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Warlike, de Daniel Oliveros

lunes 7 de marzo de 2022
“Warlike”, de Daniel Oliveros
Warlike, de Daniel Oliveros (LP5 Editora, 2021). Disponible en Amazon

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Cada vez que el poema sale al campo de lectura, se atribuye una especie de campo de batalla donde las imágenes irrumpen vertidas por la misma fuerza beligerante de su contenido. Cada vez es más notable la suerte del tiempo, de esa épica en la que los personajes ya enterrados como materia, reencarnan en versos y ocupan de nuevo su espacio: los lugares, los segmentos de papeles que aún leemos desde la lejanía de la ceguera o desde la luz imperativa de los mismos poemas.

Esa actitud regresiva, en tanto viajero hacia el pasado, encuentra una motivación: la memoria requiere de una voz, de sus ecos, de la mirada también que ha quedado impresa en los pergaminos, en los trazos de la historia y sus argumentos.

La poesía, esa atrevida geometría, vuelve por sus fueros y establece contacto con los nombres, sitios, detalles, heridas, muertes, agonías, mitos, relámpagos: todas las imágenes juntas que se traducen en un poema extenso, fragmentado por las mismas acciones de unos actantes narrados, cantados, como si el allá de la cultura continuara su apego en este presente de agobios y angustias.

El poeta, entonces, se quebranta en una febril consustanciación con el tiempo que le toca vivir, atado al pasado de esos personajes que ahora son suyos en sus versos.

La palabra inglesa warlike traduce “bélico, belicoso, marcial”. En extensión, beligerante. Y por ende, se sostiene a través de hechos, relevancias atinentes a la guerra, a eventos violentos donde prevalece, precisamente, el carácter “marcial” pero agresivo de las batallas. He aquí que el poema se hace parte desde sus tácticas y estrategias: la poesía aguarda desde su aposento para revelarse canto: desde los griegos, del paisaje del cual venimos, con Homero y sus adláteres, con los héroes que hemos conocido, con los posteriores autores que después cantaron el misterio de los dioses, el del amor, el de la muerte como testamento: todo dejado en papeles, en epigramas, imágenes marmóreas, en el teatro, en sonidos, en la oralidad de los gritos luego del lanzazo de la ballesta, de la flecha, y ahora del disparo con pólvora.

 

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He leído algunos poemas sueltos de Warlike (2021), de Daniel Oliveros, publicado por LP5 Editora, tomados de diversas páginas digitales, lo que me ha permitido tener una idea de un libro que seguramente no llegará en papel a nuestras manos por la inexistencia de librerías en nuestras provincias y por los precios elevados en este país, donde la belicosidad de una agonía prevalece por encima de la belleza y la tranquilidad.

Pero aquí están algunos de esos poemas que el joven poeta carabobeño, hoy residenciado en Argentina, ha escrito como primera fragua y que ya han comenzado a tener eco en otras latitudes, en otros países a los que ha llegado el volumen hoy comentado.

El Jorge Luis Borges que ha recogido el polvo de los caminos de algunos de sus personajes cantados en su poesía anda por estos predios. La acumulación de lecturas, el tiempo vivido, el conocimiento del viejo ciego argentino tendrá su lugar en estos versos, en algunos de ellos, como una revelación. O de autores que han cifrado su escritura en estos avatares de la gran metáfora de la épica o en la del generativo avance de un mundo cada día más complicado, menos poético, más beligerante.

El pasado, entonces, los seres que ya son parte del tiempo olvidado, adquieren perfil en muchos de estos textos de Oliveros, donde el lector podrá advertir, como presencia, el espacioso avance del tiempo, ese paralelismo con la eternidad en unos poemas que se mueven, que activan los verbos y hacen posible una narrativa, un relato que se establece como poesía desde la mirada, el sudor, las heridas, la vida y la muerte de unos sujetos en el papel: es decir, en la historia leída.

¿Qué hacen, qué buscan Agamenón, Aquiles, unas bacantes en estos tiempos? ¿Nos podrían decir algo los clásicos, los insurgentes desde el pasado remoto? La poesía no obedece a cálculos. Es tan libre que reencarna en esos personajes y se hace más libre, más tiempo, más pergamino donde suelen encontrarse otros asombros. El poema investiga y encuentra. Cada detalle traduce la palabra del título. Cada asomo accional dice de sus verbos imprescindibles.

