XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog

lunes 6 de diciembre de 2021
“Del caminar sobre hielo”, de Werner Herzog
Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog (Muchnik Editores, 1981).

1

Caminar, hacer camino al andar, como escribió el poeta Machado. Seguir, cruzar fronteras, sostenerse en el miedo, en las ganas de morir o dormir en medio del frío. Caminar, buscar en la niebla el sendero perdido. Caminar, caminar, perder los pasos, las pisadas, los pies, el talón de Aquiles. Perder la esperanza, recobrarla. Caminar, no dejar de caminar. Crear el periplo, la épica de una visita a una amiga que muere en París. Salir de Múnich a pie. Salir de casa a pie para consagrar la amistad de una actriz que muere en Francia, pero hacerlo a pie, como los que hoy caminan por el mapa de América desde un país tropical llamado Venezuela donde mandan unos depredadores. Caminar, andar, casi gatear, dormir a la intemperie, mojarse con la lluvia, con la nieve. Cruzar pueblos y ciudades fantasmas. Caminar, extraviarse. Casi morir por llegar a tiempo, antes de la muerte a la casa de la amiga, de aquella famosa Lotte Eisner, figura emblemática del cine alemán, amada de Bertolt Brecht, quien la llamaba “Eisnerin”.

Werner Herzog, hombre de cine, escribe su primer trabajo literario, su primer relato, desde un diario recorrido por el dolor, la esperanza, la desesperanza, la ceguera, el desprecio, el afecto, los encuentros. Herzog, autor de los filmes Aguirre, Corazón de cristal, Nosferatu, El enigma de Kaspar Hauser, Woyzeck y Stroszek y Fitzcarraldo, esta última rodada en Perú, es el autor de esta travesía. Su porfiada aventura casi lo lleva a la muerte, pero logra llegar a la capital francesa y hablar con la mujer a quien quería ver antes de morir atacada por una enfermedad.

 

El caminante no quiere ser un héroe. Es sólo un hombre que busca llegar a la meta de una vida.

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Esta caminata, se me ocurre, se parece a las que en estos terribles días han hecho los venezolanos que han tenido que huir de un régimen opresor. Pasajes parecidos le dan voz a aquellos anónimos que cruzan ríos, fronteras vigiladas por la muerte, por forajidos civiles y militares. El parecido es tal que la voz nos revienta en los oídos:

Me escuecen las ampollas de los dedos gordos de los pies. Qué doloroso puede ser caminar. Desde lo alto de un poste de telégrafo, un operario, sujetado por un cinto, me mira con desdén y sin pudor algunos, a mí, el hombre doliente (p. 32).

No obstante, la voz sigue andando. Camina, se siente tullido, helado, griposo, enfermo, febril. Pero no se detiene. Continúa su éxodo, su andar sin descanso. A veces duerme un rato, a veces sueña. Muchas veces es una pesadilla su periplo.

Cruza ciudades, pueblos, caseríos, fincas, sembradíos, calles sombrías. Ve pasar trenes, carros, motos, bicicletas, pero no los aborda, porque caminar es una promesa que contiene el deseo de salvación de la amiga enferma, como si se tratara de todo un país llevado a cuestas.

Susurra mientras admira algunos paisajes: “…corro riesgo constante de muerte”, y sigue:

Me hacen tanto daño las piernas que apenas puedo colocar un pie delante del otro. ¿Qué distancia cubren un millón de pasos? (p. 34).

¿Serán los mismos pasos de hoy, los agotados, martirizados, agobiados que recorren Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Brasil, Argentina, Bolivia…?

Sin embargo, el caminante no quiere ser un héroe. Es sólo un hombre que busca llegar a la meta de una vida. Es un hombre que espera que la muerte no llegue antes que él.

Dice: “Si algún día alcanzo mi meta no quiero que nadie sepa lo que fue mi peregrinaje. En medio de una triste llovizna, tránsito de camiones pesados” (p. 37). Y menciona los nombres de ciudades alemanas y francesas por donde pasa y es visto con malos ojos, como un invasor, como un loco, como un desecho. Va sucio, hediondo, cansado de muerte lenta.

“Mis piernas siguen camino”, musita en la página 46.

Y no para. Duerme poco. Lo asedian los sueños, la realidad. El silencio y los pájaros, las bestias del camino casi le hablan.

El dolor en singular se hace plural en estos días del siglo XXI en la América de estas horas:

Cada vez me duele más el tobillo derecho. Si sigue hinchándoseme, no sé qué voy a hacer. Abrevio el camino, evitando las vueltas que llegan hasta Gammertingen. La pendiente acentuada acrece el dolor. Y bruscamente, en un viraje abrupto, mi pierna izquierda me enseña el significado de la palabra menisco. Hasta entonces es pura abstracción. En tan lamentable estado me encuentro que vacilo largo rato antes de entrar en un albergue. Pero mi situación angustiosa me induce a vencer mi horror… (pp. 48-49).

Sigue, no para. Su pequeño bolso rompe su camisa. Su espalda es un mapa de trazados, rasguños, dolores, penas en las vértebras. El cuerpo sigue, no se detiene.

Desde el 23 de noviembre hasta el 14 de diciembre de 1974, Werner Herzog, él y su personaje, él mismo y su reflejo, él y su dolor cruzan el centro de Europa a pie. Ríos, lagos, colinas, prados, todo bajo el hielo. El mismo cielo está congelado. Pero no se detiene.

 

La libertad encerrada en una metáfora.

3

El sábado 14 de diciembre de 1974 llega al hospital donde está recluida su amiga, la actriz que tanto le ha aportado al cine alemán. Ella, la tan querida de poetas, artistas y espectadores.

Cierra su periplo así:

Me queda por añadir lo siguiente: fui a ver a Eisnerin. Estaba tan extenuada y marcada por la enfermedad. Seguramente alguien le había dicho por teléfono que yo había venido a pie, yo no quería decírselo. Estaba molesto y deposité mis piernas doloridas sobre una segunda silla, que ella me había acercado. En mi turbación, una palabra acudió a mi mente, y puesto que la situación ya era de por sí extraña, se la dije. Juntos, le dije, coceremos un fuego y detendremos los peces. Entonces, me miró con fina sonrisa, y puesto que sabía que yo era de los que caminan, y desamparado por tanto, me comprendió. Durante un breve y delicado instante algo muy dulce traspasó mi cuerpo agotado. Le dije: abra la ventana, desde hace unos días puedo volar (pp. 137-138).

La libertad encerrada en una metáfora.

Los caminantes que salen del vientre de un país serán también esa metáfora.

Alberto Hernández
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