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El libro de las máquinas, de Carlos Katán

lunes 28 de febrero de 2022
“El libro de las máquinas”, de Carlos Katán
El libro de las máquinas, de Carlos Katán (Ultramarina, 2021). Disponible en la web de la editorial

1

Me extremo en esta lectura, porque no me sé lector (deslector) en medio de poleas, cables, ruedas, rolineras, sonidos y ruidos provenientes de la musculatura y de los huesos de las máquinas. Y afirmo esa larga oración por no saberme capaz de ocultarme de una poesía que extraña, que me somete al rigor de —sí, de nuevo— saberme máquina o parte de ella desde mi más profundo paisaje humano. De saberme esqueleto metálico y sangre oleaginosa. Y más allá de la contextura crítica, del ensayo inteligible para entrarle a estos poemas: me siento una máquina detenida, una osamenta que busca quien la arme y le dé forma.

Y pregunto: ¿por qué un poeta escribe acerca de las máquinas? ¿Por qué detenerse en este tema que podría resultar nada relevante para quienes, a pesar de vivir entre ellas, se saben lejanos de su conocimiento?

El lector que soy me detengo a pensar que lo hace porque vivimos en medio de un mundo en el que la tecnología nos ha maquinizado, nos ha convertido en parte de su mundo, de su “conciencia”, de sus “impulsos”, de la “psicología” de artefactos y aparatos que son parte de nuestros sueños.

Carlos Katán ha escrito El libro de las máquinas (Ultramarina Editores, Colección Saltamontes; Sevilla, México, Nueva York, Chile, 2021): un libro de poemas donde la poesía amerita un desafío, como siempre, pero esta vez desde objetos preparados para sustituir al ser humano, inclusive en aportarle sueños inquebrantables, virtualidades desbocadas. Las máquinas, en consecuencia, humanizadas desde su imposible humanidad.

Podría ocurrir que no entienda el propósito de esta escritura, de este libro. Mi libre albedrío me permite descubrirme entre tornillos, tuercas, baterías o generadores, parpadeos eléctricos capaces de descubrir sentimientos, cercanías carnales y atisbos espirituales.

El desafío de Katán, en mi caso, asusta: he allí su osadía poética.

El poeta se arriesga porque va más allá de lo común, más allá de los temas que la poesía ha trasegado con la confianza de los siglos.

Confieso: estoy frente a un libro que me desafía. Y me confirmo inocente (ya he sido culpable por mal despojarme del traje espiritual) de todo lo que salga de esta lectura.

Escribir un libro sobre las máquinas, sobre objetos que se mueven y pueden sustituir individualidades o multitudes, destrezas cerebrales, pone en el brasero a quien se atrevió a entrar en este despropósito (todo acto poético lo es) que no atañe al lector de cualquier tiempo, pero que creará una preocupación, un desarraigo.

Digamos: desde qué ángulo podría un carburador, un generador de energía, mirar o sentir lo que mueve en su interior el complicado sistema anatómico humano. Desde qué simpleza (la de quien escribe esta crónica) se activa la percepción aguda de un lector (una vez más, la de quien esto escribe) si el tema es aquel que lo sustituye, que lo lee desde una pantalla, lo corrige, lo maneja, lo borra y hasta lo conduce a escribir y entrar en el vientre metálico o plástico de un aparato que será capaz de hablar, “pensar” algorítmicamente, desquitarse con un castigo, expulsar del mapa de la realidad virtual a quien ose “ofender” con la calumnia humana a ese algo ahora vituperable.

Confieso: estoy frente a un libro que me desafía. Y me confirmo inocente (ya he sido culpable por mal despojarme del traje espiritual) de todo lo que salga de esta lectura, porque El libro de las máquinas ya se ha posesionado de mis neuronas y ha hecho que éstas se vuelquen sobre unos versos que desconfían de mí como lector humano, como máquina de carne y huesos.

Todo lo anterior para afirmar que Carlos Katán me ha metido en un aprieto.

 

2

Como toda distopía, como toda búsqueda que va más allá de la misma búsqueda, la palabra abreva en el desconcierto. El poema augura su propia utopía, el no lugar de su extravío: el poema que desembarca en un tema como este tiene que afirmar que “una máquina es el fin del hombre que no puede replicarse a sí mismo”.  El poema, el tema, el mito, como un imposible. De allí la utopía, aunque las máquinas ya son el lugar donde reposa ese Homo sapiens que ambula con los ojos anidados en un pantalla. Y hasta un microorganismo mecánico bajo la piel para seguir las órdenes de un sujeto anónimo pegado a otra máquina.

¿Máquinas humanizadas?

Y cabe la pregunta como respuesta: ¿cómo se concibe un sujeto lírico que vive dentro y fuera de una máquina?

Libro inquietante este de Carlos Katán: ¿seremos las metáforas de las máquinas?

 

Como todo mito, tiene sus referentes, los personajes que han movido las imágenes, los sentidos.

3

Vivo en un cuarto de máquinas, / exploro de ellas / sus tramas ocultas // Escribo síntesis / de sus sueños // Catálogo de imágenes / simbióticas, / leves insinuaciones / mecánicas.

“…piezas / de una memoria / abstracta”, la simbiosis, un entente: cada engranaje podría compararse con la sintaxis del mismo poema, el imposible, el que no encuentra lector. La máquina, esa cuyas “partes / reproducen continuamente / las mismas ensoñaciones”, las del humano ser que ahora es máquina en préstamo temporal, toda vez que la tecnología ya es parte del espíritu humano: “sus deseos / son incontenibles”.

Y así como un virus muta, igual la máquina se introduce en el texto (el hombre) y cambia su morfología, su manera de andar y soñar.

El deseo / es la pieza fundamental / de toda / su mecánica.

Y

A veces / me pregunto / si no seré parte / de una / de sus ensoñaciones.

Como todo mito, tiene sus referentes, los personajes que han movido las imágenes, los sentidos:

Atlas / mecánico / cargando el peso / del mundo.


Sus piezas / se asemejan / a nuestros cuerpos…


Su fuerza / es capaz / de soportar / las más terribles abstracciones….


…una pieza parecida al corazón…

Autómatas, seres vivientes inventados por la imaginación del hombre: “Fueron construidos / con el fin de acabar / con el miedo”.

 

4

“Ser o no ser, he allí la cuestión”, dijo un día el personaje de Shakespeare.

¿Y ahora qué seremos? ¿Qué somos?

Alberto Hernández
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