Para los lectores de esta crónica, estos poemas del libro Warlike:

Ikabarú

La polvareda se levanta en una columna
dividiendo al cielo en dos cuarteles;
es extraño ese espejismo que hacen las nubes
cuando parecen vetear la bóveda reflejando la luz:
un tigre azur con rayas de plata.

Ahora suena el estruendo de los cascos
que a campo abierto pacta con la llanura a los costados
enfilándose por la carretera terracota embarrialada.

El camino es efímero y perfecto,
incluso la quietud afinca su peso
en el tiempo
pero no es este el caso.

Ya el sol ha emprendido su descenso a las arenas
los últimos rayos impactan en los lentes tornasolados
del ejército.
en sus bellas armas absurdamente viejas

absurdamente
nuevas.

Los heraldos se enfilan como cuchillos lanzados
con furia.
Los aullidos que cortan paso entre pajonales.
La fuerza de los caballos embistiendo el aire húmedo.
La luz descompuesta por la estela de agua levantada
por la marcha.

 

Cuadrilátero humano

Aún permanece el eco de los ancestros;
las guerras españolas y el tránsito europeo
hacia nuestro continente.

Decenas de hijos y familias paralelas,
confesando la inevitabilidad de la poligamia.

Rocemos los cuerpos como un ejército:

Aún lejos de las heridas, esta es una guerra
que duele en las llagas de las manos y arde
en el corazón.

Los que hayan huido
creerán haber persuadido a la muerte.

 

Rastro de Agamenón

La adivina vive en la sombra
proyectada en la escalera; aquella
para quien el tiempo es un bolo que en
la boca se devuelve hacia el estrago.

El momento habitado es incierto
como pasos sobre peldaños
y el corte de la piedra recta blanca;
la adivina acude al mediodía sin sus collares.

La cama nauseabunda de los hermanos.
El plato servido con rábanos y flores.

Adivina y avanza hacia el destierro de sí misma,
los ecos de sus pasos ya se escuchan en el templo.

 

Rastro del parágrafo 33

Digo la palabra hoja para abrir
los agujeros del pecho:

ahí nacerá el capullo
escribirán las cartas
rebanarán el fiambre en lonjas finas.

Ahora digo:

Hoja de plátano hasta que aparecen las siluetas contra
el amanecer.
Hoja en blanco y mitigar la angustia con palabras.

a C. K.

 

Rastro del pergamino IX

La escala afectiva
Lo único que recuerdas es el cuerpo;
el instante de arrojo hacia lo que dice
sí, dice
y afirma que sí
que sí hay cielo
habrá más barcas en el mar
se dice que sí

pero desconoce su cuerpo:
sólo el rapto hacia el adentro de sí mismo,
las barcas negras sobre luz plateada;
el viento, el llanto,
las casas vacías.

¿Cómo habremos de recuperar la dignidad de la
muerte?
La confusión de lo onírico mezclándose con la
apariciones;
la mezcalina, las baldosas meadas en los baños del
músculo.

¿Cómo habremos de abolir el imperio sintáctico
del orden que enunciamos?

El Fénix de Aquiles insiste:
los heraldos
Áyax Odiseo y Patroclo

O como refiere Meleagro:
los ancianos
los sacerdotes
el padre
las hermanas
la madre
los camaradas
y más que nadie Cleopatra

¿Cómo hacer del tiempo una esfera?
Ahuyentar el orden en las palabras
¿Cómo se dice mente, ánima y cuerpo
cuerpo, mente y ánima
ánima, cuerpo y mente?

¿Cómo sentir las ramas que tocan el cuerpo,
estar presente en cada partícula que se pisa?

Adiós…

Y pido a Dios que nos encuentre de frente,
con el corazón abierto.

 

Rastro de bacantes

Llevar una máscara sobre el rostro;
el gesto brutal y terrorífico.

A pesar que la mirada es lo único que traspasa,
queda lo confuso y por lo que aún nos preguntamos.

Mientras que en un batir de espirales
se relajan las mandíbulas y las lenguas se entrecruzan.

Así pagamos.

Así pagamos ser testigos de lo eterno;
esclavos de lo efímero.

Alberto Hernández
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