mujer, el ser, el Holocausto, la memoria, la casa, la lengua, el tiempo, el libro, la luz, la sombra, el ojo, el país de origen y el país de siembra sean los temas de donde se ase el autor para construir este imaginario, este revelador libro en el que todos los mundos son posibles.

 

El sol de los ciegos es una larga travesía, el compendio de tantas miradas, de cegueras que se descubren en el ojo ajeno, el ojo que sabe mirar desde la sombra.

3

“Lo más oscuro / es el ojo blanco / del ciego”, escribe Pérez-Alencart, y entonces nos miramos en ese lechoso mapa ocular que advierte la presencia del mendigo, del viejo que varió de horizonte por el glaucoma que jamás advirtió, por la grumosa aceleración de la luz dentro de su silencioso ojo extraviado.

Más allá del verso anterior, que designa el afuera por ser herramienta de la mirada o de la ceguera, el adentro en esta declaración: “Quise ser / guardador de ejemplos / y, / aquí estoy, / a la intemperie”.

Y ese guardados de ejemplos se hizo acompañar de personajes como Virgilio, Dante, Cervantes, Unamuno, Machado, en un gongorino desplazamiento, feliz desplazamiento por cada uno de los temas que ha tocado sin desperdicio alguno.

Y para destacar que no demanda derechos, el poeta dice:

No importa que mi carne / sea derrotada // Soy, siempre seré / en el espíritu, / pues llegué mucho antes de mí mismo.

Y así también, al que lo lee o lo oye:

No importa / que vengas o vayas; / Siempre te seguirá / un trozo de suelo,

por aquello de ser viajero, sujeto de asilo o migrante, sabedor de ciudades, de una ciudad donde se anclan los alientos del idioma, donde

Un perro olfateó / mi ropa de forastero / tras largo viaje.

Entonces, El sol de los ciegos es una larga travesía, el compendio de tantas miradas, de cegueras que se descubren en el ojo ajeno, el ojo que sabe mirar desde la sombra. O desde el sol que a diario columbra las formas de los cosas, de los objetos, de los seres que hablan o balan. De los sentidos y los sentimientos, del mundo conquistado o del mundo perdido.

Por eso en un poema “caben tantas existencias”, tantas personas multiplicadas en una sola, hecha vertiente de acentos, revelaciones, descubrimientos de sorpresas.

El poema, la poesía, ambos asuntos, permiten ver más allá de la mirada de un ciego.

Y el sol es otro ojo, el que enceguece.

Alberto Hernández