XXXV Premio Internacional de Poesa FUNDACIN LOEWE 2022

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Sendero de sombras, de Álvaro Ríos

lunes 17 de enero de 2022
“Sendero de sombras”, de Álvaro Ríos
Sendero de sombras, de Álvaro Ríos (AlfaGuaro, 2019).

1

Un gato husmea en el poema. Se acurruca a la sombra de quien camina bajo el sol. Un gato se hace poema en la larga extensión de su pereza diaria, de su andar en redondo entre las piernas de su dueño. Hay sombras para que el gato, tema poético, sea el portador de tantas noticias, desde sus ojos de tigre, desde su cola elástica, desde su maullido silencioso. Desde su mirada redonda hecha palabras y silencio.

Muchos han sido los gatos en un poema. Y muchos los poemas convertidos en gatos. Tantos que son personajes de todas las mitologías, de todos los poetas que de alguna manera han andado en las sombras, porque la sombra, en singular, es todas las sombras de los poetas, más allá que la luz sea una suerte de aparición sinuosa.

Ahora, en este estadio temporal, Álvaro Ríos nos entrega Sendero de sombras, publicado por AlfaGuaro, en Barquisimeto, estado Lara, Venezuela, en 2019, donde un gato merodea entre los varios temas que nuestro autor usa para recorrer el sendero de personajes, asuntos inescrutables, amigos y aventuras que continúan su rumbo entre las sombras.

Es un poemario para escoger poemas. Para hacerse del gato que construye su sombra y puede ronronear entre las manos del abuelo, entre la misma sombra, cuyas manos también son humanas.

¿Cuántos gatos son en este libro? ¿Y cuántas sombras los siguen en cada verso escrito en el largo sendero del misterio?

 

2

Una puerta se abre. Varias puertas. Entran la sombra y el gato de la casa. El poema se curva y muestra su lomo temporal. Son varios los designios mientras

El atardecer es una sombra / que gira en el suelo.

El poeta ve desde su umbral el mundo que pasa, pero más es la marca de la sombra en el animal. Su concentración se basa en los ojos de la pequeña bestia elástica.

Para demostrar que todo es posible: “El poeta apareció en un relámpago”, en un simulacro que le advierte al lector que todo sigue siendo un milagro, un acontecimiento cotidiano imposible de no creer. Imposible de establecerlo o de obviar, porque el gato es una insignia y una costumbre:

La historia sobre el gato que ahora escribo / se resiste a tener un final.

Porque los gatos son inmortales, así los aplaste un vehículo o caigan de lo más alto de un edificio.

Más allá de que Balzac esté envuelto en un poema fallido. Porque todo poema lo es cuando no es descubierto. El poema fallido es aquel que no respira, que no es gato.

 

3

El libro está dividido en tres partes: “Gatos y sombras”, “Formas herméticas” y “Martirio silencioso”.

De los poemas que recojo se revelan en las manos del padre, en la biografía de un texto o en Colmillo blanco, de Jack London, mientras la calle también se estira como un felino.

Sólo es real la mirada / que ayer nos dimos.

Al tanto de tanta sombra y gato, la poesía persiste en el ojo avizor del padre, que también lee o también se hace lejano, mientras los signos de habla se reúnen para inventar el poema. O la vida impregnada de riesgos:

El peligro flota sobre nosotros.

Y la realidad circundante nos abre los ojos, nos dice —como lectores o personajes de un relato poético— que alguien nos vigila, que algo nos acosa.

De allí que el poeta y el mismo poema se pregunten:

¿Dónde amanece la muerte?

Esas “Calles que duelen”. Esas calles invadidas de sombras, de sujetos que ambulan, que caminan insomnes, que descubren en el olor pútrido del mundo el bocado que habrá de salvarlos o matarlos.

Afuera ríen los animales mágicos
caminan sobre la cuerda floja
y sólo piden cohabitar con su verdugo.

Esa sospecha de estar siempre atado a la sombra, que no es otra cosa que un bulto sólido, un amago, la sensación de ser demasiado frente al temor, frente a lo que no se sabe, aprisa esta oración:

El maligno vendrá / Sólo el verso podrá enfrentarlo.

Entonces la poesía como escudo, como andadera frente a la invalidez, frente a lo que nos advierte lo que podría venir.

Y de pronto, el alejamiento, una traición, el sendero de sombras hecho imposible:

Cuando quise escribir / la calle dejó de hablarme.

El lector imagina la mudez del mundo, la pérdida de la realidad como absoluto. La imaginación atrapada por la soledad, por un gato maleable, por el silencio como un martirio.

Pero queda la memoria, lo salvable:

Mi abuelo está tendido en la hamaca / Acaricia al gato / mientras mece sus últimos recuerdos.

Se abre otro sendero.

Alberto Hernández
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